Capítulo 100
El agarre de Roberto en la muñeca de Anaís era como un grillete de hierro, inquebrantable a pesar de sus intentos por liberarse. Los dedos masculinos se ceñían con más fuerza cada vez que ella trataba de apartarse, dejando marcas rojizas sobre su piel. La mirada obsesiva de Roberto escudriñaba su rostro, como un cazador buscando señales de debilidad en su presa, esperando detectar aunque fuera un destello de dolor en sus ojos.
-¡Ya suéltame! -exigió Anaís, su voz vibrando con una mezcla de rabia y frustración.
En un movimiento rápido y certero, Anaís levantó el pie y asestó una patada precisa en la entrepierna de Roberto. El impacto fue devastador. El color abandonó su rostro mientras se doblaba sobre sí mismo, sus rodillas cediendo ante el dolor que se expandía como una onda
por todo su cuerpo.
-¡Anaís! -gimió con voz estrangulada.
Ella retrocedió varios pasos, poniendo distancia entre ambos. Sin embargo, en lugar de huir, se dirigió con paso decidido hacia el ala del edificio donde se encontraba la habitación de Benjamín. La noche aún no había terminado; tenía asuntos pendientes que atender.
Transcurrió una hora de espera en las sombras del pasillo. El silencio solo era interrumpido por el murmullo lejano de las conversaciones y el ocasional tintineo de copas. Finalmente, la figura de Jimena emergió sosteniendo a Benjamín, y solo entonces Anaís se permitió partir, satisfecha de que su plan estaba en marcha.
La mañana siguiente, apenas los primeros rayos de sol se filtraban por su ventana, Anaís tomó su teléfono. Sus dedos danzaron sobre la pantalla mientras enviaba un mensaje desde un número desconocido a Aurora, plantando la semilla de la duda sobre la infidelidad de su
esposo.
Aurora, acostumbrada a recibir mensajes malintencionados a lo largo de los años, había desarrollado una coraza de indiferencia. Para ella, las aventuras de Benjamín eran un precio menor a pagar por mantener su codiciado título como señora de la familia Lobos.
“Las amantes van y vienen, pero el anillo en mi dedo permanece“, solía pensar con arrogancia.
Su primera reacción fue ignorar el mensaje, como tantas otras veces. Sin embargo, esta vez fue diferente. La imagen adjunta mostraba algo que sacudió los cimientos de su mundo: su propia hermana, Jimena, sosteniendo a Benjamín en una pose inequívoca.
Aurora se levantó del sofá como si este quemara, su mente negándose a procesar lo que veían sus ojos. Las aventuras de Benjamín eran una cosa, ¿pero con Jimena? ¿Con su hermana mayor, que nunca se había preocupado por mantener una figura esbelta? La indignación y la confusión se mezclaban en su pecho mientras marcaba frenéticamente el número de Benjamín.
-¿Cómo estás Aurora? -La voz de Jimena destilaba un placer perverso-. Qué pena decirtelo,
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Capitulo 100
pero anoche tu marido se quedó dormido entre mis brazos.
Aurora atravesó las puertas de La Luna como una tormenta desatada, su furia creciendo con cada paso que daba hacia las habitaciones VIP del piso superior. Las estrictas reglas del establecimiento impedían que el personal abriera las puertas sin autorización, por lo que comenzó a golpear con puños cerrados, cada impacto resonando por el pasillo como un
trueno.
Su comportamiento, tan impropio de una dama de su posición, atrajo miradas curiosas. Parejas clandestinas se asomaban desde otras habitaciones, atraídas por el espectáculo. En su círculo social, donde el amor conyugal era tan escaso como la fidelidad, ver a la impecable. Aurora Lobos perder los estribos era un evento digno de ser documentado.
-¡Jimena! ¡Da la cara, maldita sea! -bramó Aurora, su voz quebrada por la rabia.
Dentro de la habitación, Jimena se desperezaba sin prisa, saboreando cada segundo del caos que había ayudado a crear. Benjamín, desorientado por los gritos, buscó sus gafas a tientas. Al reconocer a su cuñada, su rostro se transformó en una máscara de horror.
-¿Jimena? -musitó, como si apenas pudiera creer lo que veía.
La puerta se abrió de golpe y Jimena salió al pasillo, enfrentando a su hermana menor con una sonrisa provocadora. Los teléfonos móviles aparecieron como por arte de magia, capturando cada segundo del enfrentamiento familiar.
-¡Sí, mírenlo todos! -proclamó Jimena con descaro-. ¡Yo soy la amante de Benjamín Lobos y esta mujer es mi hermana!
La noticia se propagó como pólvora entre la élite de San Fernando del Sol. Pocos escándalos alcanzaban tal magnitud en sus círculos privilegiados, donde el dinero solía comprar
discreción.
Las repercusiones llegaron hasta los oídos de Anselmo Lobos. El patriarca, ya alertado por el embarazo de Bárbara, había estado vigilando de cerca los movimientos en la familia de su hijo
mayor.
-¿Me estás diciendo que Aurora encontró a Benjamín con Jimena? -Su voz rasposa cortaba el aire mientras interrogaba al mayordomo.
-Así es, señor -confirmó el sirviente con una reverencia-. Las redes sociales están inundadas de fotos y videos.
El puño de Anselmo se estrelló contra la mesa, haciendo temblar la vajilla del desayuno. Las venas de su cuello se marcaron mientras una sospecha tomaba forma en su mente.
-Esto no es coincidencia -gruñó-. ¿Quién se atreve a conspirar contra nuestra familia? ¡Encuentren al responsable!
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