Capítulo 102
La brisa de aquella mañana arrastraba el aroma de las buganvilias que trepaban por los muros de la mansión. Victoria había intentado orquestar un encuentro entre su hija y el tío de esta, pero Anaís, con la astucia de quien conoce bien los juegos de poder familiar, logró evadirlo con elegancia.
Roberto, inquieto en su despacho, no lograba concentrarse. El reporte del guardaespaldas sobre la matrícula del auto seguía atormentándolo. La idea de que Efraín, conocido por su aversión hacia Anaís, la hubiera llevado voluntariamente en su vehículo, parecía desafiar toda lógica. Sus pensamientos volvían una y otra vez a esa escena del elevador, donde Anaís había elegido compartir ese espacio reducido con su primo.
“Es ridículo“, susurró para sí mismo. La ausencia de respuestas por parte de Anaís y el temor reverencial que le inspiraba Efraín lo llevaron a buscar una ruta alternativa. Leopoldo Moratalla, primo de Fausto, el amigo más cercano a Efraín, podría tener las respuestas que buscaba.
-Oye, Leopoldo -su voz intentaba sonar casual mientras se acomodaba en uno de los sillones del club-. ¿Tu primo nunca comentó si Efraín se ha fijado en alguna mujer durante estos años?
La pregunta flotó en el aire. Durante los dos años que Efraín había estado en el extranjero, su vida personal había sido un misterio absoluto. Para hombres de su posición y edad, la ausencia total de rumores románticos resultaba peculiar, por decir lo menos.
Leopoldo, todavía afectado por la noticia del próximo matrimonio de quien consideraba su amor platónico, respondió con desgano:
-Efraín… parece que ha estado enamorado de la misma persona durante años.
Los ojos de Roberto se iluminaron como si hubiera encontrado una pepita de oro en medio de un río turbio. Su mano se aferró al brazo de Leopoldo con urgencia.
-¿Es en serio? ¿Fausto te lo contó?
Una risa suave escapó de los labios de Leopoldo, quien prefería no admitir que su relación con su primo era distante. La información que poseía era producto de una conversación escuchada por casualidad.
-Sí, lo escuché de él mismo. Recuerdo perfectamente sus palabras:
-Efraín, ¿de verdad vas a seguir siendo fiel a esa mujer? Han pasado tantos años y no le das una oportunidad a nadie más.
“Una mujer… durante tantos años“, pensaba Roberto mientras su mente trabajaba a toda velocidad. La ausencia total de otras relaciones solo podía significar una cosa: aquella mujer ya no estaba en este mundo.
Sus pensamientos volaron hacia la tragedia de los Córdoba. Samuel, amigo cercano de Efraín,
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había perdido a su hermana en un brutal secuestro años atrás. Los rumores sugerían que Efraín, por su amistad con Samuel, había desarrollado una estrecha relación con ella.
Roberto buscó ansiosamente en su teléfono las noticias de la época. Las imágenes confirmaban su teoría: Efraín había visitado el cementerio durante una semana completa, un comportamiento inusual para alguien que mantenía una estudiada distancia incluso con su propia familia.
Satisfecho con su descubrimiento, le escribió a Anaís:
[¿Sabías quién era el verdadero amor de mi primo? El secuestro y asesinato de aquella vez causó conmoción en toda la ciudad. Efraín visitó el cementerio durante una semana. Incluso dicen que esa señorita Córdoba le escribió poemas a Efraín, que mi abuelo llegó a leer.]
La curiosidad llevó a Anaís a abrir el enlace de la noticia. La fotografía mostraba la silueta de Efraín de espaldas, sus hombros rígidos bajo el traje oscuro, sosteniendo un ramo de flores blancas. La imagen transmitía una profunda melancolía.
El caso de la señorita Córdoba, asesinada siete años atrás, había conmocionado a la sociedad. En aquel entonces, Efraín apenas había alcanzado la mayoría de edad, pero su nombre ya inspiraba tanto respeto como temor. Los medios, cautelosos, apenas se atrevieron a insinuar el motivo de sus visitas al cementerio.
Anaís recordó el incidente del ascensor, cuando sus labios rozaron accidentalmente los de Efraín. Su reacción desproporcionada cobraba ahora un nuevo significado: no era simple desprecio, sino la respuesta de alguien que guardaba lealtad a un recuerdo sagrado.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando otro mensaje de Roberto apareció en su pantalla:
[¿Sabes qué es lo más impactante? La historia de la señorita Córdoba tiene que ver contigo. Los secuestradores originalmente iban por ti, pero como le mandaste un mensaje pidiéndole que fuera al punto de encuentro, se la llevaron a ella.]
Las palabras de Roberto provocaron en Anaís una sensación extraña, como si una neblina en su mente comenzara a disiparse. Fragmentos de recuerdos intentaban emerger a la superficie de su consciencia, pero se desvanecían antes de tomar forma, como gotas de agua escapando entre sus dedos.
“¿Por qué no puedo recordar?“, se preguntó mientras una inquietud creciente se instalaba en su pecho.
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