Capítulo 104
La vibrante atmósfera del bar contrastaba con aquel hombre que, en su porte distinguido, encarnaba la elegancia misma. Su presencia era distinta al aura distante de Efraín o la arrogancia de Fausto. Destilaba la confianza de quien ha crecido entre privilegios, pero sin caer en la petulancia que caracterizaba a personas como Roberto. Era evidente que sabía llevar su estatus con una gracia natural.
Anaís, sintiéndose atrapada en la situación, apenas pudo esbozar una sonrisa tensa mientras su mente buscaba una salida diplomática.
El desconocido, cuya estatura imponente rozaba el metro ochenta y seis, se aproximó con pasos seguros y se inclinó hacia ella con un gesto casual.
-¿Qué hace una mujer como tú en un sitio como este, Anaís? No me digas que Roberto anda metido en esto otra vez.
Samuel acababa de regresar a San Fernando del Sol aquella noche. Con una mano
descansando en el bolsillo de su pantalón y una postura relajada, parecía ajeno al desfase horario que debería estar sintiendo.
Anaís retrocedió instintivamente, manteniendo su distancia.
-Disculpa, ¿nos conocemos?
La sonrisa en los ojos de Samuel se desvaneció como la espuma del mar.
-¿A qué viene este juego ahora?
-Samu–la voz de Efraín cortó el momento.
La conclusión golpeó a Anaís como una ola: estaba frente a Samuel Córdoba.
Su nombre resonaba en los círculos sociales más exclusivos. Tres años atrás, había protagonizado un escándalo cuando, ante la presión familiar por un matrimonio arreglado, desapareció el día de su boda. La familia Córdoba, obstinada en mantener las apariencias, mantuvo a la novia esperando. Ahora que Samuel regresaba a San Fernando del Sol, los rumores sobre un inminente divorcio con aquella esposa que jamás conoció corrían como pólvora por los salones de la alta sociedad.
Anaís recuperó la compostura, ajustando su tono a uno más formal.
-Señor Córdoba, qué sorpresa encontrarlo aquí.
Samuel regresó junto a Efraín y dejó escapar una risa seca mientras cruzaba los brazos.
-¿Qué nuevo papel estás interpretando?
“¿Qué habré hecho para ganarme su desprecio?“, se preguntó Anaís, mientras un escalofrío recorría su espalda.
-Antes nos mirabas por encima del hombro como si fuéramos nada -continuó Samuel con
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desprecio-. ¿Ya no te da miedo que Efraín te devore?
Anaís sintió que sus mejillas se encendían ante la provocativa insinuación. Buscó con la mirada a Efraín, quien contemplaba el interior del bar con una expresión indescifrable, como si estuviera a kilómetros de distancia.
-Efraín -intervino Samuel, perdiendo interés en provocar a Anaís-, ¿ya llegó tu contacto? ¿Vamos a entrar?
Desde su silla de ruedas, Efraín emanaba un aire etéreo, casi sobrenatural.
-Ya está aquí.
-¿En serio? -Samuel escudriñó los alrededores con curiosidad-. ¿Dónde?
Sin responder, Efraín impulsó su silla hacia adelante. Samuel lo siguió de inmediato.
Anaís caminó tras ellos, escuchando a Samuel mencionar:
-Mañana deberíamos visitar el cementerio primero.
La silla de ruedas de Efraín se detuvo abruptamente. El ambiente cambió, cargándose de una melancolía tan densa que casi podía palparse.
“La tumba de la señorita Córdoba“, pensó Anaís, sintiendo que su corazón se contraía.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz cortante de Samuel:
-Anaís, ¿piensas seguirnos toda la noche?
Su hostilidad era genuina. Anaís intuía que solo la presencia de Efraín contenía una reacción más violenta.
Samuel se giró hacia ella, sus ojos destilando desprecio puro.
-¿Crees que por no haberte puesto en tu lugar esta vez, la familia Córdoba olvidará tus acciones?