Capítulo 106
El impacto contra el sofá envió una punzada de dolor a través de la espalda de Anaís. Sus músculos se tensaron instintivamente, pero mantuvo el control de sus emociones,
obligándose a mantener una expresión serena.
-Presidente Lobos, Presidente Moratalla, me desorienté y terminé aquí por accidente -explicó, procurando que su voz sonara natural y convincente.
Samuel dejó escapar una risa sarcástica mientras sus ojos brillaban con malicia.
-¿De verdad esperas que nos creamos eso? Tu actitud te delata, Anaís. Te lo he advertido antes: si me ves, mantente alejada. No puedo garantizar tu seguridad si insistes en cruzarte en
mi camino.
El sonido metálico del tambor de la pistola girando rompió el silencio cuando Samuel cargó una bala con destreza practicada, un gesto calculado para enfatizar la seriedad de su
amenaza.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Anaís mientras la realidad de la situación la golpeaba. Samuel estaba completamente desquiciado; ¿qué clase de persona traía un arma a un lugar como este? Su instinto de supervivencia la impulsó a buscar refugio detrás del sofá
donde se encontraba Efraín.
La copa de vino tembló ligeramente en la mano de Efraín, pero su voz emergió con una calma que contradecía la tensión del momento.
-Samu, guarda esa pistola.
Samuel entornó los ojos con disgusto, pero apartó el arma. Sin embargo, su voz mantuvo el filo del desprecio.
-Lárgate de aquí, Anaís.
“Tanto Fausto como Samuel me detestan“, pensó Anaís, “pero Samuel parece dispuesto a llegar mucho más lejos. ¿Qué pude haber hecho en el pasado para despertar semejante odio? Por lógica, Efraín también debería despreciarme, pero acaba de detener a Samuel. ¿Será por consideración a Roberto?”
-Ya me retiro -murmuró con voz temblorosa, poniéndose de pie.
-Hay varios hombres esperándote afuera -la voz de Efraín la detuvo en seco.
Anaís se quedó inmóvil mientras procesaba esta información. Por supuesto, esos tipos seguían ahí fuera, atraídos sin duda por la presencia de estos tres hombres poderosos. Salir ahora sería entregarse directamente a ellos.
“Aunque quedarme tampoco es una opción“, reflexionó mientras sentía la mirada asesina de Samuel sobre ella. Sus ojos recorrieron frenéticamente la habitación buscando una alternativa, pero solo había dos salidas, y nadie podía asegurar qué o quién aguardaba tras ellas.
Capitulo 106
Después de varios minutos de deliberación silenciosa, Anaís se rindió ante lo inevitable. Con movimientos calculados, se sentó en el extremo del sofá de tres plazas que ocupaba Efraín, intentando ocupar el menor espacio posible.
Samuel abrió la boca, sin duda para lanzar otro comentario venenoso, pero la expresión severa de Efraín lo disuadió.
-Efraín, cuando regresen, ni una palabra sobre haberme visto cambió de tema abruptamente. Samuel había regresado discretamente en el jet privado de Efraín, manteniendo su presencia en secreto. Durante tres años se había refugiado en el extranjero, esperando que la familia Córdoba terminara expulsando a la mujer con la que lo habían obligado a casarse. Para su frustración, ella había persistido en la familia durante todo ese tiempo y ahora ocupaba la
casa matrimonial.
A pesar de nunca haber puesto un pie en esa residencia, la mera existencia del matrimonio le resultaba asfixiante. Su regreso tenía un solo propósito: divorciarse, y contaba con la ayuda de sus amigos para lograrlo.
Efraín, quien también había pasado dos años en el extranjero, conocía a la mujer que se había integrado a la familia Córdoba.
-Es una buena persona -comentó con suavidad-. Podrías darle una oportunidad.
-¿Hablas en serio? -Samuel hizo girar su copa con desprecio-. ¡Es de clase baja! Si sus padres no hubieran manipulado a mi abuelo con favores, jamás habría logrado este matrimonio. ¡Prácticamente vendieron a su hija! Para mí no es más que mercancía que su familia negoció con los Córdoba.
Sus dedos tamborileaban sobre la copa mientras continuaba.
-Aunque debo admitir que es tolerante. En tres años, exceptuando a mi abuelo, nadie en la familia Córdoba se ha dignado a verla. Y ahí sigue, aferrada a la casa matrimonial, sin causar alboroto. Parece decidida a no soltar su posición.
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