Capítulo 107
En San Fernando del Sol, un pueblo que respiraba tradición y secretos, la esposa de Samuel Córdoba era apenas un susurro entre sus habitantes. Su existencia se asemejaba a la de una pintura velada, presente pero invisible, conocida solo a través de rumores que la describían como el arquetipo de la esposa perfecta: dulce, paciente y sumisa. Una descripción que, irónicamente, representaba todo lo que Samuel detestaba en una compañera. Él ansiaba algo diferente: una mujer que brillara con luz propia, no un reflejo de las expectativas ajenas.
Sentada en aquel rincón del salón privado, Anaís observaba con fascinación la dinámica entre los presentes. Durante los últimos diez minutos, Samuel había estado despotricando sobre su misteriosa esposa, una mujer cuyo rostro ni siquiera conocía. Su mirada se desvió hacia Efraín, quien escuchaba con paciencia los lamentos de su amigo. Era evidente que su amistad trascendía lo superficial, pues solo un verdadero amigo acompañaría a otro a un lugar tan peculiar por un asunto tan delicado.
La atmósfera cambió súbitamente cuando, tras media hora de desahogo, el rostro de Samuel se iluminó con una sonrisa maliciosa. Una idea había germinado en su mente: provocaría a su esposa mediante una aventura extramarital, forzándola así a romper el matrimonio por iniciativa propia. El plan pareció mejorar su humor considerablemente, aunque sus ojos seguían lanzando dardos de desprecio hacia Anaís cada vez que la miraba.
Incómoda ante la hostilidad apenas contenida de Samuel, Anaís aprovechó el momento en que Efraín se disponía a retirarse para seguirlo. Por un instante, sus manos se movieron instintivamente para ayudarlo con la silla de ruedas, pero el recuerdo de la señorita Córdoba la detuvo en seco.
Siguió a Efraín hasta un rincón apartado del lugar, donde una escena surreal la esperaba. Bajo la penumbra del espacio, varios hombres permanecían arrodillados con sacos cubriendo sus cabezas, aquellos mismos que momentos antes pretendían causarle problemas.
-Fueron enviados por Leopoldo -reveló Efraín sin preámbulos.
“Leopoldo, el eterno admirador de Bárbara“, pensó Anaís, comprendiendo que los hilos de esta trama conducían inevitablemente a las maquinaciones de su hermana.
-Gracias, presidente Lobos -expresó con sincera gratitud, aunque sin comprender del todo por qué la había ayudado.
Efraín no respondió. Simplemente dirigió su silla hacia otro sendero, hasta que un escalón obstaculizó su avance. Anaís dudó por un momento, pero al ver su predicamento, se apresuró a ayudarlo.
-Anais.
La voz de Efraín quebró el silencio, provocando un ligero temblor en sus dedos.
-¿Si?
-¿Viniste aquí por Roberto?
Capitulo 107
La pregunta la tomó desprevenida. Era cierto en parte, pero el verdadero motivo -descubrir el misterio de la señorita Córdoba- era algo que no podía revelar. No quería volver a abrir esa herida que tanto dolor le causaba a Efraín.
-Sí–respondió simplemente.
Su respuesta quedó suspendida en un silencio denso, roto únicamente por una risa sarcástica de Efraín, quien sin agregar palabra, se alejó en su silla.
“Piensa que sigo enamorada de Roberto“, comprendió Anaís, inmóvil en su lugar. “Seguramente cree que no soy digna de la familia Lobos“. Un suspiro escapó de sus labios mientras procesaba la injusticia de ser juzgada por motivos equivocados. Sin embargo, había asuntos más urgentes que atender, como prevenir que el incidente con Leopoldo se repitiera.
El timbre de su celular interrumpió sus pensamientos. Era Héctor, su padre, cuya voz autoritaria resonó a través del auricular:
-Barbi va a casarse. ¿Hasta cuándo vas a seguir con tus tonterías fuera de casa? Ha tenido molestias por el embarazo y quiere que tú le prepares la comida. Regresa inmediatamente.
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