Capítulo 109
Roberto irrumpió en la habitación. Sus ojos se posaron primero en Bárbara, y en un instante, la rodeó protectoramente con sus brazos.
-¿Qué pretendes hacer ahora, Anaís? -la voz de Roberto vibraba con una mezcla de decepción y reproche.
Una parte oculta de Roberto se regocijaba secretamente. Las supuestas acciones de Anaís, enfrentándose a Bárbara y aparentemente amenazando a su hijo no nacido, alimentaban sus dudas sobre los verdaderos sentimientos de ella hacia él. La idea de que los celos la consumían hasta ese punto le provocaba una perversa satisfacción.
-No importa lo molesta que estés, no tienes derecho a intentar lastimar a mi hijo con Barbi.
Un nudo se formó en el estómago de Anaís mientras observaba a la familia reunida frente a ella. La frustración se acumulaba en su pecho al darse cuenta de que cualquier intento de comunicación sería inútil. Sin haber pronunciado una sola palabra en su defensa, ya la habían juzgado y condenado como si fuera un ser despreciable.
Cuando Anaís se dispuso a retirarse, la voz estridente de Victoria atravesó el aire como un
latigazo:
-¡Guardias! ¡Deténganla! ¡Raúl tiene razón, debe estar loca! ¡Hay que encerrarla!
-Mamá, solo era una broma -protestó Raúl débilmente, pero su voz se fue apagando hasta convertirse en un murmullo avergonzado mientras agachaba la cabeza.
Los guardias escoltaron a Anaís hasta la sala de castigo, un espacio austero que Bárbara había mandado acondicionar desde su llegada a la mansión Villagra, supuestamente para disciplinar a las empleadas desobedientes. Era una habitación desprovista de todo ornamento, con una simple banca que ni siquiera alcanzaba la altura de la ventana.
Las horas se deslizaron lentamente mientras Anaís permanecía sentada en la banca, manteniendo una calma que contrastaba con la gravedad de su situación. Al caer la noche, el suave eco de pasos en el corredor llamó su atención.
-¿Raúl? -susurró contra la puerta.
Un silencio inquieto se instaló en el pasillo. Raúl se debatía internamente, consciente de que Anaís había terminado allí por su broma imprudente. Había fingido una enfermedad para quedarse en casa mientras los demás salían a cenar, y sus pasos lo habían traído, casi involuntariamente, hasta la puerta de su hermana.
A pesar de las bofetadas que Anaís le había propinado, y de aquella ocasión en que había defendido a un extraño en lugar de a él, no podía ignorar la incomodidad que le provocaba su
encierro.
Anaís, apoyada contra la puerta, comprendía que su hermano menor no compartía la crueldad
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Capítulo 109
del resto de la familia Villagra. Era simplemente un joven malcriado que aún no había aprendido a distinguir entre el bien y el mal.
-Sé que estás ahí, aunque no hables. De toda la familia, tú siempre has sido quien mejor me ha tratado.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en el rostro de Raúl, aunque intentó mantener su postura defensiva con un bufido mientras cruzaba los brazos.
-Dices que soy quien mejor te trata, pero me has golpeado, y la última vez me humillaste frente a mis amigos.
El recuerdo de la bofetada que Anaís le había dado frente a sus compañeros aún lo atormentaba. Desde entonces, las miradas de extrañeza que le dirigían herían profundamente su orgullo masculino.
-Te golpeé porque me preocupa verte tomar el camino equivocado. Precisamente porque me importas, reaccioné así.
-¿Lo dices en serio? -preguntó Raúl, su voz traicionando un destello de duda.
Anaís se masajeó la frente, reflexionando sobre la peculiar inocencia de Raúl en comparación con el resto de la familia Villagra. Incluso parecía más ingenuo que Roberto.
-Por supuesto. ¿Tienes la llave? Déjame salir.
-Solo intentas manipularme para que te libere.
-Raúl, soy tu hermana. Te he preparado innumerables comidas. ¿Qué ha hecho Bárbara por ti? No te dejes engañar por palabras bonitas, fíjate en las acciones. Cualquiera puede hablar bien, pero la verdad suele doler, ¿comprendes?
Las palabras de Anaís comenzaron a penetrar en la confusión de Raúl.
-La llave la tiene mi mamá.
-¿No hay una copia? Búscala.
-¿Por qué tendría que hacerte caso?
-Porque yo siempre me he preocupado por ti. ¿Tú qué has hecho por
mí?
Las palabras quedaron flotando en el aire mientras Raúl guardaba silencio, sintiendo el peso de la culpa sobre sus hombros.
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