Capítulo 11
El silencio cayó sobre la habitación como un telón de terciopelo, solo para ser rasgado por las risas burlonas que estallaron como fuegos artificiales en la noche.
-¡Lo ves, Roberto! ¡Siempre tienes razón! -exclamó uno de los presentes, con la voz teñida de malicia.
La escena era un cuadro viviente de opulencia y decadencia. Roberto, reclinado en el sofá de cuero, tenía a su lado a una acompañante desconocida que había tomado el lugar de Bárbara esta noche. El ambiente vibraba con esa particular mezcla de poder y privilegio tan característica de los círculos exclusivos.
En ese mundo dorado, la presencia de una acompañante era como un accesorio más, tan necesario como el reloj de diseñador en la muñeca o el auto deportivo en el estacionamiento. Era una reglà no escrita, un código que ninguno se atrevía a romper por temor a parecer menos que los demás.
Los ojos de Roberto se encontraron con los de Anaís, y por un instante, un destello de sorpresa atravesó su mirada antes de transformarse en resignación. Dejó su copa sobre la mesa con un gesto de fastidio que resonó en el silencio.
-¿Otra vez con lo mismo, Anaís? -su voz destilaba desprecio.
Anaís, con la elegancia de una bailarina, se inclinó y tomó una botella de Romanée–Conti. Sus movimientos eran precisos, estudiados, como si cada gesto fuera parte de una elaborada coreografía.
-¿Quién ordenó esta botella? ¿Desean que la descorche? -preguntó con una sonrisa que ocultaba el sabor amargo de las conversaciones que había escuchado desde el pasillo.
La botella de Romanée–Conti brillaba bajo las luces ambientales, su etiqueta proclamando silenciosamente su valor de un millón de pesos. Los presentes, herederos de fortunas y empresarios jóvenes, observaban la escena con la anticipación de quien espera el inicio de un espectáculo particularmente entretenido.
Víctor se inclinó hacia Leopoldo Moratalla, sus ojos siguiendo la silueta de Anaís con descaro.
-Oye, mira nada más… -susurró con una sonrisa lasciva.
La actitud de ambos era un reflejo del comportamiento general hacia Anaís, una mezcla de deseo y desprecio que Roberto permitía con su silencio cómplice. Para él, la devoción obsesiva de una mujer hermosa era una medalla más en su colección de trofeos masculinos.
Leopoldo miró a Anaís con desprecio, como quien observa una obra de arte falsificada.
-Anaís, hoy puedes tomar lo que quieras. Nosotros invitamos -declaró con arrogancia.
-Leopoldo… -intentó advertir Roberto, conociendo la capacidad de Anaís para beber-. Ella puede…
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Capitulo
Antes de que pudiera terminar, el sonido del corcho al ser extraído cortó el aire. Anaís, con una sonrisa enigmática, sostenía la botella abierta.
-Perfecto, tomaré tu palabra -respondió ella con suavidad.
Leopoldo se reclinó en su asiento, saboreando anticipadamente su victoria.
-Te lo advierto, Anaís: a Roberto no le interesas, y aquí nadie te aprecia. Si acabas ebria y mañana eres el escándalo del momento, será tu problema.
“La familia Villagra prefiere mil veces a Bárbara“, pensó Anaís mientras servía la primera copa. El líquido carmesí caía en espiral, hipnótico. Una botella se vació, luego otra, y otra más.
El rostro de Leopoldo fue transformándose gradualmente, el placer malicioso dando paso a una inquietud creciente. Anaís permanecía impasible, bebiendo con la misma elegancia que al principio.
Tres millones de pesos después, el ambiente festivo se había evaporado como rocío bajo el sol. Alguien tiró de la manga de Roberto, preocupado por la reputación de Leopoldo.
-Ya basta, Anaís. No sigas haciendo el ridículo -espetó Roberto, su mirada encendida de
furia.
Anaís terminó su bebida y lo miró como si fuera un extraño.
-¿Y tú quién eres? -preguntó con dulzura venenosa.
-¡Vaya! ¿No viniste por Roberto? Al menos ahora serás memorable -se burló alguien.
La quinta botella se abrió en medio de un silencio tenso. El rostro de Leopoldo se había transformado en una máscara de preocupación.
Roberto se levantó y sujetó la muñeca de Anaís.
-¡Ya fue suficiente! ¿Quieres que todos se burlen de ti? -gruñó entre dientes.
Anaís sostenía su copa como una reina sostendría su cetro, sus ojos fijos en Leopoldo.
-Si el caballero no puede pagar, tal vez alguien más quiera hacerlo -sugirió con dulzura.
La humillación pintó de escarlata el rostro de Leopoldo.
-¡Es por estas escenas que Roberto no te soporta! ¡Nunca serás como Bárbara!
-Así que te gusta Bárbara -observó Anaís con calma letal.
El comentario cayó como una bomba en la habitación. Leopoldo palideció, su mirada buscando instintivamente a Roberto.
-¡¿Qué estupideces dices?! -Roberto la empujó con violencia.
-La verdad o mentira está escrita en el rostro de tu amigo -respondió ella con serenidad-. Deberías investigar qué hay entre él y Bárbara.
Alineó las cinco botellas vacías sobre la mesa como piezas de dominó.
Capitulo 11
-Cinco millones de pesos. Tu tarjeta, por favor -extendió la mano hacia Leopoldo.
La culpa hizo que Leopoldo sacara su tarjeta sin protestar. Anaís procesó el de reojo cómo la duda se instalaba en el rostro de Roberto.
pago,
observando
Se dio la vuelta y salió del salón privado, dejando tras de sí un silencio más abrumador que cualquier acusación.
En el vestidor, mientras se cambiaba, la puerta se abrió violentamente. Roberto entró como una tormenta y la sujetó por el cuello.
-¡Esta vez cruzaste la línea, Anaís! -bramó.
Sus palabras habían destruido una amistad frente a todos. La presión en su garganta
aumentaba, robándole el aliento. Un dolor agudo se expandió desde su pecho, como veneno en
sus venas.
-¡Paf!
El sonido de la bofetada resonó en la habitación como un disparo.
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