Despertar del Olvido 110

Despertar del Olvido 110

Capítulo 110 

Raúl se deslizó por el salón con pasos sigilosos, sus ojos escudriñando cada rincón hasta dar con el cajón donde brillaba la llave, pequeña y dorada, como una promesa de libertad

De vuelta frente a la puerta que aprisionaba a Anaís, una inquietud le oprimía el pecho. La duda se arrastraba por su mente como una sombra persistente, susurrándole que era demasiado ingenuo, demasiado manipulable

-¡Ándale, abre la puerta! ¿Qué tanto piensas? -la voz de Anaís resonó desde el interior, impaciente y demandante

-Prométeme algo masculló Raúl, la desconfianza tiñendo cada sílaba-. Júrame que ya no me vas a volver a dar una cachetada

-Te lo prometo -respondió Anaís con un dejo de irritación en la voz-. No te voy a volver

pegar

Solo entonces la llave giró en la cerradura. Al abrirse la puerta, Raúl retrocedió instintivamente

Anaís emergió como una ráfaga, ignorando por completo su presencia. Cada paso que daba la alejaba más de aquel cuarto sofocante que amenazaba con asfixiarla

Raúl la seguía de cerca, su voz traicionando una vulnerabilidad que intentaba ocultar

-¿Te vas a ir así nada más? ¿No me vas a cocinar algo antes? ¿O sea que nomás me utilizaste para salirte y ya

Anaís se detuvo en el umbral. Su rostro se había transformado en una máscara impenetrable

Un dolor sordo atravesó el pecho de Raúl, obligándolo a desviar la mirada

-Pues ya vete -murmuró, intentando sonar indiferente-. Ni que necesitara que me cocines. Siempre supe que no te importaba

Por el rabillo del ojo observó cómo Anaís subía al auto. Permaneció inmóvil, mientras una confusión abrumadora lo invadía. Antes podía percibir el afecto de su hermana, pero ahora solo encontraba un vacío desconcertante

Quiso llamarla, detenerla, pero años de arrogancia habían cultivado un orgullo que ahora le impedía mostrarse vulnerable. Solo pudo contemplar cómo el auto se perdía en la distancia

Permaneció en el patio, absorto en sus pensamientos, hasta que Victoria y el resto de la familia regresaron de la cena

Bárbara resplandecía de buen humor esa noche. Ahora que tenía tiempo, estaba decidida a poner a Anaís en su lugar

Al encontrar vacío el cuarto de castigo, regresó furiosa al salón para confrontar a Raúl

-¿Tú la dejaste ir

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Capítulo 110 

Raúl, consciente ahora de la manipulación de Anaís, retrocedió ante la acusación en su voz

-¿Y qué tiene? Ese cuarto es para las muchachas de servicio. Anaís es tu cuñada, ¿o no

El corazón de Bárbara dio un vuelco. Su hermano, quien siempre había sido su aliado, ahora defendía a Anaís por voluntad propia

Un estremecimiento la recorrió mientras su mano se cerraba en un puño. No podía permitir que Anaís siguiera inmiscuyéndose en la familia Villagra

Sus ojos se humedecieron, adoptando el papel de víctima que tan bien conocía

-Raúl, qué es esa manera de hablarme. ¿Acaso te he hecho daño

Raúl, conmovido por su expresión desolada, suavizó su postura de inmediato

-No, Bárbara, disculpame. Sabes que estoy de tu lado.” 

Bárbara respondió con silencio, subiendo las escaleras con aire abatido

Esta reacción aumentó la culpa de Raúl. Victoria, que observaba la escena, le dio un golpe 

suave en el brazo

-¿Cómo se te ocurre hablarle así? Está esperando un bebé, ¿no puedes ser más considerado

Raúl se incorporó de inmediato, dispuesto a seguir a su hermana y disculparse

Dentro de su habitación, Bárbara mantuvo la puerta cerrada. Su rostro se había transformado 

en una máscara de rencor

Mientras acariciaba su vientre con movimientos circulares, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. Una idea brillante acababa de germinar en su mente

Anaís había decidido mantener un perfil discreto hasta la boda de Roberto y Bárbara. Últimamente, redoblaba las precauciones sobre su seguridad personal, consciente de que Bárbara podría intentar lastimarla. Todavía no encontraba la manera de enfrentarse a ella

Sin embargo, durante el horario laboral, al abrir la puerta de la dirección general, se encontró 

cara a cara con Roberto

Él estaba junto a Efraín, su presencia parecía disminuida, pero al verla entrar, no resistió el impulso de provocarla

-Mira nada más, apenas llego a entregar mi reporte y ya apareces como por arte de magia. ¿Tan pendiente me tienes, Anaís

Los ojos de Roberto brillaban con arrogancia, sus labios curvados en una sonrisa presuntuosa

Qué ganas de borrarte esa sonrisita de un cachetadón, pensó Anaís

Dejó los documentos sobre el escritorio de Efraín. Al tomarlos, sus dedos se rozaron accidentalmente

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18:46 

Capitulo 110 

El recuerdo de la señorita Córdoba atravesó la mente de Anaís como un relámpago, haciéndola retirar la mano con brusquedad

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