Despertar del Olvido 114

Despertar del Olvido 114

Capítulo 114 

Tres horas transcurrieron antes de que Anaís volviera a ver a Efraín. El color había abandonado su rostro por completo, resaltando el bermellón intenso de sus labios, que contrastaba con la palidez enfermiza de su piel. El sudor perlaba su frente, brillando bajo la luz vespertina como diminutas gotas de rocío

Samuel, a su lado, no podía disimular la ansiedad que le carcomía las entrañas

-¿Dónde están tus medicamentos? ¿Las pastillas? -La voz de Samuel temblaba con una preocupación mal contenida

Efraín apenas logró hacer un gesto débil con la mano, mientras el sudor seguía humedeciendo 

su rostro

¡Las medicinas! ¿Dónde están?Anaís sintió que el pánico le trepaba por la garganta mientras abría la puerta del auto, buscando frenéticamente entre los compartimientos

De pronto, sintió un tirón brusco que la apartó del vehículo

-¡Quítate! ¡No estorbes! -espetó Samuel con brusquedad, hundiendo las manos en el interior del auto hasta dar con un frasco blanco. Con dedos temblorosos, extrajo un par de pastillas

las acercó a los labios de Efraín

La intimidad del gesto revelaba años de cercanía entre ambos. Las manos de Samuel temblaban, traicionando el miedo que sentía ante la posibilidad de que algo le sucediera

Efraín

Pero Efraín giró el rostro, rechazando las pastillas. Sus ojos reflejaban un agotamiento que parecía arraigado en lo más profundo de su ser

-¡Tómalas de una vez! ¿Qué diablos esperas? -La furia en la voz de Samuel apenas ocultaba su desesperación

Si algo le pasa al presidente Lobos bajo mi cuidadoEl pensamiento atravesó la mente de Anaís como un relámpago, provocándole un escalofrío. La ira de la familia Lobos sería implacable

” 

-¡Presidente Lobos! ¿Necesita algo más? ¡Lo que sea, puedo conseguirlo! -Se acercó sin pensarlo, y por primera vez se atrevió a mirarlo directamente. Las venas rojas que surcaban el blanco de sus ojos delataban noches enteras sin descanso

La preocupación nubló su juicio y, sin meditarlo, tomó su mano entre las suyas

-¡Presidente Lobos, se ve terrible

Efraín se quedó inmóvil, su mirada fija en sus manos entrelazadas

-¡Quita tus sucias manos de él! -rugió Samuel-. ¿Quién te has creído? ¿Con qué derecho lo tocas

El empujón de Samuel casi la hizo caer. Anaís comprendió tardíamente que había cruzado una 

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Capítulo 114 

línea invisible

-Guárdate tus intenciones, Anaís -Samuel se interpuso entre ella y Efraín, su rostro contorsionado por la rabia-. ¿Crees que porque no pudiste quedarte con Roberto ahora vas a ir por Efraín? ¿Piensas que casándote con él y convirtiéndote en la tía de Roberto conseguirás tu venganza? Te lo advierto, ¡ni lo sueñes! Una mujer con tu reputación no merece ni respirar el mismo aire que Efraín. ¡El solo pensarlo es un insulto

El desprecio emanaba de cada una de sus palabras como veneno. Se volvió hacia Efraín, cuya figura proyectaba una extraña mezcla de poder y vulnerabilidad, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor

-Te llevaré a casa -murmuró Samuel, empujando la silla de ruedas hacia el auto

Anaís hizo ademán de seguirlos, pero la voz de Samuel la detuvo

-Deja que suba -intervino Efraín con voz débil

Samuel apretó los labios, tragándose su protesta

Mientras Samuel tomaba el volante, Anaís se acomodó en el asiento trasero junto a Efraín. El frasco de pastillas permanecía sin abrir a un lado. Con movimientos suaves, tomó la botella de agua y extrajo dos pastillas

-Presidente Lobos, por favor, tómelas

Samuel abrió la boca, listo para soltar algún comentario mordaz, pero se detuvo al ver que Efraín se reclinaba en el asiento, sus labios entreabiertos en muda aceptación

La alegría iluminó el rostro de Anaís mientras acercaba cuidadosamente las pastillas a sus labios

-¡Crshhhhhh!– 

El auto se detuvo bruscamente. Anaís se precipitó hacia adelante, pero una mano firme la sostuvo antes de que su cabeza impactara contra el borde del asiento

Efraín levantó la vista, encontrándose con la mirada atónita de Samuel en el espejo retrovisor

-¿Acaso no sabes conducir? -La pregunta de Efraín flotó en el aire tenso del automóvil

Samuel apretó el volante hasta que sus dedos dolieron

-¿Y a mí qué me importa? Ella no traía el cinturón puesto masculló entre dientes, pisando nuevamente el acelerador. La actitud protectora de Efraín hacia Anaís lo desconcertaba de una manera que no lograba comprender

Anaís sintió el calor de la mano de Efraín sobre su rostro y retrocedió rápidamente. Sacó un pañuelo y, tomando su mano, comenzó a frotar su palma con movimientos enérgicos, como si intentara eliminar algún tipo de contaminación invisible

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