Capítulo 115
Efraín permaneció inmóvil, observando con curiosidad mientras ella limpiaba su mano con dedicación meticulosa. El suave roce del pañuelo contra su piel creaba un contraste singular con la determinación casi obsesiva de sus movimientos.
Al comprobar que él no mostraba signos de molestia, Anaís exhaló con alivio, permitiendo que la tensión abandonara sus hombros. Con delicadeza, liberó su mano y preguntó con voz aterciopelada:
-Presidente Lobos, ¿cómo se siente?
La mirada de Efraín se posó sobre su muñeca, donde segundos antes los dedos de ella lo sostenían. Contempló aquellas manos delicadas, con dedos esbeltos que parecían cincelados en porcelana, mientras el calor residual de su tacto persistía sobre su piel como una marca invisible.
-Presidente Lobos -insistió ella con genuina preocupación-, ¿la medicina le ayudó a sentirse mejor?
Él elevó la mirada y respondió con un apenas audible: -Um mientras movía sutilmente la muñeca que ella aún retenía entre sus manos.
Anaís lo soltó al instante, consciente de haber cruzado una línea invisible.
-Disculpe, me preocupé demasiado. Me alegra que esté mejor.
Un silencio espeso se instaló en el interior del automóvil. Anaís, incapaz de interpretar su reacción, se acomodó en el asiento y, esta vez, se aseguró de abrochar el cinturón de seguridad. Efraín dirigió su atención hacia la ventana, donde una sonrisa fugaz atravesó su
rostro antes de desvanecerse.
El vehículo se detuvo en Bahía de las Palmeras. Samuel descendió con presteza y abrió la puerta trasera, dispuesto a asistir a Efraín. Se detuvo en seco al encontrarlo dormido, con la cabeza apoyada sobre el brazo de Anaís.
Durante el trayecto, Samuel había conducido con una precaución inusual para alguien que solía deleitarse con la velocidad. Quizás fue ese ritmo pausado lo que extendió el viaje a cuarenta minutos, tiempo suficiente para que Anaís también sucumbiera al sueño. Sin embargo, ella mantuvo la compostura incluso dormida, recostándose contra el marco de la ventana mientras Efraín descansaba sobre su hombro.
El sonido de la puerta al abrirse despertó a Anaís, quien intentó hablar, pero Samuel la silenció
con un gesto.
-Déjalo dormir un rato más -susurró sin rastro de su hostilidad habitual—. Tiene semanas sin poder descansar bien.
“¿Insomnio?“, pensó ella. Eso explicaba las venas rojas que surcaban sus ojos, testimonio de noches interminables sin reposo.
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Capitulo 115
Anaís permaneció inmóvil, consciente del peso de su cabeza sobre su hombro, admirando de reojo sus pestañas largas y su cabello perfectamente arreglado. Resultaba casi irreal ver al imponente Efraín en un estado tan vulnerable.
Un movimiento involuntario de su hombro provocó la advertencia de Samuel:
-Si lo despiertas, te las verás conmigo.
Anaís contuvo la respiración, reflexionando sobre la peculiar dualidad de Samuel, capaz de mostrar tanta lealtad y tanta crueldad al mismo tiempo. Cerró los ojos, intentando aquietar los
latidos de su corazón.
El tiempo se deslizó con sigilo hasta que el sonido de páginas al pasar la devolvió a la consciencia. Ya no se encontraban en el auto, sino en el interior de Bahía de las Palmeras, donde yacía recostada sobre un sofá del vestíbulo.
Se incorporo sobresaltada, escrutando el entorno, cuando la voz burlona de Samuel la alcanzó:
-¿Eres una dormilona o qué? ¿Cómo puedes dormir tanto?
Al consultar su celular, descubrió que eran las nueve de la noche, y un rubor de vergüenza tiñó sus mejillas. Ignorando a Samuel, buscó a Efraín con la mirada. La siesta parecía haber obrado maravillas en su semblante.
-Presidente Lobos -comenzó ella-, el Presidente Córdoba mencionó que padece insomnio. ¿Ha considerado la medicina homeópata?
Efraín interrumpió su lectura para responder:
-No, no lo he considerado.
-Si me permite, puedo contactar a un especialista en medicina homeópata. Quizás encuentre una solución efectiva.
No buscaba congraciarse; más bien sentía la necesidad de compensarlo tras haber malinterpretado sus intenciones respecto a la visita al cementerio.
Efraín arqueó una ceja imperceptiblemente, sus labios formando una línea tensa.
-Está bien.
Anaís se puso de pie con deferencia.
-Si no requiere nada más, me retiro.
Cuando se disponía a partir, la voz de Samuel la detuvo:
-¿A dónde vas? Si logra dormir cuando estás cerca, entonces quédate y sé su pastilla para dormir.
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