Capítulo 116
Las palabras de Samuel atravesaron el aire como un latigazo, haciendo que Anaís se detuviera en seco. Un estremecimiento recorrió su columna mientras su mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
La imponente figura de Samuel se acercó con pasos deliberados, inclinándose para susurrar junto a su oído palabras que destilaban veneno.
-Te quedas aquí, o te haré la vida imposible. Ni Efraín podrá protegerte.
La mirada de Samuel era un pozo profundo de determinación inquebrantable. Sus ojos oscuros transmitían una amenaza silenciosa que revelaba años de poder y privilegio. No era un hombre que hiciera amenazas vacías.
Un sabor amargo inundó la boca de Anaís mientras permanecía inmóvil, como si sus pies hubieran echado raíces en el suelo.
-Samu, deberías irte a casa ya la voz templada de Efraín cortó la tensión del momento.
Pero Samuel, imperturbable, se acercó aún más a Anaís.
-Quédate. Si me entero de que te vas, la próxima vez que nos veamos, te rompo las piernas.
“¿Qué clase de psicópata es este tipo?“, pensó Anaís, mientras su instinto de supervivencia tomaba el control.
Con el corazón martilleando contra su pecho, se apresuró a buscar refugio junto a Efraín.
-Presidente Lobos, permítame quedarme para atenderlo. ¡Soy excelente preparando bebidas! -exclamó con una sonrisa que esperaba ocultara su nerviosismo.
La dignidad era un precio pequeño a pagar por conservar la integridad de sus extremidades.
Samuel pareció complacido con su decisión. Con un gesto despreocupado de su mano, anunció:
-Efraín, me retiro. Esta noche voy a buscarme alguna mujer. Si no, la familia Córdoba me va a arrastrar de regreso para tener herederos. Mi padre no deja de insistir con eso.
Efraín permaneció en silencio hasta que los pasos de Samuel se perdieron en la distancia.
-Tú también deberías irte -murmuró entonces.
-Presidente Lobos, le aseguro que soy muy buena cuidando personas. Por favor, déjeme quedarme -respondió Anaís con una sonrisa zalamera, mientras maldecía internamente a Samuel por milésima vez.
Efraín detuvo su silla de ruedas y la observó con intensidad.
-¿Te amenazó?
-No, es que de verdad quiero quedarme.
1/3
10.44
Capitulo 116
Ya habia sacrificado su orgullo y no temía perderlo por completo. Después de todo, Efraín parecía ser diferente.
Se inclinó, posando sus manos sobre las rodillas de él.
-Además, tengo buenas manos para dar masajes. Podría ayudarlo a relajarse hasta que se duerma. Solo asegúrese de aumentarme el sueldo, que últimamente ando escasa de fondos.
Una risa suave brotó del pecho de Efrain, transformando por completo sus facciones.
“Por Dios“, pensó Anaís, “cuando sonríe así es verdaderamente cautivador“.
Un rubor traicionero se extendió por sus mejillas, obligándola a desviar la mirada.
Efrain, manteniendo esa sonrisa que le suavizaba el rostro, dirigió su silla hacia el ascensor.
-Está bien, puedes quedarte.
Anais liberó el aliento que no sabía que contenía y lo siguió con paso ligero.
La rutina de Efraín era metódica y precisa. Primero se dirigieron al estudio, donde él se sumergió en una pila de documentos. Anaís, respetando su concentración, se limitó a mantener su vaso de agua lleno, moviéndose con la sutileza de una sombra.
Cuando el reloj marcó las once, el cansancio comenzó a pesar sobre sus párpados mientras permanecía sentada cerca. El sonido de las páginas al voltearse la sobresaltó, arrancándola
de su somnolencia.
Efraín apartó los documentos.
-Si estás cansada, ve a dormir.
Anaís no había considerado dónde pasaría la noche. Los rumores decían que ninguna mujer había logrado permanecer cerca de Efraín durante todos estos años, y sin embargo, aquí
estaba ella.
-Presidente Lobos, puedo mantenerme despierta.
Efraín alzó la vista, notando sus párpados pesados, y se dirigió hacia la salida.
-¿Va a descansar? -preguntó ella, siguiéndolo apresuradamente.
-Sí.
La habitación principal era un estudio en sobriedad, dominada por tonos profundos que
creaban una atmósfera de serenidad contenida.
Anaís lo observó seleccionar una pijama del armario y dirigirse al baño. La preocupación por sus piernas le atenazó el pecho, pero siendo mujer, no podía ofrecer su ayuda.
-Tenga cuidado con sus piernas, iré a prepararle un vaso de leche.
Efraín se apoyó en el marco de la puerta del baño, su silueta recortada contra la luz interior.
-¿Sucede algo? -preguntó ella con una sonrisa.
2/3
19.44
Capitulo 116
Sin responder, él desapareció en el interior.
En la cocina, mientras calentaba la leche, una voz rompió el silencio nocturno.
-¿Quién anda ahí?
Al girarse, se encontró con una de las empleadas, cuyos ojos la examinaban con curiosidad.
-¿Señorita Villagra?
La sorpresa se dibujó en el rostro de Anaís. No esperaba que la mucama de Bahía de las
Palmeras la reconociera.
-No imaginé que me conocieras.
La mucama, esbozó una sonrisa cálida.
-Por supuesto que sí, aunque hace mucho que no venía por aquí. Pensé que ya no regresaría.
Anaís quedó perpleja. ¿Había estado antes en este lugar?
El timbre del microondas interrumpió sus pensamientos, ofreciéndole una escapatoria
oportuna.
Mientras recogía la leche caliente, la mucama añadió:
-El señor no suele ser muy expresivo, pero estoy segura de que la aprecia, señorita Villagra. No
se moleste con él.
Un nudo de incomodidad se formó en su estómago. Cada vez estaba más convencida de que
la confundían con otra persona.
“Seguramente se refiere a la señorita Córdoba“, pensó mientras respondía con una sonrisa
evasiva:
-Lo sé.
19:44