Capítulo 118
Anaís apartó el teléfono de su oído con brusquedad y presionó el botón de colgar con más fuerza de la necesaria. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios mientras guardaba el aparato en el bolsillo de su falda. Solo alguien como Bárbara podría considerar un tesoro a Roberto, un hombre que ni siquiera era capaz de mantener su palabra.
El resplandor de la luna se derramaba sobre el pasillo mientras Anaís regresaba al dormitorio de Efraín. Al abrir la puerta, la oscuridad la recibió como un manto de terciopelo. Se detuvo en el umbral, su mano aún en el picaporte, dudando si debería buscar otro lugar para pasar la noche. Una suave brisa nocturna acarició su rostro, trayendo consigo el aroma inconfundible del tabaco. Allí, recortada contra el cielo estrellado, la silueta de Efraín se alzaba en el balcón.
El aroma del cigarro llegó hasta ella antes incluso de acercarse, mezclándose con el perfume de las flores del jardín.
-Presidente Lobos, ¿no es malo fumar para su pierna?
“¿No debería estar todavía en recuperación? ¿Por qué se empeña en lastimarse así?”
La tenue luz que emanaba de las farolas del jardín apenas iluminaba su rostro, pero la intensidad de su mirada era casi palpable. En sus ojos ardía algo profundo, como una pregunta sin formular, un anhelo que la estremecía hasta lo más hondo. Quizás la visita a la tumba de la señorita Córdoba había despertado recuerdos que era mejor dejar ir.
Permaneció a su lado en silencio, mientras la brisa nocturna jugaba con sus cabellos. La presencia de Efraín era como una melodía silenciosa, imperceptible pero constante, que resonaba en cada fibra de su ser.
Un destello naranja captó su atención: la brasa del cigarro casi rozaba los dedos de Efraín.
-Se va a quemar los dedos.
Sin apartar la vista del horizonte, él dejó caer la colilla en el cenicero de cristal, pero ya era tarde. Una marca rojiza se dibujaba en su piel, como un pequeño sol de dolor. Sin pensarlo, Anaís tomó su muñeca entre sus manos y sopló suavemente sobre la quemadura.
-¿Dónde hay un botiquín? ¿Tiene alguna pomada para quemaduras? Voy a buscarla.
Tuvo que inclinar el rostro hacia arriba para mirarlo, consciente de pronto de su cercanía. La nuez de Adán de Efraín se movió sutilmente mientras intentaba retirar su mano, pero ella mantuvo su agarre con delicada firmeza.
-Presidente Lobos, no sé qué pensamientos lo atormentan, pero no debería maltratarse así. Y sobre su insomnio, buscaré un médico homeópata, si me lo permite.
Las palabras apenas habían abandonado sus labios cuando él respondió:
-¿Eres así de considerada con todo el mundo?
La pregunta la dejó sin palabras, su mente buscando una respuesta que no terminaba de
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Capítulo 118
formarse. Desde que había despertado, Efraín se había convertido en un enigma para ella. Decir que la odiaba parecía una mentira; sus acciones contradecían cualquier supuesto desprecio. Era un hombre de principios firmes que, mientras ella respetara ciertos límites, no abusaba de su autoridad. Incluso se preocupaba por su bienestar durante su periodo, un detalle que pocos hombres tendrían.
Con un movimiento suave pero decidido, él liberó su mano del agarre.
-Ve a dormir.
Se giró y regresó al interior de la habitación. La luz de la lámpara de noche cobró vida bajo sus dedos, proyectando sombras suaves mientras se acomodaba en la cama.
Anaís permaneció inmóvil, sorprendida al percatarse de cuánto tiempo había transcurrido en la habitación de Efraín. Sin tener claro donde más podría dormir, se acomodó en el amplio sofá cercano. Samuel le había comentado que ella actuaba como un somnífero natural; si su presencia podía ayudar a Efraín con su insomnio, no tenía reparos en quedarse.
Diez minutos después, se acercó sigilosamente a la cama. Su respiración acompasada confirmaba que dormía profundamente. Una duda cruzó por su mente: ¿realmente habría padecido insomnio en el pasado?
Regresó al sofá, que resultó ser lo suficientemente espacioso para permitirle descansar con comodidad. Mientras el sueño la envolvía, no percibió el suave movimiento en la cama, ni la mirada intensa de Efraín posándose sobre ella. La observó durante largo rato, antes de que sus propios párpados cedieran al peso del cansancio, arrastrándolo hacia un sueño profundo y tranquilo.
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