Despertar del Olvido 119

Despertar del Olvido 119

Capítulo 119 

Los primeros rayos del alba filtraban su tenue resplandor a través de las cortinas cuando Anaís despertó, encontrándose envuelta en una calidez reconfortante que no recordaba haber buscado. La suavidad de las sábanas de algodón egipcio acariciaba su piel mientras su mente procesaba lentamente la realidad: estaba en una cama que no era la suya. La consciencia de este hecho la golpeó como una descarga eléctrica, provocando que se incorporara de un 

sobresalto

Sus pies descalzos rozaron la mullida alfombra mientras se dirigía presurosa hacia el baño, donde el espejo de marco dorado le devolvió el reflejo de una marca rojiza que destacaba en la delicada piel de su cuello. Sus dedos trazaron el contorno de la mancha con incredulidad, frotándola sin éxito. La superficie aterciopelada de su piel protestaba ante la brusquedad del 

gesto

Quién diría que hasta en las mansiones hay insectos molestos, reflexionó con cierta ironía, mientras su mirada vagaba por el lujoso baño hasta detenerse en un cepillo de dientes nuevo, cuidadosamente dispuesto junto a una selección de productos de higiene personal de primera 

calidad

El aroma del desayuno recién preparado inundaba cada rincón de la residencia, a pesar de que. el reloj apenas marcaba las seis de la mañana. En el amplio comedor, la figura de Efraín se recortaba contra la claridad matutina mientras mantenía una conversación telefónica junto a la ventana. El rostro del empresario mostraba una concentración absoluta mientras escuchaba a su interlocutor. Anaís consideró marcharse discretamente para evitar cualquier momento incómodo, pero la voz amable de la empleada doméstica detuvo sus pasos

-Señorita Villagra, por favor acompáñenos a desayunar. El señor insistió especialmente en ello -la mujer gesticuló hacia la mesa primorosamente dispuesta, donde los cubiertos de plata brillaban bajo la luz matinal

La gentileza del gesto conmovió a Anaís, revelando una faceta cálida de Efraín que contrastaba con su aparente frialdad. Este detalle tan considerado pintaba un retrato muy diferente del hombre que muchos consideraban distante y calculador

-¿El señor ya desayunó? -preguntó ella, mientras sus ojos recorrían la elaborada presentación del desayuno

-No, señorita. Dijo que la esperaría para acompañarla -respondió la empleada con una sonrisa discreta

Apenas se había acomodado en la silla tapizada cuando Efraín concluyó su llamada. Con movimientos precisos y estudiados, dirigió su silla de ruedas hacia la mesa y comenzó a degustar sus alimentos en silencio. Anaís alzó la mano para saludarlo, pero la retrajo al percibir su semblante abstraído, como si estuviera perdido en pensamientos lejanos. No obstante, no pudo evitar notar el intenso rubor que teñía las orejas de Efraín, un detalle que acentuaba la nobleza de sus rasgos, dignos de un retrato aristocrático del siglo XIX

La voz de la empleada interrumpió el curso de sus pensamientos, resonando con genuina 

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Capitulo 119 

preocupación en el comedor

-Señorita Villagra, ¿qué le sucedió en el cuello? -preguntó, inclinándose ligeramente para examinar mejor la marca

El tenedor de Efraín se detuvo momentáneamente en el aire, suspendido como una nota musical interrumpida, antes de reanudar su tarea de cortar el pan con estudiada serenidad. Sus movimientos eran tan precisos y controlados que parecían ensayados

-No estoy segura -respondió Anaís, rozando distraídamente la marca con la punta de sus dedos-. Tal vez había mosquitos anoche

-Tome, póngase esto -sugirió la empleada, ofreciéndole un pequeño frasco de ungüento aromático. Es muy efectivo para este tipo depicaduras

-Graciasrespondió ella, aplicándose la pomada con suaves movimientos circulares

Tras concluir el desayuno, Anaís se dispuso a partir, pero al ver que Efraín también se preparaba para salir, decidió esperarlo. Compartirían el mismo destino, y evitarlo deliberadamente le parecía una muestra innecesaria de inmadurez. Se detuvo junto a la puerta de madera labrada hasta que él estuvo listo, y empujó su silla con naturalidad. Al acercarse al vehículo negro que esperaba en la entrada, consideró tomar el volante, pero la presencial imponente de Lucas la obligó a ocupar el asiento trasero

El estacionamiento subterráneo del Grupo Lobos los recibió con su característica penumbra. Anaís se apresuró para ayudar a Efraín, pero Lucas se interpuso con la agilidad de un guardián experimentado

-Señorita Villagra, adelántese, por favor -pronunció con un tono cortante que no dejaba lugar a discusión

Comprendiendo la intención de evitar murmuraciones en la oficina, Anaís se dirigió sola hacia los elevadores. La antipatía de Lucas era tan palpable como las paredes de concreto que los rodeaban, pero ella no permitiría que eso perturbara su compostura profesional

En el piso superior, se encontró con Roberto, cuyas profundas ojeras delataban una noche sin descanso. Al verla, emitió un resoplido despectivo que Anaís ignoró mientras se dirigía con paso firme hacia su escritorio, sus tacones marcando un ritmo constante contra el suelo

Momentos después, Roberto se acercó con pasos pesados, golpeando su escritorio con una brusquedad que hizo tintinear el portaplumas

-Raúl se fracturó la pierna anoche en un accidente automovilístico. Está hospitalizado, y la señora Larraín quiere que lo visitemos juntossu voz denotaba una mezcla de irritación y algo más que Anaís no pudo identificar

Mi hermano y sus imprudencias, pensó ella, sintiendo una familiar mezcla de preocupación y resignación. A pesar del comportamiento irreflexivo de Raúl, no podía evitar que su corazón se encogiera de inquietud. En el fondo, su hermano no era una mala persona, solo alguien que parecía determinado a aprender cada lección de la manera más difícil posible

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Capitulo 119 

-Iré por mi cuenta -respondió ella con firmeza-. No quiero dar pie a habladurías

Roberto se aproximó más, adentrándose en su espacio personal. Sus fosas nasales se dilataron imperceptiblemente al percibir el aroma natural de Anaís. A diferencia de otras mujeres de la oficina que se refugiaban tras costosos perfumes, ella nunca usaba fragancias. artificiales; su esencia era única, cautivadora en su simplicidad. Se inclinó sutilmente, como hipnotizado por aquella fragancia que parecía grabarse en su memoria

Anaís estaba a punto de apartarlo con un empujón cuando el sonido característico de una silla de ruedas aproximándose la detuvo. Era Efraín, quien desde su posición observaba la aparente intimidad entre ambos, su expresión tan indescifrable como siempre

Roberto, perfectamente consciente de la presencia de su primo, se acercó aún más a Anaís, casi rozando su mejilla con una deliberada provocación

-¿Estuviste anoche en Bahía de las Palmeras con mi primo? -susurró, su aliento cálido acariciando la piel de ella

La pregunta la paralizó como si le hubieran arrojado un balde de agua helada. ¿Cómo podía 

saberlo

-¿Me mandaste seguir? -cuestionó ella, la incredulidad tiñendo cada sílaba

El semblante de Roberto se ensombreció mientras sus dedos se cerraban alrededor de la 

muñeca de Anaís con una presión que rozaba lo doloroso

-¿Seguirte? -su voz vibró con una emoción contenida

La verdad era que la había visto por pura casualidad en el auto de Efraín, una imagen que lo dejó tan atónito que no pudo evitar seguirlos hasta Bahía de las Palmeras. La misma Anaís que antes manifestaba un desprecio absoluto por Efraín ahora pasaba la noche en su residencia, un giro de los acontecimientos que amenazaba con hacerle perder la razón

Con ojos enrojecidos por el desvelo y la rabia, Roberto notó las marcas en el cuello de ella. En un arrebato de furia incontrolable, tiró del cuello de su blusa con brusquedad

-¡Anaís! -rugió-. ¿Qué significa esto? ¿Qué hicieron

Ella retrocedió instintivamente, sus manos volando hacia su cuello en un gesto protector

-¿Te le ofreciste? -bramó Roberto, todo su cuerpo temblando de ira contenida-. ¿Tan desesperada estás

-¡Paf

Una bofetada resonó en el aire como un latigazo, dejando la marca ardiente de varios dedos en la mejilla de Roberto

Efraín, inmóvil en su silla de ruedas, se detuvo tras él, su rostro una máscara de aparente indiferencia ante la escena que se desarrollaba. Sin embargo, aunque parecía ajeno al drama, su presencia silenciosa pesaba en el ambiente como la calma que precede a la tormenta

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