Capítulo 12
La mano de Roberto se alzó hacia su mejilla enrojecida mientras aflojaba el agarre en el cuello de Anaís. Su mirada destellaba con una mezcla de asombro e indignación. El eco de la bofetada reverberaba aún en el aire, marcando un momento sin precedentes. Jamás, en toda su historia juntos, Anaís se había atrevido a alzar la mano contra él. Por el contrario, siempre había preferido absorber el dolor en su propia carne antes que causarle el más mínimo daño. Y ahora, no solo lo había abofeteado, sino que también lo había humillado frente a todos en el salón privado.
-¿Te dolió? -preguntó Anaís con voz suave.
La sonrisa presuntuosa regresó a los labios de Roberto. Su ego herido se recuperó al instante, convencido de que todo era una actuación, otro intento desesperado por captar su atención. En su mente, Anaís seguía siendo la misma mujer obsesionada que no podía vivir sin él.
“Veremos cuánto tiempo puedes mantener esta farsa“, pensó Roberto, satisfecho con su propia
conclusión.
Apoyada contra la pared del vestidor, Anaís esperó a que las últimas pisadas se desvanecieran en la distancia antes de permitirse mostrar su dolor. Su estómago punzaba con cada respiración, resultado de la brutal presión ejercida por las manos de Roberto. La cantidad de vino que había bebido no ayudaba, provocando una sensación de hinchazón y malestar que apenas podía contener. Con movimientos precisos pero apresurados, se cambió de ropa.
Al salir de La Luna, un tirón violento la arrancó de sus pensamientos. El impacto de una patada en su abdomen la dobló por la mitad, mientras la sonrisa torcida de Leopoldo se dibujaba
sobre ella.
-¿Dónde quedó toda esa arrogancia de hace rato? -escupió las palabras con desprecio.
Anaís se limpió la comisura de los labios, permitiéndose una sonrisa sarcástica. La situación tenía su gracia: Leopoldo, incapaz de digerir la pérdida de cinco millones de pesos en el salón, optaba por emboscarla en un callejón como un vulgar matón. Era el comportamiento esperado de alguien que se rodeaba de Roberto.
Los dedos de Leopoldo se enredaron en su cabello, ejerciendo una presión brutal que amenazaba con arrancarle el cuero cabelludo.
-Escúchame bien, Anaís. No eres más que basura comparada con Barbi -siseó cerca de su rostro. ¿Sabes lo que podría hacerte? Podría entregarte a Víctor. Se muere por ponerte las manos encima. Barbi me contó lo de su fiesta de cumpleaños. La próxima vez que la hagas enojar, me aseguraré de que termines siendo el entretenimiento de varios caballeros, y tus fotos adornarán toda la ciudad.
La devoción ciega de Leopoldo por Bárbara era evidente. Donde ella señalaba, él atacaba sin cuestionamientos. Contempló a Anaís con desprecio antes de soltar una risa despectiva.
-No vuelvas a molestar a Barbi. No te gustarán las consecuencias -la soltó con un último
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Capitulo 12
empujón antes de marcharse sin mirar atrás.
El dolor pulsaba en su cuero cabelludo y abdomen. La náusea, que había estado conteniendo, finalmente la venció. Sus ojos se enrojecieron mientras vaciaba el contenido de su estómago, confirmando las palabras de Leopoldo: era un desecho del que nadie se preocupaba, una verdad que persistía incluso tras perder la memoria.
Tambaleándose hacia la acera, buscaba con la mirada un taxi cuando una limusina negra se detuvo frente a ella. La ventanilla descendió con suavidad, revelando un rostro que parecía esculpido por un artista renacentista. Los rasgos de Efraín eran perfectos, su porte aristocrático y distante. Sus ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo, reflejaban la imagen descompuesta de Anaís.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente, retrocediendo varios pasos por puro instinto. Era la primera vez que veía a Efraín en persona, y sin embargo, un miedo visceral se apoderó de ella. El sudor frío que empapába su espalda y su respiración entrecortada eran testimonio de un terror profundamente arraigado.
-Señor Lobos -logró articular con voz temblorosa.
-¿Dónde vives? Te llevaré.
Las palabras de Efraín resonaron en su pecho como un martillo contra el yunque. La curiosidad por descubrir el origen de ese miedo instintivo superó momentáneamente su terror.
-Está bien, gracias, señor Lobos.
Al abrir la puerta del vehículo, la vista de la silla de ruedas junto al asiento la paralizó. Una nueva oleada de pánico la invadió, y sus dedos se crisparon involuntariamente. ¿Qué clase de historia compartida tenían para que su mero recuerdo provocara tal respuesta física?
El vehículo avanzó con suavidad mientras ella proporcionaba la dirección de su residencia
actual.
-Ese lugar está cerca del Grupo Lobos -observó Efraín.
-Sí, planeo trabajar ahí -respondió Anaís, omitiendo su verdadero motivo: seguirle los pasos a él.
Efraín cerró los ojos, aparentemente descansando, mientras Anaís se sumía en sus propios pensamientos, consciente de haber pisado terreno peligroso sin saber exactamente por qué.
Al llegar a su destino, Anaís descendió del vehículo con movimientos cautelosos.
-Gracias, señor Lobos. ¿Me permitiría invitarlo a comer algún día?
La mirada de Efraín se posó en ella por un instante antes de desviarse con frialdad calculada.
Anaís sonrió incómodamente ante el rechazo silencioso. Permaneció inmóvil, esperando la partida del vehículo.
-Anais la voz de Efraín cortó el silencio.
-¿Sí? -respondió por reflejo.
La ventanilla ascendin en un zumbido suave, y el vehículo se alejó en la noche, dejándola con más preguntas que respuestas
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