Capítulo 122
La máscara de dulzura en el rostro de Bárbara se desmoronó como un castillo de arena. Las palabras que antes fluían como miel de sus labios, capaces de encantar a su hermano Raúl sin esfuerzo, ahora rebotaban contra una muralla de escepticismo. El muchacho ya no era ese niño ingenuo que bebía cada gota de sus falsas atenciones.
Una risa cristalina resonó desde el umbral de la puerta, donde Anaís observaba la escena con un brillo de satisfacción en los ojos.
El rostro de Raúl se iluminó al reconocer esa risa, pero la luz en sus ojos se apagó tan rápido como había aparecido. Con movimientos deliberadamente lentos, volvió a recostarse, girando el rostro hacia la ventana con estudiada indiferencia.
-¿Hasta ahora vienes? Dieciocho horas con la pierna rota. ¿Qué esperabas, que me muriera antes de què te dignaras a aparecer?
Sus cejas se juntaron en un ceño fruncido mientras evitaba mirarla. La ausencia de flores o cualquier otro detalle en las manos de su hermana solo confirmaba sus sospechas: para ella, él no significaba nada. El rencor burbujeó en su interior al recordar cómo lo había utilizado para sus planes, solo para después hacerlo a un lado.
-Anaís, vete. No quiero verte aquí.
Ella conocía cada matiz de su personalidad; cuanto más anhelaba algo, más ferozmente lo rechazaba. Sin inmutarse, tomó asiento junto a la cama y seleccionó una manzana del buró, comenzando a pelarla con movimientos precisos y delicados.
La indignación de Raúl se derritió como nieve bajo el sol mientras la observaba. Sus dedos danzaban sobre la piel roja de la fruta, creando una espiral perfecta. Cuando extendió la mano para tomarla, Anaís la llevó directamente a sus propios labios.
-¡Anaís!
La indignación explotó en su pecho como fuegos artificiales. De no ser por el yeso que aprisionaba su pierna, habría saltado de la cama en ese instante.
Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios de Anaís mientras cortaba un trozo pequeño.
-Ya, no seas berrinchudo. Abre la boca.
Las palabras de protesta se agolparon en la garganta de Raúl como pájaros enjaulados. El orgullo luchaba contra el deseo de aceptar ese pequeño gesto de afecto. Tras unos segundos de batalla interna, bajó la cabeza y aceptó el bocado.
-Ni que fuera la gran cosa. Está ácida.
Para Bárbara, esa escena aparentemente trivial era como un puñal retorciéndose en sus entrañas. Conocía demasiado bien a su hermano; su indiferencia real se manifestaba en silencio, mientras que su desprecio vocal era un grito desesperado por atención. Y solo con Anaís se permitía ese juego infantil de exigencias y berrinches.
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Capítulo 122
Sus uñas se clavaron en las palmas mientras la palidez invadía su rostro.
Raúl, percibiendo tardíamente su descortesía, intentó remediar la situación.
-Bárbara, mira, Anaís vino a verme. Por favor, hoy no discutan, ¿sí? Por mí.
-Voy a tomar aire -respondió ella, esbozando una sonrisa que no alcanzó sus ojos-. Luego necesito hablar contigo, hermana.
Raúl asintió distraídamente, su atención ya de vuelta en Anaís.
-Tú también, no vayas a pelear con la familia hoy. Me duele todo. No sabes el susto que pasé anoche. El carro de Leopoldo apareció de la nada, por un momento pensé… pensé que hasta ahí llegaba.
Necesitaba compartir con ella cada segundo de angustia de la noche anterior, la injusticia de un accidente provocado por Leopoldo, un hombre al que ni siquiera podía culpar abiertamente. Anaís levantó la mano para revolverle el cabello con cariño.
-¡No me toques la cabeza! -protestó Raúl, protegiéndose con ambos brazos. ¡A un hombre no se le toca la cabeza, como a una mujer no se le toca la cintura!
Ella retrajo la mano con una sonrisa.
-¿Te citaste con Leopoldo para correr?
–Ni siquiera lo busqué. Se apareció solo, todo porque tú me usaste y me botaste. Me sentía mal y salí a correr, y ahí estaba él. Y todavía mis papás me dicen que lo deje pasar así nada
más.
Anaís respondió con palabras vacías de consuelo, que Raúl identificó al instante como insinceras, avivando las brasas de su enojo.
La visita duró apenas media hora. Aunque Raúl nunca había sido bueno para retener a nadie, esta vez sus labios formaron una súplica:
-¿Vendrás mañana?
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