Despertar del Olvido 123

Despertar del Olvido 123

Capítulo 123 

Al llegar a la entrada, Anaís divisó a Bárbara junto a las escaleras exteriores, su figura recortada contra la luz de la tarde

-Necesito hablar contigo, hermana -la voz de Bárbara resonó con un matiz de urgencia apenas contenida

Anaís continuó su camino, ignorando deliberadamente la solicitud. No tenía intención de entablar una conversación que, sabía bien, no llevaría a nada productivo

En un movimiento repentino, Bárbara extendió su brazo para detenerla. El instinto de Anaís actuó antes que su razón, apartando bruscamente aquella mano que obstaculizaba su paso

Todo sucedió en cámara lenta. El rostro de Bárbara se transformó en una máscara de sorpresa mientras perdía el equilibrio. Su cuerpo se precipitó por las escaleras en una caída que pareció durar una eternidad

¿Qué acaba de pasar?La pregunta resonaba en la mente de Anaís, sus cejas arqueadas en genuina perplejidad, cuando la voz de Raúl quebró el momento

-¡Anaís

Los pasos irregulares de Raúl resonaron contra el pavimento mientras se aproximaba, su rostro desprovisto de color

-¡Te pedí que no te pelearas con Bárbara! ¿Ya ves lo que provocaste? ¿Cómo se te ocurre empujarla? Cuando me contó de sus peleas anteriores, me negué a creerlo. ¡Pero mira nada más! Eres demasiado impulsiva, otra vez vas a tener problemas con mis papás

Raúl intentó descender las escaleras para auxiliar a su hermana, pero Leopoldo se le adelantó. Un charco carmesí comenzaba a extenderse bajo la pierna de Bárbara, manchando el concreto. Bárbara se aferró a Leopoldo con dedos temblorosos, su cuerpo estremecido por el pánico

-¿Dónde está Rober? -musitó con voz quebradiza

La mirada que Leopoldo dirigió hacia Anaís destilaba un veneno puro, indisimulado

Desde su posición en lo alto de la escalera, Anaís permaneció estática, consciente de haber caído en una trampa tan simple como efectiva

-Me duele mucho el vientre -sollozó Bárbara, sus manos protegiendo su abdomen-. Por favor, llévame adentro

Sin perder un segundo, Leopoldo la tomó en brazos y se dirigió hacia la entrada del hospital. Al pasar junto a Anaís, sus ojos transmitían un mensaje claro de desprecio absoluto

Raúl se detuvo brevemente al alcanzar su posición, la angustia marcada en cada línea de su 

rostro

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Capítulo 123 

-Anaís, deberías considerar irte del país por un tiempo. Si Bárbara pierde al bebé, la familia 

Lobos no va a descansar hasta destruirte

-Yo no la empujé -protestó Anaís

-¡Lo vi todo! ¡Ya deja de mentir! -explotó Raúl, la rabia tiñendo su voz-. Antes podía tolerar tus caprichos, pero esto es diferente. Estamos hablando de una vida inocente, ¿cómo puedes estar tan tranquila

Sus ojos enrojecidos brillaban con lágrimas contenidas mientras contemplaba el desastre que se avecinaba. Se las secó con un gesto brusco antes de seguir el camino de Leopoldo

Anaís ingresó nuevamente al hospital y se sentó en uno de los bancos del pasillo, aguardando las noticias del médico

La espera duró aproximadamente veinte minutos antes de que Roberto y Victoria arribaran, justo cuando el doctor emergía del área de urgencias, retirándose el cubrebocas

-La paciente está estable, pero lamentablemente perdimos al bebé -informó con voz profesional

Victoria sintió que el mundo se desvanecía bajo sus pies

-¿Qué sucedió? ¡¿Qué demonios pasó aquí?! 

Leopoldo permanecía recargado contra la pared, sus manos aún manchadas con la sangre de Bárbara

-Pregúntale a tu otra hija -respondió con una sonrisa amarga-. Ella fue quien empujó a Bárbara por las escaleras

Los ojos de Victoria centellearon con una furia descarnada. Su mano se movió por instinto, propinando una bofetada resonante a Anaís

-¡Por Dios, Anaís! ¿Qué pretendías? ¿Esto era lo que querías? ¡El bebé de Barbi está muerto! ¿Ya estás contenta? ¡Es tu hermana! Cuando las secuestraron, ella te dio la oportunidad de escapar. Pero callaste, no dijiste nada, la dejaste sufrir durante años. ¡¿Tienes idea de la clase de monstruos que eran sus padres adoptivos?! 

La voz de Victoria se quebraba por la emoción, su cuerpo entero temblando de rabia

Anaís no intentó esquivar el golpe. La marca rojiza en su mejilla era un testamento silencioso de la violencia del momento

Roberto la observó con una intensidad que parecía atravesarla. Anaís esperó algún comentario mordaz de su parte, pero el silencio fue su única respuesta

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