Capítulo 125
El suspiro de Anaís resonó en la intimidad del auto mientras contemplaba su reflejo
fragmentado en las gotas de lluvia que resbalaban por la ventana. La idea de seguir huyendo le pesaba en el alma.
Dejó la toalla a un lado, cuando la voz profunda de Efraín rompió el silencio.
-¿Y ahora qué pasó?
El nudo en su garganta se aflojó ante la pregunta. Por primera vez en horas, sintió el impulso de compartir su tormento.
-Bárbara me tendió una trampa -su voz tembló ligeramente-. Perdió a su bebé y me está culpando de haberla empujado. Mi mamá quiere internarme en un hospital psiquiátrico.
Se reclinó en el asiento, mientras sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y desconcierto. A pesar de no recordar su pasado, cada nueva herida se sentía como sal sobre una llaga
antigua.
La mano de Efraín se extendió hacia ella con un movimiento deliberado. Anaís no pudo evitar notar sus dedos elegantes y las perfectas medias lunas de sus uñas. “¿Cómo puede ser alguien tan impecable?“, se preguntó, permitiendo que su mente vagara por un instante.
Un destello de color interrumpió sus cavilaciones cuando la mano de Efraín se abrió, revelando un caramelo. El contraste entre ese gesto casi infantil y su semblante serio provocó en ella una
sonrisa involuntaria.
-Ya no soy una niña -musitó, mientras sus dedos rozaban la palma de él al tomar el dulce, dejando una efímera caricia húmeda y suave.
Efraín se limitó a observarla de soslayo antes de desviar la mirada hacia la ventana. El sabor dulce del caramelo se expandió en su boca, diluyendo momentáneamente la amargura de las últimas horas.
Su teléfono vibraba incesantemente. La pantalla mostraba llamadas perdidas de Victoria, de Héctor y, por supuesto, de Bárbara. “Seguro quiere seguir con su teatro“, pensó con amargura.
El auto se detuvo frente al elegante complejo Bahía de las Palmeras. Estar de vuelta en ese lugar, empapada y derrotada, le provocaba una vergüenza que le quemaba las mejillas.
Siguió la silla de ruedas de Efraín hasta el vestíbulo, donde Samuel los aguardaba. Al escuchar el suave rumor de las ruedas sobre el piso, éste se incorporó de inmediato. Su camisa desabrochada en el cuello exhibía sin pudor las marcas de una noche de pasión, confirmando
su anunciada conquista.
La sonrisa de Samuel se evaporó al verla. Una risa sarcástica escapó de sus labios, recordando su propia sugerencia de usar a Anaís como sedante para Efraín.
“No vale la pena discutir con alguien que desea mi ruina“, reflexionó Anaís, manteniendo un digno silencio.
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Capitulo 125
Efraín se dirigió al ascensor y ella lo siguió, experimentando una secreta satisfacción al ver cómo él ignoraba por completo a Samuel.
Samuel apretó los labios ante el desaire y regresó al sofá del vestíbulo, dispuesto a esperar el retorno de Efraín.
Al llegar al segundo piso, Efraín abrió la puerta de su dormitorio. Anaís lo siguió de cerca, sus pantalones empapados dejando un rastro húmedo sobre el suelo.
-Las toallas limpias están adentro -indicó él con voz serena, sin dirigir la mirada hacia el
baño.
Anaís, ansiosa por despojarse de la ropa mojada, entró al cuarto de baño y cerró la puerta. Solo entonces, al observar la colección de productos masculinos sobre el tocador, cayó en cuenta de algo peculiar.
“La villa es énorme“, pensó mientras rozaba con sus dedos uno de los frascos. “Debe tener decenas de habitaciones para huéspedes. ¿Por qué me trajo específicamente a la suya?”
La pregunta flotó en su mente mientras contemplaba el espacio personal de aquel hombre tan meticuloso y refinado. Alguien que, seguramente, era extremadamente selectivo con sus pertenencias personales.
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