Capítulo 127
El brusco movimiento de Anaís la llevó contra la pared como una hoja arrastrada por el viento. Su pecho subía y bajaba agitadamente mientras la toalla se aferraba a su cuerpo húmedo. La vulnerabilidad en su mirada contrastaba con la firmeza de su voz al hablar.
-Presidente Lobos, por favor, en este momento cualquier mujer se sentiría incómoda al verlo así. Será mejor que no me mire.
Un destello de diversión cruzó el rostro de Efraín. Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible mientras se dirigía con pasos pausados hacia su cama. Al sentarse, tomó un libro de la mesita de noche con estudiada indiferencia.
-Ven acá -murmuró sin levantar la vista de las páginas.
Anaís permaneció inmóvil unos instantes más, como un cervatillo asustado, antes de aventurarse hacia el sofá. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de la toalla mientras se acomodaba, usando un pequeño cojín decorativo como almohada improvisada. El suave roce de las páginas al pasar era el único sonido que rompía el denso silencio.
“¿Cuánto tiempo más va a estar Samuel esperando abajo?” El pensamiento la asaltó de
repente.
-Presidente Lobos, ¿no piensa bajar a ver al señor Córdoba? Me parece que sigue esperándolo. Los dedos de Efraín se detuvieron momentáneamente sobre el papel.
-Lo veré después -respondió con indiferencia, dejando clara su intención de hacer esperar a Samuel.
Una sonrisa comenzaba a formarse en los labios de Anaís cuando el timbre de su celular cortó el momento. El nombre de Raúl Villagra brillaba en la pantalla. Con un suspiro de resignación, se incorporó para contestar.
-Anaís, ¿acaso no sientes ni una pizca de remordimiento? —la voz acusadora de Raúl resonó al otro lado de la línea-. Bárbara lleva horas en el hospital, llorando desconsolada. Ni siquiera Roberto puede calmarla. No puedo creer tu insensibilidad. Aunque la odies, no puedes…
Anaís se masajeó las sienes con movimientos circulares mientras respondía con voz serena:
-Ya te lo dije antes, yo no la empujé.
La furia encendió los ojos de Raúl. Lo había visto con sus propios ojos, y ahora su madre tenía razón: Anaís había cambiado, se había vuelto una persona distante y cruel con su propia familia. ¿De qué otra manera podría explicarse tanta frialdad?
Tomó su abrigo dispuesto a salir, pero Victoria Larraín lo interceptó en el pasillo.
-¿A dónde vas? Bárbara está destrozada, ¿no puedes quedarte a consolarla?
-Necesito tomar aire–respondió Raúl con brusquedad.
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Capítulo 127
Victoria observó a su hijo alejarse mientras la angustia se apoderaba de ella. Su familia se desmoronaba por culpa de Anaís. La decisión cristalizó en su mente: era hora de internar a Anaís en un hospital psiquiátrico.
Al regresar a la habitación del hospital, encontró a Bárbara hablando por teléfono con Sofía Lobos, la hermana de Roberto. La relación entre ambas siempre había sido cercana, tanto que Sofía, emocionada por el embarazo, había comprado varios regalos para el bebé. Ahora, la noticia de la pérdida y la supuesta culpabilidad de Anaís la llenaban de indignación.
La rabia burbujeaba en el pecho de Sofía. Ansiaba confrontar a Anaís directamente. Además, por su culpa, salir se había vuelto un suplicio: todos la bombardeaban con preguntas sobre la supuesta obsesión de Anaís con Roberto, o los rumores del intento de suicidio para mantener el compromiso.
-Barbi, no tengo clases esta tarde, voy para allá. ¿Está Roberto contigo? -preguntó Sofía.
Bárbara dejó escapar un suspiro tembloroso.
-A veces me pregunto si Roberto todavía me ama. Últimamente, por culpa de Anaís, me ha estado ignorando.
La compasión de Sofía se transformó en furia.
-¡Esa desgraciada! ¡No permitiré que se salga con la suya!
Tras colgar, Sofía canalizó su ira compartiendo en su grupo social una serie de mensajes donde contrastaba la supuesta maldad de Anaís con la bondad de Bárbara, alimentando la hoguera del escándalo.
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