Capitulo 13
Capítulo 13
La brisa nocturna acariciaba el rostro de Anaís mientras permanecía inmóvil, tratando de descifrar el enigma que se ocultaba tras las últimas palabras de Efraín. Su nombre en sus labios había sonado como una promesa inconclusa, como si las sombras de su pasado guardaran secretos que se negaban a ser revelados.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recordar su encuentro. Algo en su interior, una voz ancestral que sobrevivía a la pérdida de memoria, le susurraba que antes había mantenido unal distancia prudente de aquel hombre. Las piezas comenzaban a encajar: sus reacciones instintivas, ese miedo visceral que la invadía en su presencia, todo apuntaba a que en su vida anterior no solo había evitado a Efraín, sino que posiblemente se había burlado de él.
Con un gesto de frustración, masajeó sus sienes mientras exhalaba un suspiro que parecía cargar el peso de decisiones pasadas que ahora no podía recordar.
La quietud de la noche se vio interrumpida por el estruendo de golpes furiosos contra una puerta. Los sonidos erráticos de un borracho resonaban en la oscuridad, y Anaís permaneció alerta en su cama, con los sentidos agudizados, hasta que el ruido se desvaneció en la distancia como un mal presagio.
La mañana trajo consigo una renovada determinación. Con meticulosa atención, Anaís preparó su currículum y recopiló toda la documentación necesaria para postularse al Grupo Lobos. Sus dedos temblaban ligeramente mientras presionaba el botón de enviar, como si una parte de ella presintiera lo que estaba por venir.
La respuesta fue tan rápida como devastadora. En menos de treinta minutos, su solicitud había sido rechazada sin contemplaciones. Ni siquiera la cortesía de una entrevista. Lejos de rendirse, multiplicó sus intentos, enviando solicitudes a diferentes departamentos, pero cada
respuesta negativa era como una puerta que se cerraba en su cara.
“Esto no tiene sentido“, murmuró para sí misma mientras revisaba sus credenciales. Sus certificados tenían peso, su experiencia era relevante. ¿Por qué ni siquiera pasaba el primer filtro?
El sonido de una notificación interrumpió sus cavilaciones. Fabiana le había transferido ciento cincuenta mil pesos como comisión por su trabajo de la noche anterior. Sus ojos se iluminaron ante la oportunidad que esto representaba, y sin perder tiempo, buscó el contacto de Lucas en su teléfono.
La certeza de que había sido Efraín quien la auxilió en la carretera se solidificaba en su mente, y Lucas, como su asistente, podría ser su puente hacia las respuestas que buscaba. El temor que Efraín le inspiraba la disuadía de contactarlo directamente.
-Señorita Villagra -la voz de Lucas sonaba distante, casi reticente.
-Lucas–moduló su voz para que sonara lo más cordial posible-. ¿Me podrías proporcionar tu número de cuenta para hacerte una transferencia?
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Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Lucas al otro lado de la línea. La mujer que ayer alegaba no tener recursos ahora aparecía con el dinero en la mano. Su actuación era
transparente.
Después de proporcionarle los datos bancarios, escuchó la verdadera intención detrás de la llamada.
-¿Sabes si el señor Lobos tiene tiempo libre estos días? Me gustaría invitarlo a cenar.
-Señorita Villagra, al fin revela sus verdaderas intenciones–su tono destilaba desprecio-. ¿Acaso Roberto le comentó algo y pretende usar al presidente para contentarlo?
Anaís cerró los ojos, agotada. Era inútil intentar explicar su pérdida de memoria; nadie parecía
creerle.
-Si no me ayudas, tendré que preguntarle directamente a él.
-No tiene tiempo disponible -respondió Lucas con evidente molestia-. Este mes está completamente ocupado entre su rehabilitación y el trabajo. Prácticamente no sale.
-¿Dónde vive?
El silencio fue su única respuesta antes de que la llamada se cortara abruptamente.
No le tomó mucho tiempo averiguar que Efraín residía en Bahía de las Palmeras. Él sol comenzaba a ocultarse cuando salió en busca de un taxi, pero el destino tenía otros planes.
El rugido de un motor deportivo rasgó el aire, y un auto de varios millones frenó bruscamente frente a ella, tan cerca que el aire desplazado agitó su cabello. Una mirada gélida se formó en sus ojos mientras observaba a Bárbara descender del vehículo.
Como una muñeca de porcelana, Bárbara emergió del auto con su maquillaje perfecto y un bolso de edición limitada que costaba más que el salario anual de muchos. Su presencia era un recordatorio constante de las diferencias sociales que las separaban. La familia Villagra nunca había pertenecido a la élite de San Fernando del Sol; la única razón por la que Anaís había crecido cerca de Roberto era la amistad entre Victoria, su madre, y la madre de él.
-Qué agradable sorpresa, hermana -Bárbara se acomodó el cabello con un gesto estudiado mientras una sonrisa dulce, tan artificial como el azúcar de dieta, se dibujaba en sus labios- ¿Vas al Grupo Lobos a buscar a Rober?
La presencia de Bárbara, tan calculada y artificial, le provocaba una profunda sensación de repulsión. En contraste con el elaborado atuendo de su interlocutora, Anaís vestía unos simples jeans y una camiseta blanca, una combinación que, lejos de disminuir su atractivo, resaltaba una elegancia natural que ningún accesorio de diseñador podría imitar.
-Después de que te fuiste de casa -continuó Bárbara, mientras la envidia danzaba en sus pupilas-, mamá me compró este auto nuevo para compensar los disgustos de mi cumpleaños. Perdón si frené muy brusco hace rato, ¿no te asusté, verdad?
En otro tiempo, esas palabras habrían desatado en Anaís una tormenta de ansiedad y dudas, consumiendo su energía en un ciclo interminable de autocuestionamiento. Pero ahora,
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simplemente observó el vehículo con desinterés y respondió:
-Te queda perfecto.
La frustración se dibujó en el rostro de Bárbara ante la falta de reacción esperada.
-Si quieres ver a Rober esta noche, puedo darte la dirección donde cenaremos.
Anaís arqueó una ceja mientras las piezas del rompecabezas encajaban en su mente. Así que esa era la estrategia: Bárbara le proporcionaba las direcciones de sus citas con Roberto, esperando que ella apareciera y montara una escena. Cada interrupción, cada momento del tensión, había sido orquestado cuidadosamente para que Roberto la detestara más, mientras Bárbara se presentaba como la víctima inocente que merecía compasión y amor.
“Qué mujer tan astuta“, pensó Anaís, admirando a su pesar la elaborada manipulación que había estado sufriendo.