Capítulo 133
El rostro de Bárbara se contrajo en una mueca de dolor mientras sus dedos se aferraban a su vientre. Pequeñas gotas de sudor perlaban sus mejillas pálidas, y sus dientes se clavaban en su labio inferior con tanta fuerza que amenazaban con romper la piel.”
Con un gemido ahogado, sus rodillas flaquearon y su cuerpo se tambaleó hacia adelante, en una perfecta representación de desvanecimiento.
Roberto reaccionó por instinto, sus brazos rodeándola antes de que cayera.
-¡Barbi!
Ella se acurrucó contra su pecho como una flor marchita, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas.
-Por favor, Rober–suplicó con voz quebrada-. Perder a mi bebé ya fue demasiado… no puedo ver a mi hermana ahora.
Sus párpados se cerraron con pesadez mientras su cuerpo se abandonaba al aparente agotamiento emocional.
Desde su posición, Anaís observaba la escena con una mezcla de fascinación y desprecio. La maestría de Bárbara en el arte del engaño era innegable; no era de extrañar que durante tantos años hubiera tejido su red de manipulación con tal destreza.
“Qué actuación tan pulida“, pensó Anaís. “Cada gesto, cada lágrima… todo calculado a la perfección.”
Con determinación en su mirada, se dirigió a Roberto.
-Tal vez deberías llevarme al hospital psiquiátrico de una vez -su voz rezumaba
resignación-. Siempre ha sido así: ella pone esa cara de inocente y todos caen rendidos a sus pies. Ya me cansé de luchar.
Bajó la mirada mientras una sonrisa amarga curvaba sus labios.
-Pero lo del bebé… eso no tiene nada que ver conmigo. Me condenaron sin siquiera investigar. Ya no tengo más que decir.
Roberto abrió la boca, pero las palabras murieron en su garganta. Sostenía a Bárbara entre sus brazos, pero sus ojos permanecían fijos en Anaís, atrapado en un limbo de indecisión.
El silencio de Roberto provocó una oleada de pánico en Bárbara. La semilla de la duda que Anaís había plantado comenzaba a germinar.
-Rober, ayúdame a volver a la cama -suplicó con voz débil.
Pero él permaneció inmóvil, su mirada aún perdida en Anaís.
La rabia se encendió en los ojos de Bárbara como brasas ardientes. Se mordió la lengua con deliberada violencia hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. Con un par de
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toses teatrales, mostró la palma manchada de rojo a Roberto.
El efecto fue inmediato. Alarmado, la condujo de vuelta a la habitación.
-¿Cómo te sientes, Barbi?
Ella negó suavemente con la cabeza, presionando una mano contra su pecho.
-Es solo… el dolor por la pérdida del bebé. Con tiempo sanaré -hizo una pausa calculada-. Rober, no soy tan cruel como para mandar a mi hermana a un psiquiátrico. ¿No habíamos. acordado que Anaís se casaría con Víctor Bolaños? Que la lleven con él, al menos hasta nuestra boda. Que no salga.
“Con Víctor, estarás completamente atrapada, hermanita“, pensó con satisfacción.
Roberto titubeó, y Bárbara palideció aún más, optando por una nueva estrategia.
-Rober, necesito estar sola un momento. ¿Podrías salir, por favor?
Esperaba que él se resistiera, pero para su sorpresa, se levantó sin vacilar.
-Descansa bien.
Las palabras se congelaron en la garganta de Bárbara mientras lo veía alejarse.
Al cerrar la puerta tras de sí, Roberto encontró a Anaís todavía esperando.
Sus encuentros siempre habían estado cargados de tensión, pero la vulnerabilidad que ella mostraba ahora despertaba algo diferente en él.
-¿Ya es hora de mi viaje al psiquiátrico? -preguntó ella con una sonrisa forzada.
Roberto frunció el ceño.
-¿De verdad crees que yo haría algo así?
Una risa amarga escapó de los labios de Anaís. “Si no hubiera mostrado mi lado vulnerable antes, ya estaría encerrada“, pensó.
Él se acercó, estudiando su rostro con intensidad.
-Anaís, ¿tienes pruebas?
-No–respondió con suavidad-. Por eso estoy dispuesta a ir al psiquiátrico.
-¡ Anaís…!
Antes de que pudiera reprenderla, los ojos de Anaís se llenaron de lágrimas.
-¿Recuerdas lo que pasó en Río Claro? Tú estabas ahí, Roberto. Sé honesto contigo mismo: ¿Bárbara realmente manejó bien esa situación?
El pulso de Roberto se aceleró. Los eventos de Río Claro seguían persiguiéndolo, marcando un punto de inflexión en su relación con Anaís.
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Capitulo 133
-Si ella fuera una extraña -continuó Anaís-, si la miraras sin el velo del amor, ¿cómo juzgarías sus acciones en Río Claro?
Roberto se quedó callado. No quería admitir que las decisiones de Bárbara en aquella ocasión le habían parecido cuestionables.
El contraste con Anaís era notable; ella había manejado la situación con tal destreza que incluso mereció una mención en el periódico local.
No era ningún ingenuo; esa duda lo carcomía por dentro como una astilla imposible de extraer, complicando cada vez más sus sentimientos hacia ambas mujeres.
“Quizás nunca he entendido realmente a Anaís“, reflexionó.
Ella aprovechó su momento de vulnerabilidad.
-Antes me gustabas de verdad, pero después del accidente, cuando desperté sin recuerdos… aunque ustedes dudaron de mí, el presidente Lobos me mostró compasión. Este mundo me resulta ajeno, y solo con él me siento segura. Dices que lo odiaba, pero ahora siento que es el único en quien puedo confiar.
Las palabras de Anaís eran como dardos precisos, primero identificando la herida en su orgullo y luego presionando justo donde más dolía.
El rostro de Roberto se transformó.
-¡Anaís! ¡Deberías odiarlo!
-¡Ya basta, Roberto! -exclamó ella-. Al menos él no intentó encerrarme sin pensarlo dos
veces.
El pecho de Roberto subía y bajaba con agitación. Al notar la paz que irradiaba Anaís al mencionar a Efraín, supo que ese sentimiento era genuino.
Sus labios se tensaron.
-¿Esto también es parte de tu actuación?
Anaís dejó caer los hombros con agotamiento y se dio la vuelta para marcharse.
Roberto la sujetó por la muñeca.
-Voy a investigar todo esto. Si has sido acusada injustamente, me aseguraré de que se sepa la
verdad.
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