Capítulo 134
Anaís permaneció de espaldas a Roberto, sus labios dibujando una sonrisa apenas perceptible mientras arqueaba una ceja. La suavidad en su expresión contrastaba con el peso de sus palabras.
-¿Me lo puedes garantizar? Da igual lo que descubras, siempre terminarás poniéndote del lado de Bárbara.
La vulnerabilidad en la voz de Anaís tocó una fibra sensible en Roberto. Sus dudas parecían disolverse ante aquella muestra de fragilidad.
-Te doy mi palabra.
Se acercó a ella con pasos deliberados. Con un movimiento suave pero firme, la giró hacia él y posó sus manos sobre sus hombros. La intensidad de su mirada revelaba la importancia de su siguiente pregunta:
-¿Todavía sientes algo por mí?
Anaís, consciente de haber logrado conmoverlo, decidió jugar sus cartas con astucia. Una verdad a medias podría ser más útil que una mentira completa.
-Tal vez… Es posible que sí. Aunque no recuerde todo, cada una de tus acciones me sigue
afectando.
Roberto esbozó una sonrisa satisfecha mientras pellizcaba con suavidad la mejilla de Anaís.
-No dejaré que te lleven a ningún hospital psiquiátrico, al menos hasta que todo esto se aclare.
“Qué predecible“, pensó Anaís, aunque su rostro reflejaba solo gratitud y alivio.
-De acuerdo.
Se apartó de él y comenzó a caminar por el pasillo. Al llegar cerca del final, creyó distinguir un destello familiar: una prenda que podría pertenecer a Efraín. Su corazón dio un vuelco mientras apresuraba el paso, pero al doblar la esquina se encontró solo con el vacío del corredor. La decepción se mezcló con la lógica: Efraín debería estar en su oficina, no tendría motivos para mezclar el hospital.
Tras la puerta de su habitación, Bárbara había escuchado cada palabra del intercambio. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos mientras el pánico se apoderaba de ella. Necesitaba silenciar al doctor inmediatamente; no podía permitirse ningún cabo suelto. A través del cristal de la puerta, observó a Roberto dirigirse hacia el consultorio, y el miedo se intensificó en su pecho.
Roberto ya se encontraba sentado frente a Juan, el médico que había certificado la pérdida del bebé de Bárbara. El doctor escuchaba con atención, mientras gotas de sudor perlaban su frente. El agotamiento de una noche en vela nublaba su juicio, y la presencia imponente de un miembro de la familia Lobos no hacía más que aumentar su ansiedad.
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-Juan, necesito que me confirmes: ¿estás completamente seguro de que el bebé de Barbi no sobrevivió?
El médico se pasó un pañuelo por la frente. Sus labios temblaron, buscando las palabras adecuadas, cuando una enfermera apareció en el umbral de la puerta.
-Doctor, la señorita Villagra acaba de vomitar. Necesitamos que la revise inmediatamente.
Un escalofrío recorrió la espalda de Juan. Se levantó con premura, aliviado por la interrupción.
-Señor Lobos, disculpeme, pero debo atender a la paciente.
Roberto lo siguió hasta la habitación de Bárbara. Ella estaba junto al lavabo, enjuagándose la boca. Su rostro mostraba signos de agotamiento.
Juan se acercó a examinarla, y sus miradas se cruzaron por un instante. El terror en los ojos de Bárbara le recordó vívidamente la camioneta de la noche anterior y al intimidante conductor. Después de un examen superficial, buscó una excusa para retirarse.
Roberto intentó seguirlo para continuar su interrogatorio, pero Bárbara lo sujeto del brazo con
urgencia.
-Rober, ¿te acuerdas de tu promesa? Dijiste que me protegerías siempre, que no dejarías que mi hermana me lastimara.
Las palabras evocaron recuerdos en Roberto: Bárbara, recién llegada a la familia Villagra, llorando en rincones solitarios cada vez que él iba a buscar a Anaís. Sus relatos de maltrato, sus intentos fallidos por ganarse el afecto de su hermana.
-Me lo prometiste… -susurró ella con voz quebrada- Me lo prometiste…
Roberto se sentó junto a ella, rindiéndose ante el peso de aquellos recuerdos.
-Aquí estoy para ti.
Mientras tanto, Juan se dirigió al baño para refrescarse. Su corazón se detuvo al ver reflejada en el espejo una figura robusta tras él. Era el conductor de la camioneta. Las pesadillas de la noche anterior cobraron vida ante sus ojos: visiones de tortura y muerte a manos de aquel hombre corpulento. El pánico nubló su razón.
Sus pensamientos volaron hacia Anaís y Roberto. Con manos temblorosas, corrió hacia su oficina para recuperar la grabación que había hecho de su conversación con Bárbara, una precaución que había tomado temiendo represalias. Recordando la compasión que Anaís
había mostrado la noche anterior, no dudó en buscarla.
En la habitación, Bárbara se retorcía de ansiedad, deseando que Juan desapareciera esa misma noche. Se aferraba a Roberto, temiendo que fuera tras el médico.
“Debí haberme encargado de él desde el principio“, pensó, mientras la malicia oscurecía su mirada.
-Rober… -susurró con voz suave- ¿Recuerdas la promesa que me hiciste la primera vez que
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estuvimos juntos? ¿Ya se te olvidó?
La mención de aquel momento íntimo disipó cualquier duda en la mente de Roberto. El recuerdo de su primera vez juntos pesaba más que todas sus sospechas.
La estrechó contra su pecho, dejando escapar un suspiro resignado.
-Creo que lo mejor será internar a Anaís en el hospital psiquiátrico. La sacaré de ahí después de nuestra boda.
En el fondo, la idea de entregar a Anaís a Víctor le provocaba un profundo rechazo. Lo que él descartaba no merecía caer en manos de alguien como Víctor, un simple rufián.
Bárbara sonrió con satisfacción, acurrucándose en sus brazos.
-Como tú digas, mi amor.