Capítulo 137
El director del hospital psiquiátrico guio a Anaís hasta su nueva habitación. Sus pisadas resonaban en el pasillo mientras avanzaban, el eco multiplicándose contra las paredes desnudas. Al llegar, la puerta se cerró tras ella con un chasquido metálico que resonó como
una sentencia.
La estancia era sorprendentemente amplia, con una cama individual junto a la pared y un escritorio sencillo cerca de la ventana. El ambiente, aunque austero, resultaba menos opresivo de lo que había imaginado. Una suave brisa se colaba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el murmullo lejano de la ciudad.
-Anaís, te quedarás aquí por un tiempo -anunció el director con voz monocorde antes de
retirarse.
Sus dedos buscaron instintivamente el celular en su bolsillo, encontrándolo vacío. El guardaespaldas se lo había arrebatado en el auto, y ahora estaría en manos de Héctor, dejándola completamente incomunicada.
“Tal vez sea mejor así“, pensó mientras se recostaba en la cama, intentando encontrar una posición cómoda. El cansancio comenzaba a vencer su resistencia cuando un sonido apenas perceptible la alertó.
La puerta del baño se abrió con un chirrido suave.
-Anaís, querida, aquí estoy -una voz masculina rompió el silencio.
Sus ojos se abrieron de golpe al reconocer a Víctor emergiendo de las sombras del baño, donde aparentemente había estado oculto. Su cuerpo se tensó instantáneamente.
-¿Qué haces aquí? -preguntó, incorporándose de inmediato.
Una sonrisa torva deformó las facciones de Víctor mientras avanzaba hacia ella.
-¿Qué crees? Tu madre me pidió que te hiciera compañía. ¡Es tan considerada! ¿No percibes ese aroma peculiar en el ambiente? Es su regalo de bodas para nosotros.
Anaís había notado ese olor extraño desde que entró, pero lo había atribuido a algún tipo de desinfectante hospitalario. Ahora comprendía su verdadera naturaleza.
Víctor se aproximaba con pasos deliberadamente lentos, frotándose las manos con anticipación.
-Ya tomé el antídoto -declaró con una mueca de satisfacción-. Es solo un sedante. Cuando despiertes, todo habrá terminado. No temas, seré gentil, te lo prometo.
El deseo enfermizo en su mirada revelaba sus verdaderas intenciones. Después de haber sido humillado por Anaís anteriormente, ahora que la tenía indefensa, pensaba cobrarse todas las afrentas.
Anaís esquivó su primer embiste, pero sus movimientos ya comenzaban a volverse torpes por
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efecto del sedante. La habitación empezaba a dar vueltas. En un acto desesperado, agarró una silla y la lanzó contra la ventana. El cristal estalló en una lluvia de fragmentos que tintinearon contra el suelo.
Sin dudarlo, recogió uno de los trozos más grandes y, con un movimiento rápido, se lo clavó en la pierna. El dolor agudo la atravesó como un relámpago mientras la sangre comenzaba a
brotar.
-¡Maldita sea! ¿Has perdido la razón? -exclamó Víctor, retrocediendo atónito.
Cuando intentó acercarse nuevamente, Anaís levantó otro fragmento de vidrio, esta vez apuntando directamente a su garganta.
-¡No te atrevas a dar un paso más!
Víctor se paralizó, el color abandonando su rostro.
La mirada de Anaís, clara y determinada, se clavó en él como una daga.
-Víctor, ¿realmente quieres que esto termine en tragedia?
La frustración deformaba las facciones de Víctor.
-Anaís, no hagas estupideces -suplicó con voz temblorosa-. ¿Tanto me detestas? No es el fin del mundo compartir el lecho conmigo, además, tarde o temprano nos casaremos. Te daré un trato especial, mejor que a cualquier otra. ¡Por todos los cielos! No me digas que sigues pensando en Roberto… ¡Tú me perteneces!
Mientras pronunciaba estas palabras, continuaba acortando la distancia entre ellos.
Anaís, apoyada contra la pared, presionó el vidrio contra su cuello. Un hilo de sangre comenzó a deslizarse por su piel.
Víctor jamás había presenciado tal determinación, y el pánico lo paralizó.
El dolor agudo solo consiguió aclarar más la mente de Anaís.
-Te lo advierto por última vez -pronunció cada palabra con precisión absoluta-. Si das un paso más, me quitaré la vida aquí mismo.
La impotencia consumía a Víctor. ¡Bien! Se quedaría allí, observando. Ya vería cuánto tiempo podría mantenerse en pie.
El sedante que impregnaba el aire era potente; nadie podría resistirlo por mucho tiempo. Solo necesitaba esperar unos minutos más para comprobar si ella aún conservaba las fuerzas para mantenerse erguida.
Anaís sujetaba el fragmento de vidrio con determinación inquebrantable. Sus piernas temblaban y el sueño amenazaba con vencerla, pero su mente permanecía alerta. Sabía que dormir significaría su perdición.
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