Capítulo 138
La sangre manaba de sus manos mientras los fragmentos de vidrio se hundían más profundo en su carne. El dolor era insoportable, pero necesario. Anaís se había convertido en una visión perturbadora: sus piernas manchadas de carmesí, las palmas goteando un rastro escarlata, y su cuello moteado de pequeñas marcas rojizas que contrastaban con su piel pálida.
Cada vez que la oscuridad amenazaba con engullirla, sus dedos se cerraban con más fuerza sobre los cristales, y el dolor agudo la devolvía a la realidad. La determinación brillaba en sus ojos como un faro en la tormenta. Víctor la observaba, incrédulo. Había calculado que en diez minutos caería rendida, pero media hora después, Anaís permanecía erguida, inmutable como una estatua de mármol tallada en determinación pura.
“¿Qué clase de demonio eres?” murmuró Víctor entre dientes antes de sacar su teléfono y marcar, sin apartar la mirada de Anaís.
-Señora Larrain, su hija está siendo más… difícil de lo esperado. ¿Qué sugiere que haga? Esto podría terminar muy mal -pronunció cada palabra con claridad, asegurándose de que Anaís escuchara, queriendo que supiera que su propia madre estaba detrás de todo.
Victoria se encontraba junto a la cama de Bárbara, imposibilitada para alejarse. Su hija menor había llorado hasta quedarse sin voz, y la debilidad la había hecho vomitar varias veces. Al escuchar sobre Anaís, Bárbara se arrastró tambaleante hacia la ventana.
-Mamá, ya no quiero saber nada de ella -susurró Bárbara con voz quebrada-. Prefiero acabar con todo esto de una vez.
El pánico se apoderó de Victoria.
-Haz lo que tengas que hacer–respondió a Víctor con voz temblorosa-. Si muere, muere. Como si nunca hubiera tenido esa hija.
Tras colgar apresuradamente, Victoria sujetó la muñeca de Bárbara con firmeza.
-Mi amor, no hagas tonterías -suplicó. Envié a Víctor con tu hermana, ¿no era eso lo que querías? ¿Que se casaran? Todo se resolverá pronto.
Un destello de satisfacción iluminó los ojos de Bárbara. Sus lágrimas, sus dramas y sus amenazas habían dado resultado. Victoria, aliviada, la guio hasta la cama.
-No te preocupes por nada -continuó-. Tú y Roberto tienen el respaldo de la palabra de Anselmo.
La mención de Anselmo transportó a Bárbara a otros recuerdos. Su mente evocó a Efraín, el hijo prodigio de los Lobos. Un rubor cálido se extendió por su pecho al recordar su primer encuentro en aquella fiesta familiar, cuando recién había llegado a la casa de los Villagra. Efraín destacaba entre la multitud, rodeado de admiradores, como una pintura perfecta
cobrada vida.
“Roberto despierta en mí ese deseo de conquista”, pensó Bárbara, “pero Efraín… Efraín era
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Capitulo 138
diferențe. Siempre soñé con que un hombre así cayera rendido ante mí“. A pesar de la silla de ruedas, a pesar de que ya no era la imagen de perfección que solía ser, Efraín seguía siendo inalcanzable, como una estrella distante.
-Mamá -preguntó, incapaz de contener su curiosidad-, ¿Anselmo ha comentado algo sobre el matrimonio de Efraín?
Victoria conocía bien la reputación de Efraín. Nadie en San Fernando del Sol podía ignorar quién era. Aunque había desaparecido durante dos años, su nombre seguía brillando en los periódicos financieros internacionales. La familia Villagra podía aspirar a Roberto, pero Efraín era un sueño que nadie se atrevía a soñar.
-No estoy enterada de nada -respondió con cautela-. Parece que no ha tenido pareja en estos años. Pero sus asuntos no nos conciernen, y será mejor que no lo menciones. La familia Lobos nunca ha perdonado a tu hermana por todo lo que pasó con él.
Bárbara sonrió para sus adentros. La familia Lobos la aceptaba mientras despreciaba a Anaís. Por fin, después de tantos años, había superado a su hermana en algo.