Capítulo 139
El eco de la llamada se desvaneció en la habitación mientras Víctor dejaba caer el teléfono sobre la mesa. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en Anaís con una intensidad depredadora. El permiso implícito de Victoria había desatado algo oscuro en él, algo que había estado conteniendo apenas bajo una máscara de civilidad.
-Anaís, tú misma lo escuchaste. A tu madre no le importa si vives o mueres su voz destilaba un veneno dulce y mortal-. ¿Por qué habría de importarme a mí, que soy un extraño? Y te advierto algo: si te atreves a morirte, voy a grabar un video usando tu cuerpo. Ni en la muerte vas a encontrar paz.
Un temblor imperceptible recorrió la mano de Anaís. Las paredes parecían cerrarse a su alrededor mientras retrocedía instintivamente, pero las ventanas enrejadas le recordaban que no había escapatoria. La impunidad prometida por Victoria había convertido a Víctor en una bestia sin ataduras, convencido de que cualquier atrocidad quedaría impune.
El ataque fue brutal e inevitable. Debilitada por la pérdida de sangre, Anaís no pudo evitar que Víctor la sometiera contra la cama. El carmesí de sus heridas manchaba las sábanas, creando un grotesco lienzo de violencia.
-Por fin te tengo donde quería, mi amor —una sonrisa torcida deformaba sus facciones-. No te preocupes, te voy a cuidar muy bien.
-¡Quítate de encima! -la voz de Anaís surgió como un rugido desesperado.
Sus intentos de liberarse solo provocaron que la herida en su cuello sangrara con más intensidad. Víctor, ciego de lujuria, comenzó a forcejear con el borde de sus pantalones. La mente de Anaís se sumergió en un vacío blanco mientras su resistencia se intensificaba, solo para ser recibida por una bofetada que resonó en la habitación.
-¡Te dije que te quedes quieta, con un carajo! ¿O prefieres que use la fuerza?
La desesperanza comenzaba a inundar los ojos de Anaís, transformándolos en pozos vacíos de resignación. Fue entonces cuando la puerta estalló hacia adentro con un estruendo
ensordecedor. Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, el peso de Víctor desapareció de su cuerpo.
Una pistola presionaba ahora contra la sien de Víctor, silenciando cualquier maldición que hubiera intentado proferir. Su cuerpo se paralizó, temblando como una hoja en medio de una tormenta.
-¿Quié… quiénes son ustedes? -su voz surgió quebrada, apenas un susurro temeroso. En San Fernando del Sol, portar un arma no era cosa de cualquiera.
Unos brazos protectores rodearon a Anaís, quien permanecía inmóvil sobre la cama. Sin levantar la mirada, se dejó envolver en ese refugio inesperado. Una chaqueta cubrió sus hombros temblorosos, y una fragancia familiar invadió sus sentidos, relajando instantáneamente cada músculo de su cuerpo.
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Capítulo 139
Era Efraín.
Al alzar la vista, encontró a Victor arrodillado contra la pared, su rostro desprovisto de todo color. Dos guardaespaldas lo flanqueaban, sus armas apuntando directamente a su cabeza con precisión letal.
Anaís se aferró a la chaqueta como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta. El abrazo protector se renovó, envolviéndola desde atrás. Algo frío y metálico apareció en sus manos.
La barbilla de Efraín descanso suavemente sobre su hombro.
-¿Recuerdas cómo usarla? -susurró con voz aterciopelada.
La confusión cruzó por su rostro al reconocer la pistola entre sus dedos. Él la rodeó con su cuerpo, guiándola en los movimientos necesarios.
La ira rugía dentro de Anaís como un animal enjaulado, exigiendo venganza.
-Puedo aprender -respondió con una determinación que sorprendió incluso a los guardaespaldas.
-Así se carga -explicaba Efraín con paciencia-. Este es el gatillo. Apunta.
Los guardaespaldas observaban la escena con asombro mal disimulado. ¿Era ese realmente su jefe? Desde su perspectiva, el cuerpo de Efraín envolvía por completo a Anaís en un abrazo íntimo, pero el trauma reciente la había dejado insensible a esa cercanía.
Cuando Efraín soltó sus manos, el mensaje era inequívoco: la decisión de disparar era
enteramente suya.
-Anaís, no cometas una locura -suplicó Víctor-. ¡Esto es ilegal! ¡Completamente ilegal! Y no olvides quién soy, soy el tío de Rober. Tú lo adoras, ¿cómo piensas explicarle esto?
El primer disparo resonó antes de que terminara de hablar.
-¡Ahhhh! -el grito desgarrador de Víctor llenó la habitación mientras se sujetaba la pierna
herida.
El segundo y tercer impacto siguieron en rápida sucesión.
Anaís giró el rostro hacia Efraín. La barbilla de él seguía apoyada en su hombro, y al voltear, sus labios rozaron accidentalmente la mejilla masculina. Apenas tuvo tiempo de registrar la tensión eléctrica que surgió entre ambos cuando el arma se disparó involuntariamente, impactando directo en el pecho de Víctor.
El cuerpo se desplomó sin emitir sonido alguno.
Anaís se apartó bruscamente de Efraín, su rostro desprovisto de color.
-¿Presidente Lobos, he causado un problema?
Los guardaespaldas se apresuraron a examinar a Víctor.
-Señorita Villagra, sigue con vida, pero de ahora en adelante será un vegetal.
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Capítulo 139
Un suspiro de alivio escapó de sus labios; la vida vegetal parecía un destino apropiado para alguien como Víctor. Sus ojos se posaron en el arma ensangrentada y en las yemas de los dedos manchados de Efraín.
Se incorporó abruptamente, buscando algo con qué limpiar. En su mente, Efraín siempre había sido como una flor exquisita e intocable, que no debería mancharse con sangre y violencia.
Su prisa por alejarse provocó que la mirada de Efraín se ensombreciera. Se recargó ligeramente contra la pared, y de pronto toda su presencia dominante pareció desvanecerse, revelando una vulnerabilidad inesperada.
Anaís olvidó sus propias heridas y se apresuró a sostenerlo.
-¿Presidente Lobos, se encuentra bien?
Él negó suavemente con la cabeza, su expresión serena pero tensa.
-Solo me impactó un poco la situación.
La culpa golpeó a Anaís como una ola. Su ropa estaba empapada en sangre. ¿Acaso Efraín nunca había presenciado una escena tan violenta? ¿O quizás aquel accidente automovilístico le había dejado secuelas que lo hacían vulnerable ante la visión de la sangre?
Con delicadeza, ajustó el abrigo que él le había prestado y lo sostuvo con manos temblorosas.
-Lo ayudaré a llegar a su silla de ruedas. Discúlpeme, iré a atender mis heridas de inmediato.
El rostro de Efraín había perdido todo color. Después de un momento de duda, su mano se cerró suavemente alrededor del brazo de ella.
Anaís lo miró sorprendida mientras él evitaba su mirada.
-Ve a Bahía de las Palmeras para que te atiendan.
-Ah, sí, por supuesto -respondió ella, recordando de pronto-. ¿Presidente Lobos, necesita dormir?
No olvidaba què ella era su remedio contra el insomnio.
Los labios de Efraín se tensaron antes de murmurar un “sí” apenas audible.