Capítulo 140
La noche envolvía Bahía de las Palmeras en un manto de quietud cuando Anaís empujó suavemente la silla de ruedas de Efraín hacia el auto. Sus pasos resonaban quedamente sobre el pavimento mientras dejaban atrás el cuerpo inerte de Víctor, tarea que ahora correspondía a los dos guardaespaldas.
En la penumbra del estacionamiento, los hombres intercambiaron miradas perplejas, sus voces apenas un murmullo en la oscuridad.
-¿Escuchaste eso? ¿El jefe admitiendo que estaba asustado?
-Y se apoyó en alguien más…
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de incredulidad. La confusión dio paso a la frustración y, en un arranque de impotencia, descargaron su desconcierto con una patada al cuerpo inconsciente de Víctor.
El consultorio médico de Bahía de las Palmeras desprendía un sutil aroma a desinfectante. El doctor de la familia trabajaba con precisión meticulosa sobre las heridas de Anaís, mientras Efraín sostenía su mano con una firmeza que parecía transmitir más que simple apoyo.
“¿Habrá olvidado soltarme?“, se preguntaba Anaís, aunque no se atrevía a mencionarlo. Su inseguridad ante Efraín no solo nacía de su condición física, sino de aquellos recuerdos nebulosos que aún flotaban entre ambos como fantasmas sin resolver.
“Es un buen hombre“, reflexionaba mientras observaba su perfil sereno. “No guarda ni una pizca de rencor hacia mí“. En ese momento, se prometió convertirse en el refugio que él necesitaba, en la paz que le permitiría descansar cada noche.
Cuando el médico terminó su labor y se retiró discretamente, Anaís recordó la grabación que había enviado a Efraín.
-Presidente Lobos, sobre esa grabación…
-Ya la envié–respondió él con voz tranquila.
La respuesta flotó en el aire como una promesa enigmática, pero el agotamiento pesaba demasiado sobre los párpados de Anaís.
-Está bien -murmuró, dejando escapar un bostezo-, lo resolveré cuando despierte.
El despertar le reveló el significado tras aquellas palabras crípticas de Efraín. La noticia había estallado como una bomba mediática: la grabación se reproducía en cada portal, encabezaba cada titular, dominaba cada conversación.
La voz de Juan aparecía cuidadosamente editada, pero la de Bárbara resonaba con brutal claridad:
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-Quiero que todos crean que ella provocó mi pérdida. Primero, consígueme una bolsa de sangre.
-No olvides borrar las grabaciones de seguridad. No debe tener forma de defenderse. La escalera será perfecta. Después, anunciarás que perdí al bebé.
-Ja, que la odien todos. Esa víbora maldita se lo merece.
Entre las intervenciones de Juan se distinguía su vacilación:
-¿Está segura de esto, señorita Villagra? Al final de cuentas, es su hermana…
-Nunca la consideré mi hermana. Su existencia me estorba. Debo aprovechar esto para sacarla de la familia Villagra. No te metas en lo que no te importa, solo haz lo que te ordeno.
Los titulares no mostraban piedad: “La verdad detrás de la hipocresía familiar: cómo la hermana menor traicionó a la mayor“. La historia que Sofía había esparcido por los círculos de la alta sociedad sobre Anaís empujando a Bárbara se desmoronaba ante la evidencia irrefutable de la grabación, desatando una oleada de murmuraciones.
Ajena al caos que se desataba, Bárbara permanecía resguardada en la mansión Villagra. Su mal humor mantenía a toda la familia pisando con cautela, y Roberto se veía obligado a permanecer a su lado constantemente.
-Rober, te noto inquieto -murmuró ella, recostándose en su pecho con estudiada fragilidad-. ¿También estás triste por el bebé?
Roberto, con la mente fija en Anaís, se encontraba atrapado en la telaraña de atenciones que Bárbara había tejido durante toda la tarde, impidiéndole investigar la verdad.
El resto de la familia Villagra los rodeaba. Raúl, adoptando el papel de padre protector, fue el primero en hablar:
-Bárbara, vendrán más hijos en el futuro. Anaís ya pagó por lo que hizo. No vuelvas a pensar en lo de la ventana, nos preocupas a todos.
Victoria, mientras pelaba meticulosamente una fruta, añadió:
-Claro que sí, Barbi. Casi me matas del susto. No te guardes nada, aquí estamos para ti.
El rostro de Bárbara resplandecía con un orgullo apenas contenido. Por fin tenía a Raúl completamente de su lado.
“Perfecto“, pensaba, regodeándose en su triunfo. “Mamá incluso arregló que Víctor se encargara de Anaís. Debe estar destrozada ahora, como una muñeca rota“.
Sus pensamientos volaban hacia un futuro brillante: su espléndida boda con Roberto, las potenciales reuniones con Efraín en la familia Lobos. Aunque no lo admitiera abiertamente, la presencia de Efraín despertaba en ella una atracción magnética.
Mientras la familia la rodeaba de atenciones, Bárbara se regodeaba en ese momento de gloria,
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como una estrella que por fin brillaba sin la sombra de su hermana.
La burbuja de felicidad se rompió cuando Roberto revisó su celular. Su expresión se transformó en una máscara de horror. Bárbara, interpretando su papel con precisión, preguntó con falsa preocupación:
-¿Qué pasa, Rober? ¿Le pasó algo a mi hermana?
Roberto permanecía inmóvil, como una estatua de sal. Los demás comenzaron a inquietarse.
-Rober, ¿qué sucede? ¿Por qué esa cara?
Sus dedos apretaban el celular con fuerza. Un amigo le había enviado la grabación viral, acompañada de un comentario mordaz sobre las hermanas Villagra. Para alguien tan preocupado por su imagen como Roberto, ser objeto de burlas resultaba insoportable. Las lágrimas de Anaís en el hospital, sus palabras sobre cómo todos creían ciegamente en la actuación de Bárbara, cobraron un nuevo significado.
Como despertando de un trance, empujó a Bárbara con brusquedad, casi derribándola.
Las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos.
-Rober, ¿qué te pasa? -gimoteó ella-. ¿Por qué me lastimas así?
Roberto tomó aire profundamente y la miró con dureza.
-Barbi, respóndeme una cosa: ¿de verdad estabas embarazada?
Un escalofrío recorrió la espalda de Bárbara. ¿Cómo podía Roberto sospechar? Era imposible, se repetía. Juan no había estado en el hospital, y ella había mantenido a Roberto vigilado. No había tenido oportunidad de investigar.
Con la precisión de una actriz consumada, Bárbara dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas.
-Rober, ¿qué estás insinuando? ¿Vas a dudar de mí solo porque mi hermana lo dijo?
La escena conmovió a los presentes. Victoria fue la primera en acudir a sostener a Bárbara, lanzando una mirada de reproche a Roberto.
-Rober, si tienes algo que decir, dilo sin rodeos. Acaba de perder a su bebé, está muy delicada.
-Es verdad -intervino Raúl-. Ha estado con náuseas todo el día. Me parte el alma verla asi.
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