Capítulo 141
Los nudos de los dedos de Roberto resaltaban contra la superficie del celular, su mano temblando con una mezcla de rabia e incredulidad. El aire en la habitación se había vuelto denso, casi irrespirable, mientras la verdad amenazaba con asfixiarlos a todos.
-¡Véanlo ustedes mismos! -su voz ronca por la indignación apenas contenida-. La grabación de Bárbara con el doctor ya está circulando por todas partes. ¿Tienen idea de cuánta gente se está burlando de mí? Todos dicen que me dejé engañar como un idiota.
Roberto se giró bruscamente hacia la puerta, su silueta recortándose contra la luz del pasillo. Sus hombros tensos delataban una furia que jamás había mostrado ante Bárbara.
“¿Cómo puede estar pasando esto?“, el pensamiento golpeaba la mente de Bárbara una y otra vez mientras corría tras él, sus dedos temblorosos deslizándose sobre la pantalla del celular.
-Roberto, espera, ¿de qué noticias hablas? Te juro que no sé nada.
Al reproducir el video, el color abandonó su rostro. Victoria y Raúl permanecieron petrificados, como estatuas contemplando un desastre inevitable.
La mirada de Bárbara se transformó en un remolino de pánico y desesperación. Sus labios temblaron antes de encontrar su voz.
-¡Es una falsificación! Alguien está intentando destruirme. Tiene que ser mi hermana, ella está detrás de todo esto… -su voz se quebró en sollozos estudiados.
Victoria, incapaz de reconciliar la imagen de su dulce hija con la crueldad que emanaba de la grabación, se aferró instintivamente a la negación. La Bárbara del video destilaba una maldad que parecía incompatible con la joven frágil y vulnerable que ella conocía.
Roberto permaneció inmóvil, su mandíbula tensa. Las lágrimas de Bárbara, que antes lo hubieran movido a la compasión más profunda, ahora solo provocaban en él una sensación de hastío creciente. La máscara comenzaba a caer, revelando los hilos de una elaborada
actuación.
“¿De dónde saca tantas lágrimas?“, se preguntó mientras la observaba. “¿Por qué Anaís nunca llora así?”
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Cuando intentó marcharse, los dedos de Bárbara se cerraron sobre su brazo con la desesperación de quien se aferra a un último recurso.
-Roberto, te lo juro por lo más sagrado -su voz temblaba-. Esa grabación es falsa. Con la tecnología de hoy pueden imitar cualquier voz. ¡Que me parta un rayo si estoy mintiendo!
Roberto se pasó una mano por el rostro, sus pensamientos arremolinándose como hojas en
una tormenta.
-Necesito tiempo para pensar. Arréglatelas sola por ahora.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos hinchados de Bárbara. Victoria la envolvió en sus
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brazos, suspirando.
-No entiendo quién podría haber fabricado algo así.
-¿Quién más podría ser? -sollozó Bárbara entre hipidos-. Tiene que ser mi hermana, está buscando venganza porque la internamos. Mamá… si todos creen que soy yo en ese video, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo voy a dar la cara?
“La boda con los Lobos…“, el pensamiento la atormentaba. Todo su futuro pendía de un hilo.
Victoria compartía su preocupación. Si Anaís estaba detrás de esto, necesitaban encontrarla para aclarar la situación.
-Tranquila, mi amor. Yo me encargo de localizar a Anaís.
“No, no, no“, la mente de Bárbara era un torbellino de angustia. La boda estaba tan cerca… si esto lo arruinaba todo, años de manipulación se desvanecerían como humo.
Tenía que encontrar a Anaís. Obligarla a confesar que el video era una falsificación creada por ella. Bárbara confiaba en su capacidad para manipular a su hermana; después de todo, siempre había sabido aprovechar la bondad de Anaís para sus propios fines. Cuando Anaís le cedía lo mejor, Bárbara lo retorcía hasta convertirlo en un acto de soberbia, presentándose como la víctima. Con el tiempo, la amabilidad de Anaís se había vuelto contra ella, y la gente la veía como una manipuladora.
Bárbara inhaló profundamente, intentando ordenar sus pensamientos. No podía seguir en guerra abierta con Anaís. Necesitaba convencer a su ingenua hermana y luego planear su siguiente movimiento.
El nombre de Leopoldo Moratalla apareció en su mente como una tabla de salvación. Con dedos temblorosos, marcó su número.
-¡La voz del video no es mía! -gimoteó en cuanto él contestó-. No sé cómo pasó esto… si la gente deja de creerme, ¿qué voy a hacer?
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