Capítulo 142
La devoción ciega de Leopoldo hacia Bárbara rayaba en lo patético. Como un satélite atrapado en la órbita de un astro mayor, giraba constantemente alrededor de ella, dispuesto a creer cualquier mentira que brotara de sus labios. En ese momento, mientras escuchaba sus sollozos a través del teléfono, su corazón se retorcía de angustia.
-No te preocupes, Barbi. Ya veremos cómo resolver esto su voz vibrába con una determinación sombría-. Si es necesario, vamos a agarrar a Anaís y la obligamos a confesar. Y después… después nos encargamos de que desaparezca.
Las lágrimas en los ojos de Bárbara se secaron por un instante, reemplazadas por un destello de esperanza.
-Ay, Leopoldo, sabía que tú me entenderías. Eres el único que siempre me cuida.
Una sonrisa embobada se dibujó en el rostro de Leopoldo, mientras su pecho se expandía con una calidez ingenua.
-Si Roberto llega a dejarte algún día, ya sabes que conmigo siempre tendrás un lugar.
Bárbara apenas registró sus palabras, calculando con frialdad sus opciones. La posición social de Roberto superaba por mucho a la de Leopoldo, y la familia Lobos le abría las puertas a un mundo de posibilidades aún más tentadoras. Ahí estaba Efraín, ese hombre enigmático y distinguido que despertaba su ambición. “Si juego bien mis cartas“, pensaba, “quizás podría hacer que se enamore de mí“.
Roberto vagaba por las calles de la ciudad en su auto, su mente atormentada por las dudas. Sin darse cuenta, sus manos habían guiado el volante hasta el hospital psiquiátrico donde tenían recluida a Anaís. Se detuvo en el estacionamiento, pero no encontró el valor para bajar
del vehículo.
Sus dedos temblorosos reprodujeron nuevamente la grabación. Cada palabra que escuchaba era como un puñal que se hundía más profundo en sus entrañas, pues conocía perfectamente la identidad del doctor en la cinta.
Con una respiración entrecortada y los nudos de tensión formándose en su espalda, buscó la dirección de Juan y pisó el acelerador.
Juan había pasado las últimas horas consumido por la ansiedad, esperando noticias de Anaís. En su lugar, recibió la visita de unos guardaespaldas que, sin mediar palabra, le entregaron un cheque por tres millones de pesos. El mensaje era claro: el dinero era para que desapareciera del país.
“¿Será esto obra de Anaís?“, pensó Juan con ingenuidad. Sin dudarlo un segundo más, tomó a su esposa y el dinero, y se esfumó sin dejar rastro.
Para cuando Roberto llegó, el departamento estaba vacío. Su búsqueda en el hospital resultó
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Capitulo 142
igual de infructuosa: Juan se había desvanecido como la niebla al amanecer.
La incertidumbre carcomía a Roberto. ¿Y si la grabación no era falsa después de todo? Decidido a descubrir la verdad, envió el audio a un equipo de expertos.
La respuesta no tardó en llegar: -La voz de Bárbara es auténtica, sin rastros de manipulación. Si tienes dudas, busca al médico que aparece en la grabación.
Roberto cortó la llamada y, con dedos temblorosos, marcó el número de Anaís.
El teléfono sonó en una habitación vacía. Anaís estaba en la ducha, intentando limpiar las manchas de sangre de su piel lastimada. Sobre la cama, la pantalla del celular parpadeaba insistentemente. Efraín observó el nombre de Roberto brillando en la pantalla y, sin titubear, apagó el dispositivo.
Roberto intentó comunicarse varias veces más, sin éxito.
Minutos después, Anaís emergió del baño con paso vacilante. Su cuerpo era un mapa de heridas: su pierna, brazo y mano estaban cubiertos de laceraciones que no podía mojar ni exponer demasiado tiempo al agua.
No era la primera vez que utilizaba el baño de Efraín. Ya se había resignado a su papel en la vida de él: una medicina para el insomnio, nada más.
Al tomar su celular, notó las llamadas perdidas de Roberto. Sus cejas se juntaron en un gesto de preocupación.
Estaba a punto de devolverle la llamada cuando la voz de Efraín cortó el silencio.
-Me voy a dormir.
Anaís dejó el teléfono de inmediato.
-Está bien, presidente Lobos, descanse–respondió con una sonrisa resignada-. Creo que ya es hora de que esta pastilla para dormir cumpla su función.
Efraín, recién bañado, levantó la mirada hacia ella. Su nuez de Adán se movió sutilmente antes de desviar los ojos.
“No eres una pastilla para dormir“, murmuró tan bajo que Anaís apenas lo escuchó.
“¿Ah?“, pensó ella, confundida. Si no era eso, ¿entonces qué era? La pregunta quedó flotando en el aire, mientras ella guardaba silencio, temerosa de la respuesta.
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