Capítulo 144
En el umbral de la puerta, Sofía contemplaba a Efraín con ojos brillantes, donde la inocencia infantil se mezclaba con una devoción casi obsesiva. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el moño del pequeño paquete que sostenía.
-Efraín, preparé esto especialmente para ti -murmuró con voz dulce, casi musical.
Él tomó el regalo con un gesto neutro, sus facciones permaneciendo tan impasibles como una máscara de porcelana.
-Ya es tarde. Deberías retirarte.
Un mohín de disgusto transformó el rostro de Sofía mientras golpeaba el suelo con su zapato, como una niña caprichosa.
-Pero quiero quedarme contigo. Hace tanto que no nos vemos… ¿De verdad no me has extrañado ni un poquito?
Una sutil arruga apareció en el entrecejo de Efraín mientras hacía ademán de cerrar la puerta. En ese preciso instante, Sofía extendió su mano para detenerla. Sus ojos, agudos como los de un halcón, detectaron algo inusual: un largo cabello adherido al marco.
La sangre abandonó su rostro en un instante. Con una fuerza nacida de la desesperación, empujó la puerta.
-¿Hay una mujer aquí? -su voz tembló, mezcla de incredulidad y rabia—. ¡Me juraste que jamás te casarías!
Sus pasos resonaron contra el suelo mientras inspeccionaba la habitación. Revisó cada rincón con la minuciosidad de una cazadora: detrás de las cortinas, bajo la cama, en el balcón. Pero la habitación parecía burlarse de ella con su aparente vacío.
Efraín permanecía junto a la puerta del baño, su presencia tan imponente como siempre.
-Sofía, es momento de que madures.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de ella mientras un recuerdo atravesaba su mente. El baño aún no había sido revisado.
-Tú me recogiste cuando era pequeña -su voz se quebró con la emoción contenida-. Me prometiste que solo debía preocuparme por ser feliz. Efraín, ¿ya olvidaste tus promesas? -Se precipitó hacia el baño-. ¡Necesito revisar ahí dentro!
La mano de Efraín la detuvo con firmeza. Su rostro había adquirido una severidad poco usual.
-Es suficiente.
-¡No! ¡Tengo que ver!
Su obstinación resultaba agotadora, pero Efraín guardó silencio mientras ella se precipitaba hacia el baño. La puerta se abrió de golpe, revelando solo vacío y azulejos relucientes.
1/2
El alivio suavizó las facciones de Sofía, quien emergió del baño con las mejillas sonrosadas por la vergüenza.
-Perdóname, Efraín. Me dejé llevar. Seguramente ese cabello lo dejó la señora de la limpieza -sus labios se curvaron en una sonrisa tímida-. Qué descuidada, sabiendo lo mucho que te importa el orden.
-Retírate -la palabra cayó como una sentencia definitiva.
Sofía, consciente de su exabrupto, sacó la lengua en un gesto juguetón mientras se dirigía a la salida. Se detuvo un momento en el umbral.
-Me voy, pero no te olvides de abrir tu regalo.
Sus pasos ligeros se alejaron por el pasillo, llevándose consigo la tensión acumulada en la habitación.
Tras cerrar la puerta, Efraín buscó a Anaís con la mirada. Al no encontrarla, se dirigió al balcón, donde tampoco había rastro de ella. Descendió por las escaleras y la encontró acurrucada en un rincón, su cuerpo contraído como una flor marchita.
Durante la inspección de Sofía, Anaís habia saltado al balcón en un acto desesperado. Sus piernas lastimadas protestaron ante el movimiento brusco, intensificando el dolor hasta volverlo insoportable. Ahora permanecía inmóvil, abrazando sus rodillas, observando a Efraín aproximarse.
“Qué extraño“, pensó al verlo caminar sin su silla de ruedas. Un destello de algo que parecía molestia cruzó por su rostro, enviando un escalofrío por la espalda de Anaís.
Efraín se detuvo junto a ella, su presencia proyectando una sombra sobre su figura encogida.
-¿Puedes ponerte de pie? -preguntó con voz firme.
La pregunta reverberó en sus oídos como una advertencia. A pesar del dolor punzante en sus piernas, asintió levemente.
-Sí–respondió en un susurro apenas audible.
212
EX