Capítulo 145
-Anaís, levántate por ti misma.
La orden resonó con firmeza en el aire nocturno. Anaís se incorporó con movimientos pausados, apoyándose contra la pared más cercana. Las vendas que cubrían sus piernas revelaban manchas carmesí que se expandían lentamente, como flores oscuras floreciendo sobre el tejido blanco.
La mirada de Efraín se detuvo en aquellas manchas sangrientas. Sin decir palabra, extendió su mano con un gesto deliberado y sereno.
-Gracias -murmuró Anaís mientras se aferraba a su mano con cautela.
Él permaneció inmóvil, envuelto en un silencio que pareció extenderse eternamente, antes de dejar escapar un suspiro apenas perceptible.
Al regresar a la habitación, la palidez se había apoderado del rostro de Anaís. Efraín buscó el botiquín y, con gestos precisos y clínicos, comenzó a retirar los vendajes de su pierna. La herida se ubicaba en el muslo, obligándola a levantar su falda para exponer la piel pálida y lastimada. A pesar de la inevitable intimidad del momento, Efraín mantuvo su atención estrictamente en la herida, completando el vendaje con eficiencia profesional antes de apartar la mirada.
Anaís intentó formular una pregunta, pero él se giró abruptamente, dejando el botiquín a un lado. Con un movimiento rápido, la habitación quedó sumida en la oscuridad. En medio de las sombras, Anaís percibía las contradicciones en su comportamiento: primero la irritación, luego una extraña evasión que no lograba comprender.
Pero ella, con su característica lentitud para interpretar las sutilezas emocionales, simplemente se acomodó en el sofá.
-Presidente Lobos, que descanse.
-Mm.
El silencio se instaló entre ambos como un manto espeso.
Mientras tanto, en el mundo exterior, la controversia desatada por cierta grabación seguía creciendo como una marea imparable. En los círculos sociales más exclusivos, las discusiones sobre su autenticidad no cesaban. La familia Villagra finalmente rompió su silencio, acusando a Anaís de manipular la grabación y prometiendo que ella misma lo confirmaría pronto.
La sociedad murmuraba sin descanso. Las palabras volaban como abejas venenosas:
-Jamás lo hubiera imaginado manipulado. Bárbara siempre ha sido tan dulce…
-La familia Villagra tiene una paciencia infinita. Con todos los problemas que Anaís ha causado, y aún no la expulsan.
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Capítulo 145
-Pero tengo un contacto experto que asegura que la grabación es auténtica. ¿Cuál será la
verdad?
-Solo queda esperar a que Anaís se pronuncie.
La mayoría observaba desde una distancia prudente, como espectadores de una obra de teatro particularmente intrigante.
Bárbara, sin embargo, se consumía en la desesperación. Sus intentos de contactar a Anaís resultaron inútiles: estaba bloqueada. Sus llamadas a Roberto quedaban sin respuesta. Su rostro se ensombreció mientras una única opción tomaba forma en su mente: presionar a Leopoldo para actuar con rapidez. El plan era simple pero brutal: secuestrar a Anaís, forzarla a confesar que había empujado a alguien, admitir la manipulación del audio y el video, y después… hacerla desaparecer para siempre.
Tres días más tarde, Anaís permanecía en Bahía de las Palmeras, excediendo todas las expectativas. Sus piernas finalmente respondían con normalidad. Durante la cena, lanzó una mirada furtiva hacia Efraín antes de romper el silencio.
-Presidente Lobos, me iré pronto. Debo ocuparme de Leopoldo. Es el perrito faldero de Bárbara, y en cuanto ella derrame algunas lágrimas, vendrá tras de mí. Necesito adelantarme a cualquier problema.
-Mm.
Las respuestas de Efraín siempre eran escuetas. Durante aquellos días, Anaís no podía determinar si era su imaginación, pero percibía cierta molestia en él. Cuanto más enojado, más hermético se volvía. Su rostro, naturalmente inexpresivo, apenas revelaba sus emociones, pero Anaís, con su aguda capacidad de observación, notaba cómo la curva de sus labios se inclinaba sutilmente hacia abajo cuando algo lo irritaba.
“Sus pensamientos son un verdadero enigma. Pero de algo estoy segura: ¡es una buena persona!”
Inquieta, jugueteaba con los cubiertos sobre su plato.
-Cuando resuelva el asunto con Leopoldo, me haré tiempo para venir y ser su remedio para el insomnio. Espero que no le moleste, presidente Lobos.
Las palabras brotaron con timidez, pero no encontraba otra manera de expresar su gratitud. Efraín lo tenía todo, excepto un sueño tranquilo.
Él alzó la mirada hacia ella y, en un gesto casi imperceptible, la comisura de sus labios se elevó ligeramente.
-Ajá.
Por alguna razón inexplicable, ese simple monosílabo elevó considerablemente el ánimo de Anaís, tanto que se sirvió una segunda porción.
Capitulo 145
Al abandonar Bahía de las Palmeras, se dirigió directamente a su residencia. Sin embargo, apenas descendió de su vehículo, descubrió otro auto aguardando su llegada. Era una máquina imponente, de esas que costaban millones. Su corazón se aceleró al ver descender a varios guardaespaldas de porte militar, evidentemente profesionales entrenados.
Los hombres, lejos de mostrar hostilidad, inclinaron sus cuerpos en un gesto respetuoso.
-Señorita Anaís, el jefe solicita verla.