Capítulo 147
La biblioteca de la mansión Lobos emanaba un aura de poder ancestral. Anselmo, patriarca de la familia, se acomodó con deliberada lentitud en su sillón de cuero. Sus dedos arrugados, testigos de décadas de decisiones que habían moldeado el destino de San Fernando del Sol, rozaron la delicada porcelana de su taza de café. Con un gesto que denotaba años de refinamiento, retiró la tapa y sopló suavemente la espuma que coronaba la superficie del oscuro brebaje.
-Confío en Efraín -su voz grave resonó en la atmósfera cargada de la biblioteca-. Me dijo que nunca se casaría en esta vida, porque la persona que le importa…
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire mientras llevaba la taza a sus labios. El aroma del café premium inundó sus sentidos antes de depositar nuevamente la taza sobre el platillo de porcelana con un tintineo casi musical. La expresión en su rostro se endureció imperceptiblemente.
-Si no fuera porque él decidió no seguir adelante con el asunto de hace dos años, yo no te habría permitido continuar con vida.
El peso de aquellas palabras, que hacían referencia al fatídico accidente automovilístico, cayó sobre Anaís. Un escalofrío recorrió su columna vertebral, pero años de autocontrol le permitieron mantener una expresión serena. La incertidumbre sobre cuánto sabía realmente el patriarca la mantuvo en silencio, consciente de que cada palabra podría ser una trampa mortal.
-Efraín no es alguien a quien puedas aspirar continuó Anselmo con voz pausada pero firme-. Él nunca se enamoraría de ti. Tiene a alguien en su corazón. En la familia Lobos, solo él es tan romántico.
Anaís procesó la información en silencio. Era evidente que toda la familia Lobos conocía los sentimientos de Efraín por la difunta señorita Córdoba. La culpa renació en su interior al recordar su conexión con aquella muerte, y la magnanimidad de Efraín al no buscar venganza le resultó abrumadora.
Tras una profunda inhalación para centrar sus pensamientos, Anaís respondió:
-Señor, lo entiendo perfectamente. Si en algún momento demuestro el más mínimo interés romántico por el presidente Lobos, puede disponer de mí como considere necesario.
La amenaza velada flotaba en el aire. Anaís era plenamente consciente de que un hombre con su poder podría hacer desaparecer a cualquiera sin dejar rastro. Por precaución, decidió tejer una red protectora con sus siguientes palabras:
-Además, todo San Fernando del Sol sabe que mi corazón ya tiene dueño. A pesar de mi reciente frialdad hacia él, mantengo la esperanza de que reconsidere su postura. El presidente Lobos es, sin duda, un hombre extraordinario y noble, pero no es mi elección. Él es como la luna en el firmamento, pero yo prefiero contemplar los paisajes terrenales.
Capitulo 147
La sensatez de su respuesta pareció sorprender a Anselmo, quien la estudió con intensidad durante varios segundos antes de desviar la mirada.
-Si tu presencia ayuda con su insomnio, puedes quedarte.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Anaís, mientras notaba la humedad del sudor empapando su espalda.
El suave roce de las ruedas contra el piso de madera interrumpió el momento. Al girarse, encontró a Efraín en el umbral, sentado en su silla de ruedas. La incertidumbre sobre cuánto había escuchado de la conversación la inquietó momentáneamente, aunque sus palabras
habían sido sinceras.
“No importa si me escuchó“, pensó. “Es la verdad. Aunque sea el sueño dorado de tantas mujeres, incluso después de perder la movilidad de sus piernas, y siga encabezando la lista de los solteros más codiciados…”
Sus pensamientos divagaron involuntariamente hacia territorios más íntimos, preguntándose sobre las posibilidades físicas dada su condición, pero el sonido de la silla de ruedas aproximándose la devolvió bruscamente a la realidad.
Efraín se detuvo junto a ella y, con voz serena, saludó:
-Padre.
-¿Cómo va la rehabilitación de tus piernas? -preguntó Anselmo, con genuina preocupación en
su voz.
-Va bien.
-Me alegro. Señorita, puede retirarse.
Anaís asintió con premura y abandonó el estudio. Sin embargo, la puerta quedó entreabierta y al no recibir indicaciones de marcharse, permaneció en el pasillo, donde la conversación entre padre e hijo llegaba claramente a sus oídos.
El intercambio inicial consistió en formalidades corteses, revelando una distancia emocional que Anaís no esperaba entre padre e hijo.
-Efraín, ¿aún la estás esperando?
La pregunta captó inmediatamente la atención de Anaís, mientras sus ojos brillaban con curiosidad contenida.
El silencio se extendió por varios segundos antes de que la voz de Efraín, firme y decidida, respondiera con una simple palabra:
-Sí.