Capítulo 148
El rostro de Anselmo se suavizó con una expresión de resignada preocupación mientras contemplaba a su hijo.
-Resuelve tus asuntos como mejor te parezca, hijo. Pero mira a tu primo Rober, ya debe andar por ahí jugando con sus pequeños mientras tú sigues aquí, en soledad. Cuando tengas claras tus ideas, avísame. San Fernando del Sol está lleno de jovencitas casaderas que estarían más que dispuestas a esperar por ti.
Sus dedos arrugados masajearon el puente de su nariz en un gesto de profunda inquietud. La preocupación paternal se traslucía en cada una de sus arrugas.
-Nunca has necesitado que te ayude en otros asuntos, pero en cuestiones del corazón pareces estar siempre tropezando con la misma piedra.
-Así estoy bien, padre -respondió Efraín con una serenidad que contrastaba con la sombra de melancolía que velaba su mirada.
Desde su posición junto a la puerta entreabierta, Anaís sentía que cada palabra se le clavaba en el pecho. Ahí estaba él, un hombre extraordinario en todos los sentidos, aferrándose al recuerdo de alguien que jamás regresaría. ¿Por qué el destino se empeñaba en ser tan cruel
con él?
Los latidos de su corazón se aceleraron cuando lo vio emerger del estudio. Al pasar junto a ella, Efraín apenas susurró:
-Sígueme.
Anaís apresuró sus pasos para mantener el ritmo. Al salir de la villa, notó la ausencia de cualquier vehículo esperando. La distancia hasta los portones principales era considerable, al menos media hora caminando.
Sin más alternativa, colocó sus manos sobre el respaldo de la silla y comenzaron su pausado recorrido hacia la salida. Le resultaba sorprendente que una familia tan prominente como los Lobos no tuviera un auto dispuesto en la entrada. Mientras avanzaban, su mirada se detuvo en la espalda recta y orgullosa de Efraín.
El prolongado silencio la empujó a intentar una conversación.
-Presidente Lobos, creo que su padre tiene razón. No debería seguir esperando indefinidamente. Tal vez la compañía de alguien podría hacerle bien.
-¿También piensas que soy un inválido que necesita que lo cuiden?
-¡No, para nada! Solo me preocupa que se sienta solitario.
Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera contenerlas. Avergonzada, se apresuró a agregar:
-Aunque claro, alguien como usted debe estar habituado a la soledad, jajaja.
-No lo estoy -murmuró él.
Una punzada de dolor atravesó el pecho de Anaís. Quiso consolarlo, pero cualquier palabra le parecía vacía, insuficiente. La soledad que atormentaba a Efraín solo podría ser sanada por aquella persona ausente. Y sin embargo, él persistía en su espera, como un vigía eterno aguardando un barco que nunca arribaría a puerto.
Sus manos se aferraron con más fuerza a la silla mientras decía:
-En San Fernando del Sol hay mujeres extraordinarias, presidente Lobos. Podría encontrar una buena compañera. Muchas historias de matrimonios por conveniencia terminan en amor verdadero. Alguien que lo acompañe a pasear, a leer, incluso a viajar…
-¿Está hermosa la luna esta noche? -la interrumpió.
Anaís se detuvo en seco y alzó la mirada.
-Ah, sí, está preciosa.
-Hmm.
“¿Qué pretende decir con eso?“, se preguntó.
Dudó unos instantes, conteniendo sus palabras hasta que divisó los imponentes portones y el auto que aguardaba afuera. Finalmente, se aventuró:
-La luna está linda, pero usted, presidente Lobos, es mucho más atractivo. Con su presencia aquí, la luna pasa desapercibida. Es una lástima que nadie aprecie semejante belleza.
A pesar de lo atrevido de sus palabras, no soportaba ver esa melancolía que emanaba de él, como si todas sus emociones estuvieran aprisionadas en su interior.
Sus palabras provocaron una sutil sonrisa en él.
Anaís respiró aliviada, sintiendo que había valido la pena el atrevimiento.
Efraín dejó escapar una suave risa.
-¿Así que me estabas admirando?
“¿Se refiere a si estaba admirando su belleza?“, pensó ella.
Ya que había llegado hasta ese punto, decidió seguir adelante.
-¡Por supuesto! No pude evitar mirarlo varias veces, presidente Lobos. Su apariencia es excepcional.
-Hmm.
“Ay, no…”
De pronto, las palabras se le atoraron en la garganta.
“Jamás me he permitido pensar en él de otra manera“, reflexionó. Aunque genuinamente admiraba su porte y belleza, lo hacía sin segundas intenciones. Cualquier otro pensamiento le
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parecería una falta de respeto hacia él.
-Presidente Lobos, sinceramente creo que es una persona extraordinaria.
Un hombre de principios inquebrantables y noble corazón, eso era Efraín.
Mientras hablaba, conducía la silla hacia el vehículo, esforzándose por encontrar más cumplidos apropiados.
“Quizás apreciar la belleza es parte de nuestra naturaleza“, pensó. Ver sonreír a alguien tan atractivo como él la motivaba a seguir intentándolo.
Efraín curvó ligeramente sus labios, con la mirada perdida en la ventana.
-¿Acaso tienes alguna cuota de halagos que cumplir conmigo esta noche?
Los ojos de Anaís se abrieron de par en par, atónita ante aquellas palabras inesperadas.
“¡Vaya! ¡Así que el presidente Lobos también sabe hacer bromas!”
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