Capítulo 149
-No, solo quería hacerte un cumplido -respondió Anaís con naturalidad, rascándose la mejilla en un gesto involuntario.
Fue entonces cuando notó que el auto se desviaba hacia su residencial. El vehículo se detuvo con suavidad frente al edificio, y ella descendió con movimientos pausados. Se inclinó hacia la ventanilla con una expresión seria dibujada en su rostro.
-Me bajo aquí. Gracias por traerme.
-No hay de qué -respondió él con su característica sobriedad.
Anaís se adentró en el complejo residencial, pero la curiosidad pudo más que su determinación. Al voltear, comprobó que el auto de Efraín permanecía estacionado, como un guardián silencioso en la penumbra.
Al llegar a su piso, se encontró con Irene Moreno. Su vecina era una de esas mujeres que cautivan sin esfuerzo, dueña de una presencia magnética que atraía todas las miradas. Por lo que podía verse, también acababa de llegar.
A pesar de vivir en el mismo nivel, apenas habían cruzado
fue Irene quien rompió el hielo.
palabra antes. Sin embargo, esta vez
-Vi un auto sospechoso dando vueltas cuando regresé. Parecía estar vigilando tu ventana -comentó con un dejo de preocupación en su voz.
“Leopoldo“, pensó Anaís de inmediato. Por supuesto que no se quedaría tranquilo.
-Gracias por avisarme.
Los rizos de Irene, teñidos recientemente de un intenso color vino, enmarcaban su rostro de porcelana, creando un contraste cautivador. Apoyada con elegancia contra el marco de su puerta, estudió a Anaís con genuino interés.
-¿Es cierto que tú hiciste ese audio que anda circulando?
-¿Perdón?
Anaís frunció el ceño, desconcertada. No estaba al tanto de la respuesta de los Villagra.
Irene se acercó, su curiosidad palpable en cada movimiento.
-¿No te enteraste? El escándalo del audio de Bárbara… Esta tarde, los Villagra anunciaron que saldrías a confesar que lo editaste tú.
Anaís torció los labios con disgusto. Había bloqueado a toda la familia Villagra, excepto a Raúl. Con un tintineo juguetón, Irene agitó sus llaves frente a ella.
-Ese auto de abajo viene por ti. ¿Sabes qué? Hoy me siento generosa. Si necesitas ayuda, puedo llevarte. Soy campeona de artes marciales -ofreció con una sonrisa confiada.
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Irene emanaba un aire despreocupado y arrollador, como esas damas que todos admiran en secreto. Su presencia resultaba magnética.
El buen humor de la conversación con Efraín aún persistía en Anaís, especialmente por aquella broma inesperada que le había dedicado.
-¡Me encantaría! -respondió con entusiasmo.
Era curioso, pensó, cómo a pesar de apenas conocerse, sus energías parecían sincronizarse de manera natural.
En el estacionamiento, Anaís señaló el vehículo apostado en las sombras.
-¿Reconoces si es el auto de Leopoldo?
Irene, envuelta en una sutil estela de perfume, dejó escapar un bostezo elegante.
-Sí, es él. Está con dos guaruras. Los conozco, los he contratado antes. Harían cualquier cosa por dinero, no tienen principios.
Anaís la miró con asombro. ¿Por qué alguien como Irene necesitaría guardaespaldas?
-Cuando tengo clientes difíciles, un par de golpes los ablandan. Luego los consuelo un poco y firman sin chistar -explicó Irene con descaro, como quien comparte una receta exitosa.
“Esta mujer es de las mías“, pensó Anaís con admiración.
-¿Entonces la señorita Moreno sugiere que podríamos… persuadir a esos guardaespaldas de cambiar su lealtad?
-Exactamente.
La sincronía fue perfecta. Irene no perdió tiempo y realizó una llamada.
Mientras tanto, Leopoldo aguardaba en su vehículo junto a los guardaespaldas. Su plan era simple: secuestrar a Anaís y obligarla a confesar la edición del video. Todo fuera por la felicidad de Barbi.
La impaciencia comenzaba a consumirlo cuando se recostó en el asiento. No alcanzó a reaccionar cuando una tela empapada en sedante cubrió su rostro, sumiéndolo en la inconsciencia.
La puerta del auto se abrió, revelando a Anaís e Irene.
-¡Señorita Moreno! -saludaron los guardaespaldas con deferencia. No era para menos, considerando su historial como clienta.
Irene respondió con un gesto displicente y tomó asiento junto a Anaís, intrigada por ver cómo se desarrollarían los acontecimientos.
Con movimientos precisos, Anaís tomó el celular de Leopoldo. Usando la huella digital del inconsciente, desbloqueó el dispositivo y navegó hasta su conversación con Bárbara.
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