Capítulo 15
La brisa nocturna agitaba suavemente las palmeras mientras Anaís permanecía de pie junto al lujoso automóvil. Las palabras de Efraín resonaban en su mente, evocando los susurros que circulaban por las calles de San Fernando del Sol. Para todos, cada uno de sus movimientos tenía un único motivo: Roberto.
Anais mantuvo la compostura, su rostro sereno ocultando la verdadera naturaleza de sus
intenciones.
-Señor Lobos, en este momento necesito trabajo su voz transmitía una calma estudiada-. El Grupo Lobos ofrece buenos salarios, y estoy dispuesta a dar lo mejor de mí.
Las dificultades parecían multiplicarse ante quien mostraba disposición para enfrentarlas. Anaís lo sabía bien, pero su verdadero objetivo era más profundo: necesitaba descubrir la verdad sobre la lesión de Efraín y desentrañar los misterios de su pasado compartido.
Una risa amarga brotó de los labios de Efraín, rompiendo la quietud de la noche. Sus ojos permanecieron cerrados, su rostro una máscara impenetrable de indiferencia.
-Si tanto quieres venir, adelante.
La esperanza iluminó el rostro de Anaís, quien se inclinó con rapidez.
-Gracias. Mañana mismo vendré a completar los trámites de ingreso.
El cristal polarizado ascendió con un zumbido suave, separándolos. Cuando el vehículo cruzó el imponente portón de hierro forjado, Efraín se dirigió a Lucas, quien ocupaba el asiento del
conductor.
-Que no vuelva a suceder.
-Señor, me preocupa que sus intenciones no sean sinceras -respondió Lucas con cautela-. Cuando surjan problemas con Roberto, será usted quien deba resolverlos.
Efraín contempló el paisaje nocturno a través de la ventanilla, sus dedos rozando distraídamente los documentos a su lado. El silencio fue su única respuesta.
Lucas optó por callar, aunque su aversión hacia Anaís ardía como una llama inextinguible en su interior. Deseaba con todas sus fuerzas que esa mujer desapareciera de sus vidas.
En el otro extremo de la ciudad, Roberto acompañaba a Bárbara en su expedición por las boutiques más exclusivas. La ausencia de Anaís en su velada le resultaba sorprendente; usualmente; ella encontraba la manera de entrometerse en sus citas.
-Rober, ¿en qué piensas? -la voz de Bárbara lo arrancó de sus cavilaciones.
Su mirada se posó en la marca que aún persistía en la mejilla de Bárbara, y la indignación encendió su voz.
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-¿Todavía no se ha borrado?
Bárbara bajó la mirada, proyectando vulnerabilidad.
-Tal vez mañana ya no se note. Mi hermana ha estado insoportable últimamente. Hasta le dio una bofetada a Raúl, y sigue furioso por eso.
-¿Es en serio? ¿Y tus papás no dicen nada?
-Cada vez que intentan hablar con ella, amenaza con irse de la casa -suspiró Bárbara-. Esta vez se fue por dos días y no ha vuelto. Mi mamá está con los nervios destrozados.
Roberto tensó la mandíbula. Tener una hija como Anaís era una maldición interminable.
-Menos mal que te tienen a ti, Barbi. Me enteré de que tu último proyecto generó millones. Eres brillante.
Una sonrisa modesta se dibujó en los labios de Bárbara.
-Bueno, soy dueña del diez por ciento de las acciones. Con todos los gastos de la casa, tengo que esforzarme más.
-Mientras tanto, hay quien ha vivido de la familia Villagra por años sin aportar nada -comentó con desprecio-. Tú volviste hace cinco años y ya manejas los proyectos de manera excepcional. Es increíble lo diferentes que pueden ser dos hermanas.
La mañana siguiente, Anaís se presentó en las oficinas del Grupo Lobos vistiendo un conjunto sobrio y profesional. Al salir del elevador en el departamento de recursos humanos, se encontró cara a cara con Roberto.
La sorpresa transformó las facciones de Roberto en una máscara de desprecio. Ahora entendía la ausencia de problemas la noche anterior; ella había estado planeando esto.
Con un movimiento brusco, la sujetó del brazo.
-Anaís, haz lo que quieras con tu vida, pero te lo he dicho mil veces: el Grupo Lobos no es lugar para tus juegos.
Anaís sostuvo su mirada mientras una oleada de indignación se expandía por su pecho. De un tirón, liberó su brazo del agarre.
-Lo único que consigues es que te desprecie más siseó Roberto-. Y sobre la bofetada que le diste a Barbi ayer, agradece que no golpeo mujeres.
El personal de recursos humanos le entregó su identificación corporativa. Anaís la colocó alrededor de su cuello y enfrentó al hombre que la miraba con desprecio.
-A partir de hoy, soy empleada del Grupo Lobos -declaró con firmeza-. Roberto, no vine por ti. No eres tan fascinante como crees.
El rostro de Roberto se contrajo como si hubiera recibido una bofetada, pero se recompuso
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rápidamente.
-Si no viniste persiguiéndome, ¿entonces qué hace alguien tan perezosa como tú buscando trabajo aquí?
- 1.