Capítulo 150
En el rostro de Leopoldo se dibujaba una sonrisa cada vez que escribía un mensaje para Bárbara. Sus palabras destilaban adulación pura, elevándola al pedestal de una princesa mientras arrastraba el nombre de Anaís por el fango. Sus mensajes eran un reflejo perfecto de su devoción ciega, aunque pronto descubriría la verdadera naturaleza de su adorada Bárbara.
Anaís contempló la pantalla del celular con una sonrisa sagaz, sus dedos deslizándose ágilmente sobre el teclado mientras componía el mensaje:
[Barbi, ya tengo a Anaís en mi poder. ¿No quieres venir a ver? Esta noche puedes hacer lo que quieras con ella. Ya sabes que por ti hago cualquier cosa, preciosa.]
Para Bárbara, aquellas palabras fueron como un regalo caído del cielo. Sin dudar un segundo, respondió con halagos efusivos y se apresuró a tomar las llaves de su auto.
Anaís había seleccionado cuidadosamente el lugar del encuentro: un terreno en desarrollo en las afueras de la ciudad, donde una caseta solitaria brillaba bajo la luz de un par de reflectores industriales. El sitio perfecto para una emboscada.
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Bárbara estacionó su vehículo, su corazón palpitando con anticipación mientras sus tacones resonaban contra el suelo de tierra compactada. En su mente ya saboreaba su venganza, imaginando mil formas de acabar con la vida de Anaís. Pero al empujar la puerta de la caseta, la realidad la golpeó como una bofetada: ahí estaba Leopoldo, atado a una silla, flanqueado por dos hombres de aspecto intimidante.
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Intentó retroceder, pero el sonido metálico de la puerta cerrándose a sus espaldas selló su destino. Un chorro de agua fría despertó a Leopoldo inconsciencia. Sus ojos se abrieron de golpe para encontrar a Bárbara con un cuchillo presionado contra su cuello. Sus músculos se tensaron instintivamente, pero las cuerdas lo mantenían firmemente sujeto a la silla.
El terror se apoderó del rostro de Bárbara.
-Leopoldo, ¿qué está pasando? ¿No dijiste que tenías a Anaís?
La confusión también nublaba la mente de Leopoldo. Su último recuerdo era estar sentado en su auto antes de que todo se volviera negro. Los dos hombres que custodiaban la habitación ocultaban sus rostros tras pelucas y máscaras, impidiendo que reconociera a sus propios guardaespaldas.
La puerta se abrió nuevamente para dar paso a dos figuras femeninas enmascaradas: Anaís e Irene. Esta última, intrigada por el desarrollo de los acontecimientos, no había querido perderse el espectáculo.
Anaís se aproximó a Bárbara con movimientos calculados. Tomó el cuchillo de manos del guardaespaldas y, sin titubear, trazó un corte en el brazo de su hermana.
¡Aaaah! ¡Aaaah! -los gritos de Bárbara resonaron contra las paredes de metal.
-¡¿Qué demonios estás haciendo?! -rugió Leopoldo-. Si tienes algún problema, ¡enfréntate a
Capitulo 150
mí! ¡Atacar a una mujer no te hace valiente!
Bárbara temblaba, las lágrimas mezclándose con el sudor frío que perlaba su frente. Su mente solo podía pensar en sobrevivir, en preservar sus planes de apoderarse de la fortuna de los Villagra, en ver a Anaís destruida.
Antes de que pudiera suplicar, Anaís realizó otro corte preciso en su otro brazo. Las heridas, del ancho de un dedo, arrancaron un gemido ahogado de Bárbara, quien se tambaleó, próxima al desmayo.
-¡Déjala en paz! ¡Aquí estoy yo! -la voz de Leopoldo se quebró por la angustia.
Anaís colocó el cuchillo en la mano temblorosa de Bárbara. Su voz, distorsionada por la máscara, resonó con un tono grave:
-Como bien señaló el señor Moratalla, señorita Villagra, ahora tiene el cuchillo en sus manos. Si apuñala al señor Moratalla algunas veces, su sufrimiento esta noche será menor.
-No, no quiero… -sollozó Bárbara, sacudiendo la cabeza.
La escena solo sirvió para alimentar la devoción de Leopoldo.
-Barbi, hazlo. No importa, puedo resistirlo. Te amo, y te voy a demostrar que mi amor es mil veces más grande que el de Roberto.
-Leopoldo… -gimoteó Bárbara.
El dolor punzante en sus brazos alimentaba su odio, pero su mente calculadora seguía trabajando. Un ataque directo a Leopoldo significaría perder su influencia sobre él si sobrevivían a esta noche. Como siempre, optó por la manipulación.
Con lágrimas auténticas de dolor rodando por sus mejillas, Bárbara se acercó a Leopoldo, el cuchillo temblando en su mano.