Capítulo 151
Desde su rincón en la caseta, Irene observaba la escena con una mezcla de fascinación y horror. Sus ojos se desviaron hacia Anaís, quien mantenía una serenidad inquietante.
-¿Eres el diablo? -murmuró Irene, incapaz de contener su asombro ante la elaborada trampa que se desarrollaba frente a ella.
La pregunta quedó suspendida en el aire viciado de la caseta. Para Irene, era incomprensible cómo alguien podía tejer una red tan intrincada de engaños. Y sin embargo, tenía que admitirlo: Bárbara y Anaís eran tal para cual, dos caras de la misma moneda.
Bárbara avanzó con pasos temblorosos hacia Leopoldo, el cuchillo bailando en su mano sudorosa. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, creando surcos en su maquillaje perfecto. Leopoldo, atado a la silla, la contemplaba con una devoción que rayaba en la locura.
-Barbi, no te preocupes -susurró él con voz quebrada-. Sé que te están obligando. No voy a gritar. Entiendo tu dolor.
Los labios de Bárbara temblaron mientras fingía contener un sollozo. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, completaban la máscara de aflicción.
-Perdóname, Leopoldo -gimoteó-. De verdad, perdóname.
-No tienes nada que lamentar, mi amor. Todo lo hice por voluntad propia -la devoción en su voz era palpable-. ¡No llores más! Ver tus lágrimas me destroza.
Un brillo calculador atravesó la mirada de Bárbara mientras hundía el cuchillo, esquivando cuidadosamente los puntos vitales. El gemido ahogado de Leopoldo resonó en la caseta, pero él se mantuvo estoico, determinado a no mostrar debilidad ante su adorada tormenta.
“Si sobrevivimos esta noche“, pensaba él, “habremos forjado un vínculo inquebrantable. Quizás entonces ella por fin vea lo mucho que la amo, más que Roberto, más que nadie“.
Bárbara retiró el cuchillo con un movimiento tembloroso, alzando su rostro bañado en lágrimas hacia Anaís.
-¿Ya están satisfechos, malditos? -escupió las palabras con una mezcla de rabia y miedo.
Anaís extrajo una botella de agua de su bolsillo trasero. Su sonrisa, oculta tras la máscara, se reflejaba en el tono bajo y amenazante de su voz.
-Apenas empezamos. Esta botella contiene un veneno mortal. Solo uno de ustedes verá el
amanecer.
Con un gesto sutil, ordenó a sus hombres que sujetaran a Bárbara. El pánico se apoderó de ella, transformando su resistencia en una lucha desesperada.
-¡No, por favor! ¡Se los suplico! -toda su altivez se desmoronó.
Anaís se aproximó con movimientos deliberadamente lentos, saboreando cada instante de
terror en el rostro de Bárbara.
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-Señorita Villagra, solo tiene que culparse a sí misma por ofender a quien no debía.
Desenroscó la tapa con una lentitud tortuosa, acercando la botella al rostro desencajado de Bárbara.
-¡No quiero morir! -chilló Bárbara con desesperación-. ¡Que lo beba Leopoldo! ¡Él dijo que haría cualquier cosa por mí!
Las palabras cayeron como latigazos en el silencio de la caseta. Leopoldo abrió los ojos, la incredulidad pintada en cada línea de su rostro. Anaís se detuvo, observando cómo la semilla del caos germinaba.
-¡Sí, que lo beba él! -insistió Bárbara, su voz teñida de histeria-. ¿No juraba hacer lo que fuera por mí? ¡No quiero morir!
Con un gesto de Anaís, los guardias liberaron a Bárbara. Su cuerpo se desplomó sobre el suelo polvoriento, arrastrándose como una criatura malherida.
Anaís se inclinó hacia ella, colocando la botella a sus pies.
-Señorita Villagra, la decisión es suya. ¿Usted o él?
Como una serpiente que ataca, Bárbara se abalanzó sobre la botella y se precipitó hacia Leopoldo.
-¡Él! ¡Por supuesto que él!
La máscara de dulzura se había desvanecido por completo, revelando el rostro crudo del pánico. Leopoldo permanecía inmóvil, aturdido ante esta revelación. La Bárbara que él conocía, o creía conocer, era una ilusión que se desvanecía ante sus ojos.
El silencio se quebró cuando Bárbara desenroscó la tapa y sujetó la mandíbula de Leopoldo.
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-Barbi… murmuró él, el miedo finalmente filtrándose en su voz.
Una chispa salvaje iluminó los ojos de Bárbara. El instinto de supervivencia había borrado cualquier rastro de compasión.
-Lo siento, Leopoldo -susurró ella, manteniendo su acto hasta el final-. Pero quiero vivir.
La rabia encendió las mejillas de Leopoldo.
-¿Y crees que yo no? ¿Acaso mi vida vale menos que la tuya?
Bárbara, percibiendo la cercanía de Anaís, presionó la botella contra los labios de Leopoldo con renovada urgencia.
-¡Mmm…! -el forcejeo de Leopoldo resultó inútil contra las sogas que lo aprisionaban.
En cuestión de segundos, la botella quedó vacía. El sonido del plástico rebotando contra el suelo se mezcló con el suspiro aliviado de Bárbara.
-¿Puedo irme ahora? Ya hice lo que me pidieron.
Capitulo
Anaís negó con la cabeza, chasqueando la lengua con fingida desaprobación.
-Señorita Villagra, tiene usted un corazón de piedra. Bastaban un par de sorbos de ese veneno, pero le hizo beber toda la botella. Ni un milagro podría salvarlo ahora.
Bárbara se quedó paralizada, escuchando las arcadas infructuosas de Leopoldo. “Si algún día descubro quién planeó esto“, juró en silencio, “lo pagarán con creces“.
Anaís abrió la puerta, permitiendo que el aire nocturno se colara en la caseta.
-Nos retiramos, señorita Villagra. Usted también puede marcharse. Hasta pronto.
Irene parpadeó confundida. ¿Eso era todo?
Como respondiendo a la pregunta no formulada, Anaís añadió con ligereza:
-Por cierto, señorita Villagra, señor Moratalla, esa botella solo contenía agua mineral. No había veneno alguno. Todos ganan: están a salvo.
Las palabras golpearon a Bárbara como una bofetada invisible.
-¿Qué? -balbuceó, tambaleándose.
-¿No me expliqué bien? -la diversión en la voz de Anaís era palpable-. Era simple agua mineral, nada más. Felicidades, nadie tiene que morir esta noche.
Un escalofrío recorrió la espalda de Irene mientras observaba la escena. Las artimañas de Anaís, concluyó, eran más aterradoras que cualquier amenaza de muerte.
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