Capítulo 152
La devoción ciega de Leopoldo por Bárbara se desmoronaba por completo. Aquella noche había bastado para que el velo de adoración se rasgara, revelando una verdad que siempre estuvo ahí, oculta tras sonrisas dulces y gestos estudiados.
El sonido de sus pasos resonaba en el pavimento mientras Irene caminaba junto a Anaís. Después de alejarse lo suficiente del lugar, rompió el silencio que las envolvía.
-Anaís, conociéndote, algo más tienes planeado, ¿no? Después de ver lo intenso que se puso Leopoldo, ¿estás segura de que Bárbara podrá manejarlo con un par de palabras melosas? ¿De verdad no piensas hacer nada más?
Anaís se despojó de la capucha, revelando una sonrisa misteriosa. Sus ojos destellaban con una astucia casi felina bajo el manto nocturno.
-No hace falta. Conozco bien a Bárbara; jamás dejaría cabos sueltos que pudieran comprometerla.
-¿A qué te refieres con eso?
-Es simple–respondió Anaís con un dejo de diversión en su voz-. Ella vive obsesionada con mantener su imagen inmaculada. Ahora que Leopoldo ha visto su verdadera naturaleza, se ha convertido en una amenaza que debe eliminar.
La conclusión era clara: Bárbara se encargaría personalmente de silenciar a Leopoldo, culpando después a los misteriosos secuestradores de esa noche. De esa manera, su fachada de dulzura permanecería intacta.
Irene arqueó una ceja, dibujando una sonrisa de admiración. -Eres brillante. ¿Qué dices si entramos a detenerla y salvamos a Leopoldo?
Ya en el interior del auto, Anaís dejó entrever una sonrisa calculadora. -Ya me adelanté. La familia Moratalla viene en camino a rescatarlo. Si nosotras interviniéramos, Leopoldo, cegado por su amor enfermizo, podría interpretarlo como una prueba de amor. Pero si su familia lo encuentra… bueno, eso cambia completamente la narrativa.
-Vaya -Irene levantó el pulgar con aprobación-. Eso sí es jugar ajedrez mientras los demás juegan damas.
En la casa abandonada, la tensión se espesaba entre Leopoldo y Bárbara. Él permanecía aturdido, su mundo se desmoronaba, pero una diminuta llama de esperanza aún parpadeaba
en su interior.
-Barbi… ¿ni siquiera dudaste un momento?
Bárbara permanecía rígida, su rostro más pálido que la cera, sus manos pegajosas de sudor. Las cosas habían tomado un giro inesperado. Cuando forzó a Leopoldo a beber aquella agua, creyó que sería su fin. Ahora, la situación se había complicado.
Capítulo 152
Un destello de determinación cruzó su mirada. Si Leopoldo revelaba los acontecimientos de esa noche, si ese video salía a la luz, su cuidadosamente construida máscara de inocencia se haría añicos. Cinco años de meticulosa actuación no podían terminar así.
Su mirada se posó en el cuchillo que Anaís había dejado caer. Con un movimiento fluido, lo recogió del suelo.
El último vestigio de esperanza en los ojos de Leopoldo se transformó en terror puro.
-¿Barbi? ¿Qué… qué piensas hacer?
Todo rastro de vulnerabilidad abandonó el rostro de Bárbara, revelando una frialdad calculadora que siempre había estado ahí, oculta bajo capas de fingida dulzura.
-No me culpes, Leopoldo. Esta noche serás una víctima más de esos misteriosos secuestradores. Y descuida, cuando encuentre al responsable de todo esto, prometo vengarte como corresponde.
La incredulidad deformó las facciones de Leopoldo. La última chispa de ilusión se extinguió en sus ojos, mientras su rostro perdía todo color. Por un momento, deseó estar atrapado en una pesadilla.
Pero Bárbara no titubeó. Cuando tomaba una decisión, la ejecutaba sin medias tintas.
El cuchillo perforó el pecho de Leopoldo con precisión quirúrgica.
Los ojos del hombre se inyectaron en sangre, mirándola con un odio visceral.
-¡Así que esta es tu verdadera cara! ¡Maldita seas, Bárbara! ¡Me las vas a pagar, te juro que me las vas a pagar!
Sus gritos desgarraban el silencio, pero lejos de inmutarse, Bárbara respondió con una crueldad refinada.
-¿No decías que darías todo por mí, Leopoldo? Ahora quiero tu vida. Entrégamela.
Su rostro mantenía una serenidad perturbadora mientras observaba la vida escaparse de aquel que juraba amarla. Para ella, que alguien muriera por su causa parecía tan natural como respirar.
Los ojos de Leopoldo se contrajeron por el dolor cuando ella giró el cuchillo en la herida. La brutalidad del momento lo sobrepasaba. ¿Cómo pudo estar tan ciego? ¿Cómo no vio la verdadera naturaleza de esta mujer? Se odiaba a sí mismo por su estupidez. Si tan solo tuviera otra oportunidad…
El estruendo de la puerta al abrirse anunció la llegada de la familia Moratalla.
Con la velocidad de una actriz consumada, Bárbara soltó el cuchillo, asegurándose de que no quedaran huellas. En un parpadeo, se transformó en la imagen de la aflicción, abrazando el cuerpo malherido de Leopoldo.
-¡Por favor, Leopoldo, resiste! ¡Que alguien nos ayude! ¡Auxilio!
15:31
Capitulo 152
Leopoldo, en sus últimos momentos de consciencia, presenció aquella metamorfosis con repugnancia. Un espasmo de rabia lo sacudió antes de que la oscuridad lo engullera.
Bárbara, tras su máscara de preocupación, sentía el pánico crecer en su interior. Aprovechando un momento sin testigos, presionó con saña sobre la herida.
Los Moratalla actuaron con rapidez, trasladando a Leopoldo al hospital.
En el pasillo de urgencias, Bárbara aguardaba la llegada de los padres de Leopoldo. Los miembros más prominentes de la familia, como Fausto, brillaban por su ausencia.
Al ver a los señores Moratalla, Bárbara, aún con la ropa manchada de sangre, se deshizo en
lágrimas.
-Señores, todo esto es mi culpa. Nos secuestraron… yo… lo siento tanto.
Los padres, consumidos por la preocupación, apenas registraron sus palabras mientras esperaban noticias del quirófano.
El rostro de Bárbara se contorsionaba en una mueca de angustia perfectamente ensayada, mientras en su interior rogaba por la muerte de Leopoldo.
Dos horas después, el cirujano emergió del quirófano. Al quitarse el cubrebocas, su expresión
transmitía alivio.
-El cuchillo no alcanzó el corazón por milímetros. Permanecerá en terapia intensiva unos días. Si supera esta etapa crítica, en un año podría recuperarse por completo.
Mientras la familia Moratalla se deshacía en lágrimas de alegría, el rostro de Bárbara perdió
todo color.
-Bárbara los padres de Leopoldo la miraron con gratitud-. Qué bueno que tú también estás
a salvo.
Ella apenas logró esbozar una sonrisa temblorosa. Si Leopoldo despertaba, todo su mundo se vendría abajo. Necesitaba actuar, y rápido.
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