Capítulo 155
La curiosidad brillaba en los ojos de sus compañeros mientras rodeaban a Anaís en la sala de bebidas. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo de las
voces conspiradoras.
-Anaís, tú que conoces a su hermano, ¿es verdad lo que dicen? ¿De verdad Sofía fue adoptada? ¿Y será que el presidente Lobos…?–la pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de insinuaciones.
Anaís se sirvió café con movimientos pausados, dejando que el líquido oscuro llenara su vaso mientras una sonrisa enigmática se dibujaba en sus labios.
-No estoy muy segura -respondió con voz serena, dando media vuelta para marcharse.
Las palabras venenosas de sus compañeros la alcanzaron antes de que pudiera alejarse.
-Bah, eso de que no sabe es puro cuento, solo le tiene miedo a Sofía.
-Como no, si todo mundo sabe que sigue siendo la perrita faldera de Roberto.
-Vivir sin dignidad, arrastrándose por un hombre… qué deplorable.
Anaís se detuvo en seco. Su cuerpo se movió con deliberada lentitud mientras se giraba para encararlos, una sonrisa afilada curvando sus labios.
-¿Así que tienen tiempo para chismear durante el trabajo? Tal vez debería comentárselo al presidente Lobos… seguro le interesará saber en qué invierten sus horas pagadas.
El color abandonó los rostros de sus compañeros. Con torpeza, llenaron sus vasos y se dispersaron como hojas arrastradas por el viento.
Un nudo de frustración se instaló en el estómago de Anaís mientras regresaba a su escritorio. El eco de aquellas palabras maliciosas reverberaba en su mente, pero su expresión permaneció imperturbable.
El sonido de tacones contra el suelo anunció la salida de Sofía de la oficina presidencial. Al pasar junto al escritorio de Anaís, se detuvo. Con un movimiento calculadamente despectivo, su mano se extendió sobre la superficie ordenada, arrastrando los documentos hasta que cayeron al suelo en una cascada de papel.
Sofía se irguió, la barbilla en alto, sus ojos destilando un brillo de satisfacción mientras esperaba una reacción que no llegó. El silencio de Anaís pareció decepcionarla.
-Vaya, mi hermano decía que últimamente tenías más carácter, pero sigues siendo un tamal -sus labios se curvaron en una mueca de desprecio-. Ah, por cierto, esta noche tengo una cena con Efraín. Solo te aviso que tus truquitos no funcionan ni con mi hermano ni con él. Tú solo sirves para cargar los zapatos de los hombres de la familia Lobos.
Sus palabras quedaron flotando en el aire mientras se alejaba con paso arrogante.
Los murmullos de los empleados zumbaban como un enjambre de abejas irritadas. Anaís los
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ignoró, agachándose para recoger los papeles esparcidos. La voz de su experiencia le susurraba que Sofía tenía el respaldo de Efraín, y que la verdadera sabiduría residía en saber adaptarse a las circunstancias.
Apenas había terminado de ordenar los documentos cuando el teléfono interno sonó con la voz del presidente Lobos.
-Entra.
El ambiente solemne de la oficina presidencial había sido transformado por el aroma dulzón de los pasteles que Sofía había traído, una nota discordante en el espacio habitualmente austero de Efraín. La mirada de Anaís se detuvo en los elegantes postres a medio consumir.
-¿Tienes hambre? -La pregunta de Efraín rompió su contemplación.
-No–respondió con rapidez-. Presidente Lobos, sobre el asunto pendiente, ¿considera que debería reconsiderarse? Los colaboradores han expresado algunas inquietudes.
-Acércate -el tono autoritario en su voz no dejaba lugar a réplicas.
Anaís avanzó unos pasos, consciente de cada movimiento.
-Agáchate ordenó él, sosteniendo un pastel entre sus dedos largos y elegantes.
-No tengo hambre, gracias -Anaís desvió la mirada-. Además, estos son de la señorita Lobos, y ella me detesta. Se molestaría si lo supiera.
-¿Me estás acusando de algo?
Un rubor intenso tiñó las mejillas de Anaís. Antes de que pudiera responder, Efraín la sujetó por la muñeca, obligándola a inclinarse. La dulzura del pastel rozó sus labios, y su lengua reaccionó instintivamente al sabor del relleno.
Efraín la observó por un instante fugaz antes de apartar la mirada bruscamente, fingiendo
concentrarse en los documentos sobre su escritorio.
“¿Será posible que algo tan simple como un pastel lo haya perturbado tanto?“, se preguntó Anaís. Tras un momento de reflexión, llegó a una conclusión sorprendente: bajo esa fachada imponente, Efraín ocultaba una inesperada inocencia.