Capítulo 156
En el despacho presidencial, el aroma dulce de los pasteles aún persistía en el aire mientras Efraín saboreaba el último bocado de su postre. Sus dedos, siempre precisos, deslizaron sobre el escritorio los documentos que había estado revisando, las anotaciones en tinta resaltando los puntos cruciales que requerían atención. Cuando Anaís extendió su mano para tomarlos, sus dedos se encontraron en un roce fugaz que desencadenó un momento de confusión, provocando que los papeles cayeran sobre la superficie de madera con un sonido seco.
La sorpresa se dibujó en el rostro de Anaís por un instante, pero Efraín ya había inclinado la cabeza, aparentemente absorto en escribir algo con su pluma. Los movimientos fluidos de la tinta sobre el papel sugerían una concentración que quizá solo era una máscara.
-Presidente Lobos, me retiro anunció ella, manteniendo el tono profesional que siempre empleaba en la oficina.
-Ajá–respondió él con estudiada indiferencia.
Cuando Anaís ya rozaba el pomo de la puerta, la voz de Efraín volvió a llenar el espacio.
-A las siete de la noche hay una reunión.
-Por supuesto, te acompaño -respondió ella, comprendiendo al instante la implicación.
Al regresar a su escritorio, Anaís se permitió un momento de calma, anticipando el final de lo que prometía ser un día tranquilo. Sin embargo, el destino tenía otros planes: Roberto apareció en las últimas horas de la jornada, su presencia una sombra inesperada en la rutina de la
tarde.
El cansancio marcaba cada línea del rostro de Roberto mientras permanecía de pie junto al escritorio de Anaís. Cuando finalmente habló, su voz emergió ronca, como si las palabras le
costaran un esfuerzo físico.
-Raúl está abajo esperándote. Ha estado ahí todo el día.
Anaís arrugó el entrecejo y se levantó de su silla, dirigiéndose al ascensor con Roberto siguiendo sus pasos como una sombra silenciosa.
En la planta baja, encontraron a Raúl con un cigarrillo entre los dedos, que se apresuró a apagar al verla aproximarse.
-¿Qué no estás muy chiquito para andar fumando? -le reprendió Anaís, propinándole un golpe en la cabeza.
-Es que ando con el humor por los suelos. ¿Me acompañas a la tienda de aquí junto? Te robo diez minutos nada más.
Sin guardar rencor hacia su hermano menor, Anaís emprendió la marcha. Roberto, sin invitación alguna, se unió a ellos.
Ya en el café contiguo, Raúl empujó hacia ella un postre que acababa de pedir, mientras
Roberto, instalado a su lado, tuvo la osadía de ordenar uno para sí mismo. Anaís decidió ignorarlo; después de todo, el establecimiento era público y cada quien podía sentarse donde le placiera.
El dulce que había probado en la oficina de Efraín aún pesaba en su consciencia, y siendo estricta con su figura, dejó el postre intacto. Fue directa al asunto.
-Bueno, ¿a qué viniste?
Raúl titubeó, sus palabras tropezando unas con otras. Anaís, intuyendo que el tema era Bárbara, esbozó una sonrisa cargada de ironía mientras bebía un sorbo de su café helado, permitiendo que la amargura de la bebida se extendiera por su paladar.
-¿Vienes a convencerme de que diga que yo fabriqué el audio? ¿Qué pasó? ¿Bárbara otra vez está haciendo su drama en la casa?
Las palabras impactaron a Raúl como una bofetada, pero el recuerdo del sufrimiento de Bárbara lo mantuvo firme.
-Anaís, Bárbara está yendo al psicólogo.
-¿Y según tú eso es mi culpa? -respondió ella con una risa cargada de sarcasmo.
Los labios de Raúl temblaron antes de continuar.
-Es por ti. Sus papás adoptivos la tratan horrible, y mamá no deja de llorar. Anaís, la familia te va a dar una compensación.
Anaís respiró profundamente mientras depositaba su taza sobre la mesa.
-¿O sea que lo de que Bárbara inventó estar embarazada para echarme la culpa a mí no importa? Con gente como ustedes defendiéndola, qué suerte tiene. Me usa de tapete para quedar como una santa mientras ustedes dan la cara por ella. Me decepcionas, hermanito.
Un destello de pánico cruzó la mirada de Raúl antes de que se levantara bruscamente.
-¿Tú crees que esto es lo que yo quiero, Anaís? Solo quiero que todos estemos bien. Bárbara tiene problemas mentales, ¿qué te cuesta ceder un poco? Además, ¿no te sientes mal? ¡Si no hubiera sido por ti, nunca la habrían secuestrado!
La agitación de Raúl crecía, sus palabras convertidas en un torrente de angustia.
-¿Te acuerdas antes del secuestro de Bárbara? Cuando eras una niña enfermiza, siempre malita, que solo los doctores podían verte, ni yo podía hacerlo. Bárbara se escapaba para ir a verte y te llevaba cosas de comer.
Al terminar su discurso, las lágrimas brillaban en sus ojos.
-Éramos tan unidos todos… No entiendo cómo acabamos así.
Anaís, inmóvil en su asiento, observó cómo las lágrimas de su hermano caían sobre la mesa, una tras otra. Un dolor sordo se instaló en su pecho mientras contemplaba su café en silencio. Roberto, que había permanecido callado hasta entonces, fue quien rompió la quietud del
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