Capítulo 160
Cuando la reunión llegó a su fin, Anaís se plantó con determinación tras la silla de Efraín. El aroma del brandy y el café se mezclaba en el ambiente de la sala de juntas, creando una atmósfera densa que presagiaba lo que estaba por venir.
-Presidente Lobos, ¿me permitiría hacerle una pregunta?
Los socios intercambiaron miradas discretas antes de despedirse con la cortesía propia de su posición, acordando esperar afuera. Lucas, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados, se vio obligado a seguir el protocolo. La pesada puerta de madera se cerró tras ellos, dejando a Anaís y Efraín en un silencio cargado de expectación.
La angustia que Anaís había contenido durante toda la reunión finalmente desbordó.
-Presidente Lobos, si en algún momento lo lastimé, le ruego me disculpe. Mi padre siempre decía que usted es un hombre ejemplar, capaz de perdonar cualquier ofensa. En aquel entonces, seguramente actué sin pensar en las consecuencias.
Efraín se limitó a jugar con su vaso, trazando círculos invisibles sobre la superficie pulida, mientras mantenía un silencio que pesaba como plomo sobre los hombros de Anaís.
Con movimientos apresurados, ella tomó un vaso vacío y vertió el licor ambarino para ambos.
-Me impondré un castigo de tres copas.
Los rumores recientes la habían dejado sin aliento. Si era verdad que le había propinado una bofetada a Efraín en el pasado, ¡qué temple extraordinario debía poseer para no haberla destruido en ese mismo instante!
Una tras otra, las copas desaparecieron, dejando tras de sí un rastro ardiente que encendía sus entrañas.
Efraín examinó la etiqueta de la botella, consciente de su alto contenido alcohólico. Incluso el bebedor más experimentado sucumbiría ante tres copas de semejante potencia.
Al vaciar el tercer vaso, Anaís sintió que su estómago era un brasero. El calor la había invadido desde la primera copa, pero ya no había vuelta atrás.
Al depositar el vaso sobre la mesa, una oleada de calor subió hasta su cabeza como vapor ardiente. Se apoyó sobre la superficie, sacudiendo la cabeza en un intento por mantener la lucidez.
Sin embargo, al recargarse con demasiada fuerza, la mesa se tambaleó y Anaís perdió el equilibrio, precipitándose directamente sobre Efraín.
Él intentó detener su caída, pero al ver que el mantel amenazaba con arrastrar los restos del festín sobre su ropa, retrocedió con su silla de ruedas, atrapándola en sus brazos para evitar un desastre mayor.
Para Anaís, el mundo se convirtió en un torbellino de sensaciones difusas.
1522
En un instante que pareció eterno, la silla de ruedas se desestabilizó, dejándola sentada sobre el regazo de Efraín.
Su impecable traje ahora estaba en desorden, la camisa parcialmente desabotonada revelaba la línea de su clavícula.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Anaís, devolviéndola momentáneamente a la realidad.
Cuando intentó incorporarse de un salto, la puerta se abrió de golpe.
Los presentes en el pasillo, alarmados por el estruendo, habían irrumpido en la sala.
Los socios y Lucas se quedaron paralizados ante la escena: vajilla rota esparcida por el suelo y a corta distancia, la silla de ruedas volcada con Anaís sobre el regazo de Efraín.
El rostro de Efraín se contrajo en una mueca de evidente incomodidad.
Los socios, perplejos ante el cuadro que se desplegaba ante sus ojos, tardaron en reaccionar.
El alcohol había aflojado sus lenguas, dejando fluir comentarios sin filtro.
-Señorita Villagra, ¡qué comportamiento tan impropio! ¿Cómo puede ser tan impulsiva?
-¿No era usted la que juraba no haberle dado una bofetada al presidente Lobos? ¡Y ahora la encontramos prácticamente sobre él!
-Señorita Villagra, una dama debe mantener el decoro. Si el presidente Lobos no está interesado, no debería presionarlo.
El rostro de Anaís ardía de vergüenza. En su intento por levantarse precipitadamente, no advirtió que sus dedos seguían aferrados a la tela de la camisa de Efraín.
Con ese tirón brusco, los botones restantes cedieron, rebotando contra el suelo con un tintineo
acusador.
Efraín desvió la mirada, sus facciones tensas, y tras una pausa que pareció interminable, murmuró con voz áspera:
-No hagas esto.
Aquellas palabras solo sirvieron para alimentar las sospechas de los socios: Anaís estaba cruzando límites inadmisibles.
Lucas la sujetó por el cuello de la blusa, con una furia apenas contenida.
Las venas de su frente palpitaban visiblemente, delatando que había llegado al límite de su tolerancia.
-Anaís, ¡decías que no tenías otras intenciones! ¡Eres una descarada!
Viniendo de Lucas, quien rara vez empleaba un lenguaje tan severo, aquellas palabras resonaron con especial dureza.
Capítulo 160
Anaís se encontró sin defensa posible. ¡No existía justificación para semejante situación!
Observó impotente cómo Efraín, en silencio, intentaba cubrir su torso con los restos de su camisa, como si quisiera ocultar su complexión atlética.
“Esto va de mal en peor, ya no hay manera de salvar mi reputación“, la desesperación se apoderó de sus pensamientos.
-No es lo que parece, el alcohol me ha afectado demasiado -intentó explicar Efraín.
Los socios, con las mejillas encendidas por la bebida, contemplaban incrédulos al presidente del Grupo Lobos en semejante estado de vulnerabilidad, y sus comentarios se volvieron más
atrevidos.
-El alcohol no justifica este tipo de comportamiento. Entre hombres nos entendemos, ¿no es así? Si de verdad estuvieras tan ebrio, ni siquiera tendrías ánimos. Por lo general, el alcohol solo da valor para hacer lo que uno desea pero no se atreve cuando está sobrio.
Anaís sintió que cada palabra la golpeaba como una bofetada. Parpadeó confundida, mientras observaba de reojo a Lucas ayudar a Efraín a incorporarse, enderezando la silla de ruedas caída. La escena pintaba a Efraín como la víctima indiscutible.
Anaís presionó sus labios y, en un arranque de imprudencia, soltó:
-¿Y ahora qué? No esperará que me haga responsable de usted, ¿o sí?
Los dedos de Efraín temblaron imperceptiblemente, pero guardó silencio.
Los socios negaron con la cabeza, y uno comentó:
-Eso suena exactamente a lo que diría una mujerzuela.
-Sí, usa precisamente esa frase para provocar -añadió otro.
Un escalofrío de pánico recorrió la espalda de Anaís. Desesperada por aclarar el malentendido, intentó hablar, pero Lucas la contuvo.
Se mantuvo junto a ella como un guardián, como si temiera que Anaís pudiera atentar nuevamente contra la dignidad de Efraín.