Capítulo 161
Anaís observaba impotente la figura de Efraín, separados por la invisible pero tangible barrera que representaba la tercera persona entre ellos. Su garganta, aún ardiente por el alcohol, se esforzó por articular las palabras.
-Presidente Lobos, le juro que no fue mi intención. Las tres copas me nublaron por completo el juicio.
El silencio se extendió como una sombra mientras Efraín, sentado en su silla de ruedas, mantenía la espalda vuelta hacia ella. El pulso de Anaís se aceleró al notar que Lucas se preparaba para empujar la silla.
-Presidente Lobos insistió, con un hilo de voz.
Por fin, Efraín alzó la cabeza. A pesar de que su ropa ya estaba en orden, sus ojos reflejaban una quietud perturbadora que hizo estremecer a Anaís.
-Sé que no lo hiciste a propósito -murmuró con voz suave pero firme.
Anaís asintió precipitadamente, pero sintió cómo su semblante se ensombrecía aún más. Permaneció clavada en su sitio, contemplando con impotencia cómo la figura de Efraín se alejaba mientras los socios comenzaban su éxodo del salón. El bullicio de las voces y risas se desvaneció como la espuma, dejando tras de sí un vacío abrumador.
Se desplomó en una silla cercana, sintiendo cómo el alcohol le revolvía las entrañas. El mareo se intensificaba por momentos, como si el mundo hubiera decidido girar a su antojo. Diez minutos transcurrieron en ese limbo hasta que el sonido de pasos en el pasillo la alertó. “El servicio vendrá a limpiar“, pensó, agradeciendo la distracción.
De pronto, la iluminación del salón disminuyó. Antes de que sus ojos pudieran adaptarse a la penumbra, un abrazo poderoso la envolvió. Su espalda chocó contra la pared mientras una presencia masculina la rodeaba con una intensidad avasalladora.
A través de la bruma alcohólica, intentó distinguir el rostro de su atacante, pero sus ojos nublados solo captaban sombras difusas. Un beso repentino la paralizó. Sus pupilas se dilataron por la sorpresa mientras sus manos, débiles por la intoxicación, apenas lograban presionar contra aquel pecho invasor.
El alcohol la había dejado tan vulnerable como una hoja al viento. La falta de oxígeno intensificó su desorientación cuando sintió que la elevaban, obligando a sus piernas a rodear aquella cintura desconocida. La realidad se desdibujaba en los bordes de su consciencia, transformando la experiencia en algo surreal.
Aquella presencia emanaba una pasión contenida que ahora se desbordaba como un torrente salvaje. Anaís se encontró atrapada en esa tormenta de sensaciones, incapaz de resistirse a la atmósfera electrizante que la envolvía. Una mano firme se posó en su nuca, guiando su rostro hacia arriba. La privación de aire finalmente la venció, arrastrándola hacia la inconsciencia.
Despertó sobresaltada una hora después. El salón permanecía igual, como si el tiempo se
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Capítulo 161
hubiera congelado. Se masajeó las sienes mientras una sonrisa irónica se dibujaba en sus
labios.
“¿En serio tuve un sueño tan absurdo durante mi borrachera? ¿Tan desesperada estoy?”
Los murmullos sobre su devoción inquebrantable hacia Roberto durante años resonaban en su mente. Él siempre la había despreciado, y ningún otro hombre había ocupado su corazón. Á su edad, el deseo era natural; no había por qué avergonzarse.
Un suspiro escapó de sus labios resecos. Al intentar incorporarse, sus piernas flaquearon como si hubiera corrido una maratón. El ceño fruncido marcó su rostro mientras se apoyaba en la silla, recuperando el aliento.
El piso estaba desierto cuando salió al pasillo, como si una fuerza invisible hubiera barrido toda presencia humana. En el ascensor, se recostó contra la pared metálica, dejando escapar un bostezo que revelaba un agotamiento inexplicable.
Las nueve de la noche marcaba el reloj cuando llegó a la planta baja. Su intención de tomar un taxi se desvaneció al distinguir el auto de Efraín aún estacionado. El recuerdo de la vergüenza reciente la hizo retroceder instintivamente.
El sonido familiar de una silla de ruedas precedió a la voz cortante de Sofía.
-Anaís, eres como una maldita sombra. ¿Por qué siempre te encuentro en todos lados? ¡Eres peor que una plaga!
La memoria de esta mañana golpeó a Anaís: Sofía había mencionado una cena con Efraín. ¿El destino se empeñaba en cruzar sus caminos en este hotel? Al parecer, Efraín había transitado directamente de sus compromisos a su reservación con Sofía.
Evitando la mirada de Efraín y rehuyendo cualquier provocación a Sofía, Anaís retrocedió varios pasos más. La mirada escrutadora de Sofía se clavó en ella antes de soltar su veneno.
-Eres una desgraciada. ¿Ya tienes otro hombre esperándote? Por eso estabas tan ansiosa de que mi hermano publicara esas cosas en Instagram, ¿no? ¡Ya tenías al siguiente en la mira!
El ceño de Anaís se profundizó. -¿De qué diablos hablas?
Sofía inhaló dramáticamente, exhalando desprecio puro. -¿Te crees que soy tonta? ¿Qué haces aquí, actuando como si nada, en un lugar así? ¡No tienes ni una pizca de dignidad!
Anaís prefería ignorar sus ataques, pero la presencia de Efraín la mantenía inmóvil, como si una fuerza magnética la anclara al suelo.
Tras su diatriba, Sofía se apresuró a alcanzar a Efraín.
-Efraín, ¿ves? Te lo dije, es una mujer sin escrúpulos. Nuestra familia jamás aceptaría a alguien así. ¿Ya pensaste qué regalarle a mi hermano y a Barbi para su boda?
Mientras los observaba alejarse, Anaís sintió una punzada en el pecho. Un cosquilleo molesto persistía en sus labios, pero la ausencia de un espejo cercano le impedía investigar la causa.
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Capitulo 161
Exhaló con resignación, deseando poder desvanecerse en el aire. Apenas había dado un paso cuando una voz familiar atravesó la niebla de su consciencia.
-¿Anaís?
-¿Fabiana?
La miró como si fuera un ángel salvador aparecido de la nada. -Creo que tengo alergia al alcohol. ¿Me llevarías a casa? Me arde mucho la boca.
Fabiana, recién salida de uno de sus múltiples trabajos, esbozó una sonrisa maternal. -¿Cómo no te cuidaste mejor? Nunca te había visto reaccionar así al alcohol.
A pesar de sus palabras, ya sostenía el brazo de Anaís con firmeza. El alivio inundó su cuerpo en cuanto se acomodó en el asiento del auto, aunque su estómago seguía protestando.
La mirada penetrante de Fabiana la estudiaba en silencio. Anaís notó que el vehículo permanecía inmóvil y se frotó los ojos con cansancio.
-¿Sucede algo?
Fabiana negó suavemente con la cabeza.–No, nada. Esa alergia sí que te pegó fuerte.