Capítulo 162
La neblina del alcohol envolvía los pensamientos de Anaís como un manto difuso, transformando las palabras de Fabiana en ecos lejanos. Al detenerse el auto frente a su edificio, necesitó el apoyo de su amiga para mantenerse en pie. Apenas habían avanzado unos pasos cuando una figura emergió de las sombras: Roberto aguardaba junto a la entrada, rodeado por un pequeño cementerio de colillas que delataba su larga espera.
-Buenas noches, señor Lobos -saludó Fabiana, manteniendo la formalidad que su posición exigía.
Roberto escudriñó el estado de Anaís, y sus cejas se juntaron en un gesto de desaprobación. -¿Está borracha?
Ante el asentimiento de Fabiana, Roberto aplastó su cigarro contra el suelo y se acercó con pasos decididos. -Yo me encargo desde aquí, puedes retirarte.
Sin mediar palabra, Fabiana transfirió el peso de Anaís a los brazos de Roberto. Mientras observaba cómo se alejaban, extrajo su celular y capturó el momento. Segundos después, la imagen aparecía en Instagram acompañada de un mensaje: [Cuando dos almas están destinadas a encontrarse, siempre hallan el camino de regreso.]
Roberto condujo a Anaís hasta la puerta de su apartamento. Al buscar su mano para alcanzar la cerradura, el carmesí intenso de sus labios capturó su atención. Su mundo se detuvo por un instante y, en un arrebato, vertió sobre ella el contenido de una cubeta de agua.
La sensación gélida devolvió a Anaís a la realidad. Sus ojos, ahora completamente alertas, se clavaron en Roberto. -¿Se puede saber qué demonios te pasa?
Mientras recuperaba la orientación, las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar: estaba en casa, empapada en el vestíbulo. ¿En qué momento había llegado Roberto?
El recipiente vacío resonó contra el suelo cuando Roberto lo soltó para sujetarla por el cuello de la blusa. Los ojos de Anaís se abrieron con indignación mientras él rugía: ¿Qué significa ese color en tus labios?
_a furia que emanaba de su mirada era casi tangible. Anaís respiró profundamente,
а
controlando su temperamento. -Suéltame.
-¡Te hice una pregunta!
-Es una reacción alérgica.
-Anaís, llevamos años conociéndonos. ¿Desde cuándo tienes alergias? ¿A qué exactamente?
-Al alcohol.
-¿Disculpa?
‘Perdón por existir y desarrollar una alergia sin tu permiso real“, pensó ella con sarcasmo.
-¿Me tomas por idiota? ¿Alergia al alcohol? ¿De verdad esperas que me crea eso?
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Anaís parpadeó, genuinamente confundida. ¿Acaso era tan inverosímil? ¿Cómo más explicar esa sensación ardiente en sus labios?
Roberto la liberó con brusquedad, provocando que trastabillara. La indignación se apoderó de ella mientras se incorporaba, apoyándose contra la pared. Se limpió el rostro empapado y señaló hacia la salida. -Roberto, lárgate de mi casa. No tienes ningún derecho a estar aquí.
La mirada de Roberto recorrió su figura: los labios enrojecidos, los ojos todavía velados por el alcohol. -¿Con quién estuviste hoy?
—
Anaís masajeó sus sienes, exasperada por su insistencia. A quién vea o deje de ver no es asunto tuyo. Pronto te vas a casar con Bárbara. ¿No te parece una falta de respeto estar aquí, en casa de tu ex?
-¡Anaís!
Su nombre retumbó en las paredes, cargado de una frustración que ni él mismo comprendía. No sabía si ella estaba jugando con su mente o si genuinamente no entendía la situación.
Apretó la mandíbula antes de dirigirse a la puerta. —Aunque no me lo digas, voy a averiguarlo. Si ya tienes a alguien más, entonces podré actuar sin remordimientos. Esta conversación no ha
terminado.
El portazo que dio Anaís fue su única respuesta. Se dirigió al baño y abrió el grifo de la bañera. Mientras el agua fluía, comenzó a desvestirse. El espejo le devolvió el reflejo de sus labios hinchados y enrojecidos, que palpitaban con un cosquilleo incesante.
“¿Por qué tanto drama?“, se preguntó. “¿No es obvio que es una reacción alérgica?”
Durante el proceso de desvestirse, una marca rojiza en la parte superior de su muslo llamó su atención. Se detuvo, entrecerrando los ojos.
Sus recuerdos eran fragmentados, como piezas de un rompecabezas incompleto. El romance era un territorio inexplorado para ella.
Sus dedos rozaron la marca, y un súbito rubor tiñó sus mejillas. La ubicación era demasiado íntima. “Malditos mosquitos“, murmuró para sí misma.
Se sumergió en el agua tibia, dejando que lavara las tensiones del día. Veinte minutos después, envuelta en una toalla, se dejó caer sobre la cama.
La calidez post–baño la envolvió como un abrazo reconfortante. Esa noche, pensó, dormiría profundamente.
En otro punto de la ciudad, Roberto se dedicaba a rastrear cada movimiento de Anaís durante a noche. Había seguido a Efraín al anochecer… ¿Podría ser…?
‘Imposible“, se dijo, pero la idea persistía como una espina clavada en su mente.
Al confirmar que Efraín había tenido un compromiso en un hotel esa noche, se dirigió allí con
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Capítulo 162
determinación. Necesitaba ver las grabaciones de seguridad, descubrir qué había sucedido con Anaís.
¿Era posible que ellos…? ¿Desde cuándo? ¿Qué significaba él entonces en toda esta ecuación?
La frustración bullía en su interior mientras conducía hacia el hotel. Sin embargo, al llegar a la sala de seguridad, descubrió que faltaban dos horas cruciales de grabación.
El gerente se deshacía en disculpas. -Lo lamento profundamente, presidente Lobos. El empleado de monitoreo se quedó dormido y presionó accidentalmente el botón de apagado. No hay registro de esas dos horas.
Roberto descargó su ira contra la mesa más cercana. Este hotel, uno de los más prestigiosos del Grupo Lobos en San Fernando del Sol, ¿y sus empleados se dormían durante el trabajo?
-¡Que lo despidan!
Mientras aflojaba su corbata, la rabia se acumulaba en su pecho sin encontrar escape.
El gerente, secándose el sudor de la frente, añadió con voz temblorosa: -El empleado ya presentó su renuncia, señor. Dice que su familia ganó la lotería.
Roberto inhaló profundamente. Era como golpear el aire: frustrante e inútil. La impotencia lo consumía por dentro mientras las preguntas sin respuesta se multiplicaban en su mente.
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