Capítulo 164
La sombra de un pensamiento perturbador acechaba la mente de Roberto, arrastrándose como una serpiente venenosa entre sus reflexiones más profundas: Víctor deseaba a Anaís, y quizás este era el castigo que el destino le había preparado por su osadía.
Una parte de él podía contemplar la idea de ceder a Anaís, de entregarla como una ofrenda a los caprichos de su tío. Sin embargo, la mera posibilidad de que Víctor la tocara despertaba en su interior una bestia dormida, un monstruo capaz de acciones que ni él mismo se atrevía a
imaginar.
Los años compartidos con Anaís habían tejido entre ellos una red invisible de momentos y secretos. Roberto la sentía suya, como si el destino hubiera entrelazado sus caminos en un nudo imposible de desatar. El tiempo, ese cómplice silencioso, parecía susurrar que ella siempre estaría a su lado.
Roberto respiró profundamente, mientras su mano se cerraba con fuerza contenida, como quien aprisiona un secreto demasiado oscuro para ser revelado.
Aurora observaba a su hijo entre lágrimas, desconcertada ante la transformación que percibía en él. Era como si una sombra hubiera eclipsado al Roberto que ella conocía, revelando a un
extraño que llevaba su rostro.
-Rober, ¿qué te está pasando? -murmuró Aurora con voz quebradiza.
-Nada. Me voy a dormir arriba. No regresaré al apartamento esta noche -declaró él con un tono que cerraba cualquier posibilidad de discusión.
Aunque tenía su propio espacio en la ciudad, esa noche prefería refugiarse en su antigua habitación. Era una forma de evadir a Bárbara, quien seguramente lo esperaba en su apartamento con sus eternos reclamos y exigencias.
Aurora se frotó los ojos enrojecidos, intentando apartar el agotamiento que la consumía.
-Como quieras, hijo. Por cierto, Sofía regresó hace unos días, está de vacaciones.
-Mmm.
A pesar del profundo cariño que Roberto sentía por su hermana, Aurora, criada en un ambiente donde los varones eran el centro del universo familiar, jamás había logrado tratar a Sofía con el mismo afecto que prodigaba a su hijo. Su relación con ella se limitaba a una tibieza superficial, apenas suficiente para mantener las apariencias.
Roberto se dirigía hacia las escaleras cuando Sofía apareció, descendiendo con paso ligero.
-¡Hermano! -exclamó ella, su rostro iluminándose al verlo.
Roberto, sumido en su oscuro estado de ánimo, continuó su camino, pero se detuvo al escuchar las siguientes palabras de su hermana:
-Hermano, Anaís es un verdadero fastidio, te lo juro. Me la encuentro hasta en la sopa. Hoy
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Capítulo 164
que cené con Efraín, ¿adivina quién apareció? Él llegó tardísimo, mi comida ya estaba helada cuando por fin se dignó a llegar. Pero bueno, al menos me trajo un regalo divino.
Roberto se detuvo abruptamente, clavando en ella una mirada penetrante que parecía querer desentrañar verdades ocultas tras sus palabras.
-Hermano… ¿qué pasa? -tartamudeó Sofía, intimidada por la intensidad de su mirada.
-¿Cenaste con Efraín y llegó tarde? ¿Comieron o no?
-Casi no probamos bocado antes de que tuviera que irse–respondió ella, arrugando la nariz con decepción-. Pero ya habrá otra ocasión, ¿no? Al menos me dio un detalle.
Los regalos que Efraín le daba a Sofía, siempre suntuosos, eran comprados por Lucas sin mayor consideración. A pesar de ser gestos vacíos, Sofía los atesoraba, consciente de que Efraín nunca regalaba nada a otras mujeres.
Ella comenzó a tararear mientras continuaba su descenso, pero Roberto la detuvo, sujetando su brazo con firmeza.
-Hermano, ¿qué haces?
-Sofía, cuéntame exactamente qué pasó.
-¿Qué quieres que te diga? Efraín tenía sus pendientes, no fue su culpa.
Roberto apretó su agarre alrededor de su muñeca, con una urgencia que revelaba su turbación
interior.
-¡Dimelo todo, ahora!
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