Capítulo 167
La voz de Roberto vibró con una mezcla de dolor y desesperación mientras sus palabras resonaban en el elegante privado.
-Efraín, solo respóndeme una cosa -su voz se quebró ligeramente-. ¿Desde cuándo están juntos? Porque antes ella no podía ni verte. Anaís estaba enamorada de mí, eso no pudo ser mentira. Era imposible que fingiera quererme mientras se veía a escondidas contigo. En ese entonces era mi prometida, íbamos a casarnos. Si desde entonces andabas con ella, eso te convierte en el otro. ¿No te da vergüenza ser el amante a tu edad?
La última frase escapó de sus labios como un grito desgarrador que reverberó en las paredes del privado, exponiendo la tormenta que rugía en su interior.
Efraín contemplaba con aparente fascinación el charco carmesí que se extendía por el suelo, producto del vino derramado. Sus dedos jugueteaban distraídamente con la copa que aún sostenía, como si la conversación no mereciera toda su atención.
Roberto interpretó ese silencio como una señal de victoria, un indicio de que sus palabras habían tocado alguna fibra sensible. Quizás ahora Efraín mantendría su distancia de Anaís.
Pero la respuesta llegó con una calma devastadora:
-En el amor, Roberto, el tercero es quien no es querido una pausa calculada-. Todavía eres muy joven para entenderlo.
La revelación golpeó a Roberto como una descarga eléctrica, sacudiendo los cimientos de su realidad. Sus piernas tambalearon, amenazando con ceder bajo el peso de esas palabras.
-¿Qué… qué dijiste?
“El tercero es quien no es querido.” La frase daba vueltas en su mente como un torbellino, desafiando toda lógica.
“¿Así piensa el presidente del Grupo Lobos?”
Efraín dejó escapar un suspiro de hastío y bajó la mirada.
-Ya deja el drama y retirate.
La diferencia entre ambos hombres era notable. Mientras Roberto se comportaba como un adolescente herido, Efraín emanaba un aura de madurez inquebrantable. ¿Cómo podían unos pocos años de diferencia crear tal abismo entre ellos?
Roberto se quedó sin argumentos. La impecable lógica de Efraín lo había dejado sin defensas.
Abandonó el privado como un autómata, sus pies moviéndose por inercia a través del pasillo. Fausto e Iván lo vieron pasar, notando su estado alterado, pero mantuvieron su característico distanciamiento hacia los extraños.
La brisa nocturna lo recibió al salir de La Luna, despejando la bruma de su mente. Lejos de la presencia abrumadora de Efraín, comenzó a analizar la situación con mayor claridad. Las
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Capítulo 167
palabras de Efraín eran un laberinto diseñado para confundirlo, para hacerle creer que Anaís había estado con él antes de perder la memoria.
“Imposible“, se dijo. Conocía el desprecio que Anaís sentía por Efraín. Un romance secreto entre ellos era inconcebible.
La realidad se fue aclarando en su mente: Efraín había estado esperando su momento, y la amnesia de Anaís le había servido la oportunidad perfecta.
Sentado tras el volante, su cuerpo entero vibraba de impotencia. Sus manos se aferraban al cuero con desesperación mientras intentaba controlar su respiración. Un rugido de frustración escapó de su garganta y su puño se estrelló contra el volante.
-¡Maldita sea!
El claxon rompió el silencio de la noche. Roberto se dejó caer en el asiento, exhausto, mientras la urgencia de la situación se hacía más clara en su mente. Anaís estaba vulnerable, sin memoria, trabajando en la planta alta como una oveja entre lobos, sin la menor idea de las intenciones de Efraín.
“¿Qué hará cuando recupere la memoria?“, se preguntó. “¿Querrá aventarse de un edificio?”
Con dedos temblorosos, extrajo un cigarrillo y lo encendió. La luz de la flama iluminó sus ojos, donde diversas emociones batallaban por dominar. Finalmente, la claridad llegó a su mente:
debía actuar.
“Como lo dije antes“, pensó mientras el humo se elevaba en espirales hacia el techo del auto, “tengo que hacer que Anaís recupere la memoria. Y cuando lo haga, le mostraré quién es realmente Efraín.”
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