Capítulo 168
Los últimos comensales se habían retirado del privado de La Luna, dejando tras de sí el eco de una confrontación. Fausto contemplaba pensativo los fragmentos de cristal esparcidos sobre la alfombra persa, donde el vino formaba una mancha oscura que se extendía como tinta derramada.
-Qué lástima, era un buen vino -murmuró con un dejo de resignación mientras sus dedos jugueteaban con la copa que aún conservaba.
En el sillón de cuero, Efraín se reclinó con parsimonia, sus párpados entrecerrados ocultando el torbellino de pensamientos que cruzaba su mente. La tenue iluminación del privado proyectaba sombras sobre su rostro aristocrático, acentuando sus rasgos definidos.
Con movimientos pausados, Fausto sirvió más vino en su copa y luego llenó la de Iván, quien permanecía sumido en un silencio denso. El tintineo del cristal resonó cuando Fausto chocó suavemente su copa contra la de su compañero.
-Oye, Iván, ¿por qué tan serio en una reunión como esta?
La mandíbula de Iván se tensó visiblemente mientras sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del cristal. A pesar de ser el más joven del grupo, su reputación por sus métodos implacables lo precedía, aunque aún le faltaba la sutileza de sus mentores.
Fausto dejó escapar una risa despreocupada, reclinándose en su asiento con la camisa parcialmente desabrochada, revelando su complexión atlética.
Iván vació su copa de un trago antes de romper su mutismo.
-Mi hermana ha estado demasiado callada últimamente.
Una carcajada brotó de la garganta de Fausto.
-¿Temes que esté planeando algo? Por favor, ¿no crees que exageras? Ya dejó la empresa familiar, ¿qué más quieres? Si tanto te preocupa que herede algo, mándala al extranjero o hazla desaparecer. Al fin y al cabo, tus padres la adoptaron cuando creían que no podrían tener hijos propios.
Los dedos de Iván se crisparon alrededor de su copa mientras bajaba la mirada.
-No planeaba sacarla de la empresa. Ella decidió irse por su cuenta.
Fausto se inclinó hacia adelante, agitando una mano con ademán desenfadado.
-¿Te estás escuchando? Armaste todo un escándalo, todo mundo sabe que no la soportas. Irene siempre ha sido astuta, sabe cuándo retirarse. Al ver que la detestabas tanto, prefirió apartarse. Tiene más carácter del que aparenta.
La mirada que Iván le dirigió destilaba amenaza pura.
-¿A qué te refieres con eso, Fausto?
365223
Capitulo 168
Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Fausto mientras alzaba las manos en gesto conciliador.
-¿Qué te parece si me haces tu cuñado? En mi casa no dejan de presionarme con el tema del matrimonio.
El vaso de Iván se estrelló contra la mesa, astillándose en pedazos.
-No.
Su mirada se elevó, cargada de determinación.
-He dicho que no.
Fausto abrió la boca para insistir, pero Efraín lo interrumpió.
-Fausto, ¿no te das cuenta?
-¿De qué? -preguntó, girando el rostro con expresión confundida.
A pesar de ser el menor del grupo, Iván rara vez mostraba tal energía en sus negativas cuando estaba entre amigos, aunque su autoridad era legendaria entre extraños.
Efraín se sirvió más vino con elegancia estudiada, sus dedos acariciando el borde de la copa.
-Hay secretos que, si decides guardar, debes enterrarlos tan profundo que hasta tú mismo los olvides. Solo así permanecerán ocultos.
-No soy como tú -replicó Iván con los labios apretados.
La comprensión iluminó el rostro de Fausto.
-Vaya, vaya… así que nuestro Iván tiene un amor secreto. Felicidades. ¿Quién será la afortunada? No me digas que es Irene… ¿no que se odiaban a muerte?
Iván se levantó abruptamente. Su presencia, forjada desde los diecisiete años al frente de los negocios familiares, llenó la habitación con su intensidad.
-No es ella.
Fausto se reclinó nuevamente, entornando los ojos con diversión.
-Menos mal. Los Moreno serían los primeros en oponerse. Además, ¿no anda Irene con alguien más? Es un año mayor que Efraín, seguro ya piensa en sentar cabeza.
Iván se desplomó nuevamente en el sofá, enmudecido.
-Qué alivio -comentó Fausto con picardía mientras miraba alternativamente a sus compañeros. Yo jamás me enredaría con una mujer, demasiadas complicaciones.
“Pero cuando alguien que nunca ha amado finalmente lo hace, eso es lo más aterrador que existe, pensó para sus adentros.
15:33
Capitulo 168
Un dolor punzante atravesaba las sienes de Anaís mientras se dirigía a la oficina. A pesar de la resaca, su sentido del deber la empujó a presentarse a trabajar.
Sentada en su cubículo, luchaba contra la somnolencia mientras su mente divagaba hacia aquella misteriosa marca en su pierna. Su ubicación, tan cercana a una zona íntima, la hacía dudar de la teoría del mosquito. “¿Qué clase de insecto sería tan atrevido?“, se preguntó.
Un bostezo escapó de sus labios justo cuando una pila de documentos aterrizó frente a ella.
-Anaís, aquí está el proyecto de colaboración con el gobierno. Necesito que organices la información.
Dio un sorbo rápido a su café y se concentró en los documentos. El proyecto contemplaba la construcción de un ambicioso parque temático en las afueras de la ciudad, un espacio mágico inspirado en cuentos de hadas que prometía convertirse en el destino turístico más importante del país.
Sin embargo, existía un obstáculo. Un viejo hospital ocupaba parte del terreno, y su director se negaba rotundamente a reubicar al único paciente que permanecía internado, argumentando su responsabilidad moral hacia el enfermo.
“Los mejores negociadores del Grupo Lobos ya lo intentaron“, meditó Anaís mientras apoyaba la barbilla en su mano. Les habían ofrecido cubrir todos los gastos del traslado a un hospital de prestigio e incluso traer especialistas del extranjero, pero el anciano director permanecía
inamovible.
Sus investigaciones revelaron que el hospital era una institución privada, administrada desde siempre por aquel director que parecía inmune a las tentaciones del poder y el dinero. Un hueso duro de roer, sin duda, pero ella quería intentarlo.
Tomando los documentos del proyecto, se encaminó hacia la oficina de Efraín. Lo encontró con un traje de corte impecable, sosteniendo una taza de café que dejó a un lado al verla entrar.
-¿Dormiste bien anoche?
El rubor tiñó instantáneamente las mejillas de Anaís. A pesar del exceso de alcohol, recordaba vividamente el momento en que se había sentado en el regazo de Efraín, y más aún, su expresión incómoda, como si su contacto le resultara insoportable.
“¡Prácticamente lo acosé!“, pensó mortificada, admirando la paciencia de Efraín, quien ni siquiera se había molestado. “¡Debe ser el hombre con mayor autocontrol del planeta!”
15230