Capítulo 169
El aroma del café recién hecho impregnaba la oficina cuando Anaís entró, con las mejillas aún teñidas de rubor y el corazón latiendo con el peso de la vergüenza.
-Presidente Lobos, sobre lo que pasó ayer… Me disculpo sinceramente. Me dejé influenciar por os comentarios de los socios y perdí la noción de cuánto estaba bebiendo.
Jn remolino de emociones se reflejaba en su rostro mientras continuaba:
-Para compensar mi error, quisiera encargarme personalmente del proyecto del parque de diversiones. Permítame intentar convencer al director del hospital. Le aseguro que daré mi mejor esfuerzo.
Efraín bebió un sorbo de café, su expresión permaneciendo impasible.
-Que no vuelva a suceder.
‘¡Ay, por Dios!“, pensó Anaís, recordando vívidamente cómo la noche anterior él había apartado la mirada mientras murmuraba un ‘no hagas eso‘. “¡Qué salvaje! ¡Qué intenso!”
-Le juro que no volverá a pasar. Iré ahora mismo a ver lo del hospital, haré todo lo posible por ayudar. Aunque… veo que tiene ojeras, ¿no pudo dormir bien? Si gusta, puedo volver a ser su somnífero esta noche.
La mano de Efraín se detuvo a medio camino de sus labios, como sopesando la propuesta con una mezcla de tentación y cautela.
Anaís levantó la mano apresuradamente, como una niña haciendo una promesa solemne.
-No tengo ningún interés romántico en usted, presidente Lobos. Si lo tuviera, que el cie…
La voz tranquila pero firme de Efraín la interrumpió.
-No lo digas.
Sus palabras cayeron sobre ella como un manto de seda pesada, silenciándola al instante.
-¿Me retiro entonces al sitio?
-Adelante.
La puerta se abrió de golpe, resonando contra la pared. Roberto irrumpió en la oficina sin el menor rastro de cortesía.
La cabeza de Anaís palpitó ante su presencia. “¿No debería estar ocupado con los preparativos de su boda con Bárbara? ¿Por qué insiste en aparecer a cada rato?”
-¡Anais!
La voz urgente de Roberto precedió a sus manos, que se cerraron sobre sus hombros con desesperación.
-¡Escúchame bien! Tienes que alejarte de Efraín. ¡Anoche tus labios no estaban hinchados por ninguna alergia… fue porque él te besó!
La mente de Anaís explotó en un torbellino de indignación. Su mano se movió por instinto, y el sonido de la bofetada resonó en la oficina como un latigazo.
El golpe encontró su marca en la mejilla de Roberto, quien había subido corriendo al enterarse de la presencia de Anaís en la oficina del presidente, perdiendo todo rastro de sensatez en el proceso.
La palma de Anaís ardía tanto como su furia. Su cuerpo temblaba, y su respiración se había vuelto irregular y pesada.
“Ya había hecho suficiente el ridículo anoche“, pensó con amargura. “Efraín dejó muy claro su rechazo, ni siquiera quería tocarme, ¿y ahora este idiota viene con sus tonterías a humillarme más?”
Roberto se frotó la mejilla enrojecida mientras la razón regresaba lentamente a sus ojos.
-¿Me… me acabas de pegar?
Anaís inhaló profundamente, esbozando una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
-¿No deberías estar con los preparativos de tu boda? Tengo entendido que pediste vacaciones para eso.
Los labios de Roberto se tensaron, y sus ojos se inyectaron de sangre. A pesar de reconocer su impulsividad, no pudo contenerse de mirar a Efraín, quien continuaba revisando documentos con absoluta indiferencia, como si las palabras de Roberto fueran menos que el zumbido de
una mosca.
Los dientes de Roberto rechinaron. La noche anterior, ese hombre había proclamado que el no correspondido es el intruso.
“¡Qué actuación tan perfecta! ¡Maldito hipócrita!”
La rabia burbujeaba en su interior, pero el miedo que le inspiraba Efraín era mayor. Con el rostro congestionado por las emociones contenidas, murmuró:
-Anaís, necesito decirte algo sumamente importante. Es en serio.
-No me interesa escucharte, Roberto -cortó Anaís-. Tengo asuntos urgentes que atender, y esta es la oficina del presidente. No es lugar para tus dramas. Además, entrar sin tocar es una falta de respeto.
Se volvió hacia Efraín:
-¿Me retiro entonces, presidente?
-Si.
Una sonrisa suave se dibujó en los labios de Anaís, preocupada de que los comentarios de Roberto hubieran molestado a Efraín.
15:33 T
-Gracias por esta oportunidad, presidente Lobos. Le prometo que no lo defraudaré.
-¿Qué oportunidad? -saltó Roberto, herido-. ¿Qué vas a hacer para él? Anaís, de verdad quiero ayudarte. Estoy seguro de que perdiste la memoria, hay tantas cosas que no recuerdas, tú…
Anaís no le permitió continuar. Dio media vuelta y se dirigió a la puerta con pasos decididos.
Roberto observó su partida, los puños apretados con impotencia. Su mirada se desvió hacia Efraín, quien continuaba imperturbable, pasando otra página de sus documentos.
La sangre de Roberto hervía ante esa pasividad calculada. Su paciencia se quebró como un cristal fino.
-¿Ya te cansaste de fingir?