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Capítulo 17
Anaís se llevó una mano al cuello de manera inconsciente, sin percatarse de las marcas que la agresión de Roberto había dejado sobre su piel de porcelana. Sus mejillas, naturalmente pálidas, conservaban aún el rubor encendido por la indignación.
Al observar la silla de ruedas de Efraín avanzando sin asistencia por el corredor, un impulso genuino la empujó a acercarse. La imponente figura en el asiento destilaba un aura de poder que parecía alterar la atmósfera a su alrededor.
-Señor Lobos -su voz emergió suave pero decidida mientras posaba sus manos sobre el respaldo de la silla-. ¿Va de regreso al piso superior? Permítame ayudarlo.
-Aléjate.
-¿Disculpe? -La incredulidad tiñó su voz.
La respuesta llegó en forma de acción cuando Efraín maniobró su silla con destreza, dejándola atrás sin más palabras. Anaís permaneció inmóvil, procesando el rechazo que acababa de recibir con la sutileza de una bofetada.
Una profunda inhalación precedió a su decisión de no insistir. Sus pasos la guiaron hasta su estación de trabajo que, por cruel designio del destino, se encontraba próxima a la oficina de
Roberto.
La dinastía Lobos contaba con varios herederos en esta generación. A pesar de que Efraín ostentaba mayor jerarquía que Roberto, ambos compartían la misma edad. Como dictaba la tradición familiar, todos los jóvenes Lobos debían completar una pasantía en el grupo empresarial.
Efraín, el hijo tardío de Anselmo Lobos, había destacado desde temprana edad por su brillante intelecto, lo que le valió su designación prematura como heredero principal. Durante un año entero, su posición lo convirtió en blanco de múltiples atentados, aunque ninguno logró alcanzarlo. Sin embargo, un incidente dos años atrás lo había dejado sin movilidad en las piernas, confinándolo a una silla de ruedas. Contra todo pronóstico, el patriarca mantuvo silencio sobre su posición como heredero, sembrando una inquietante tensión en la familia.
Anaís tomó asiento frente a su escritorio. La risa despectiva de Roberto no tardó en llegar a sus oídos.
No finjas que no me seguiste hasta aquí -soltó con desprecio.
Una joven se aproximó al escritorio de Anaís, depositando una montaña de documentos que se elevaba hasta la mitad de su estatura.
-Ya que eres nueva -pronunció con evidente desprecio, acompañando sus palabras con un gesto de fastidio-, organiza todo esto para mañana.
Anaís mantuvo su compostura y comenzó a revisar el primer documento en silencio. A su alrededor, los murmullos no se hicieron esperar.
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Capitulo 17
-¿No es esa Anaís? ¿Qué hace en el departamento?
-Vino persiguiendo al presidente Lobos. ¿Ves cómo la desprecia? No entiendo cómo se atreve a seguir aquí.
-¿Les parece? Apenas empieza. Esperen a que monte sus escenas de drama, golpeando a cualquier mujer que se acerque al presidente Lobos. Me sorprende que recursos humanos la haya aceptado.
Las horas se deslizaron mientras Anaís se sumergía en su trabajo, ignorando deliberadamente los comentarios malintencionados. Cuando el reloj marcó las nueve de la noche, el último documento encontró su lugar en la pila de terminados. El departamento se había vaciado gradualmente, dejando tras de sí un silencio apenas interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
Un bostezo escapó de sus labios mientras se incorporaba para marcharse. En ese momento, Roberto apareció en el umbral de la puerta.
-Te dije que cenaríamos juntos–pronunció con desprecio-, pero Barbi se enfermó y tuve que ir a verla. Se me hizo tarde, espero que no estés molesta.
La fatiga acumulada del primer día de trabajo había minado el humor de Anaís, y aquellas palabras provocaron que una chispa de irritación se encendiera en su interior.
Roberto se aflojó la corbata con un gesto presuntuoso.
-A esta hora los restaurantes deben estar cerrados -musitó con arrogancia-. ¿Qué tal si te doy un beso?
“Este hombre ha perdido la razón“, pensó Anaís, conteniendo una mueca de repulsión.
Mientras tomaba sus llaves para retirarse, Roberto la sujetó por la muñeca. Sus dedos presionaron la barbilla de Anaís mientras intentaba besarla.
-Roberto–su voz emergió como un siseo amenazante-, ¿no te duele nada hoy abajo?
El hombre retrocedió un paso, con una expresión alarmada.
-¿Planeas patearme otra vez? Anaís, ¿cuándo vas a entender? Mientras todavía me intereses, mejor no me rechaces. La próxima vez que quiera besarte, quién sabe cuándo será.
La indignación tiñó las mejillas de Anaís ante la presunción del hombre frente a ella. Roberto, interpretando erróneamente el cambio en su expresión, dejó de resistirse a la idea del beso. La belleza del rostro de Anaís ejercía un magnetismo innegable.
-Todavía llevas el aroma del perfume de Bárbara -observó Anaís mientras lo esquivaba con elegancia–.“Rosas del Desierto‘, su favorito.
-¿Estás celosa? -preguntó Roberto con tono provocador.
Anaís, ya dentro del ascensor, sintió cómo la ira se disipaba, dejando tras de sí una calma absoluta.
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Capitulo 17
Roberto la siguió al interior.
-No tiene caso que te pongas celosa. Barbi es cien veces mejor que tú.
“Qué pérdida de tiempo“, pensó Anaís, demasiado agotada para desperdiciar energía en una discusión sin sentido.
Al salir del ascensor, la figura de Bárbara apareció ante ellos. Sus ojos se anegaron en lágrimas. al verlos emerger juntos.
-Rober–su voz tembló al pronunciar el nombre.
Un destello de culpa cruzó el rostro de Roberto, quien se apresuró a estrecharla entre sus
brazos.
-¿Qué sucede? ¿No te dije que tenía que trabajar horas extras? ¿Por qué volviste a esperarme?
-¿De verdad estabas trabajando, o mi hermana te entretuvo? -Bárbara bajó la mirada mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Roberto depositó un beso en su mejilla y se volvió hacia Anaís con expresión demandante.
-¡Anaís, disculpate ahora mismo!