Capítulo 174
A pesar de su vida privilegiada, Raúl nunca había sido bueno administrando su dinero. Sus gastos extravagantes lo mantenían perpetuamente al borde de la bancarrota, dependiendo siempre de la generosidad familiar para mantener su estilo de vida. Así que cuando necesitó reunir más de dos millones de pesos, no tuvo más alternativa que desprenderse de su preciado automóvil.
En la sala principal de la mansión, Bárbara observaba la escena con una sonrisa tensa que apenas ocultaba la tormenta que se agitaba en su interior. Sus ojos seguían cada movimiento de Anaís y Raúl, mientras sus dedos se entrelazaban con fuerza sobre su regazo.
-Qué bueno que llegaste, hermana -la voz de Bárbara sonaba dulce, casi musical.
“Qué cinismo“, pensó Anaís, contemplando la maestría con que su hermanastra fingía que nada había sucedido, como si la trampa del aborto hubiera sido solo un mal sueño.
Anaís apenas había dado unos pasos hacia el sofá cuando Bárbara, en un movimiento dramático, se dejó caer de rodillas. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos como perlas líquidas.
-Perdóname, hermana, por lo del bebé. Fue una estupidez de mi parte su voz se quebró entre sollozos-. Las pesadillas no me dejan dormir, siempre sueño que Roberto me abandona. Mi salud mental está destrozada, ni los medicamentos me ayudan. Por eso hice esa locura. Déjame compensarte, puedo darte la casa que mamá me compró.
-Por supuesto -respondió Anaís con una suavidad engañosa.
Bárbara se quedó paralizada, sus dedos crispándose imperceptiblemente sobre la tela de su vestido.
-Aunque preferiría el equivalente en efectivo -continuó Anaís con fingida despreocupación-. Seguramente tu cuenta bancaria no está tan vacía.
El rostro de Bárbara perdió todo color, mientras un temblor sutil recorría su cuerpo.
“¡Maldita sea! ¡Esta desgraciada…!”
-Y ya que mencionas el tema -prosiguió Anaís-, si todo fue una mentira, tanto el embarazo como el aborto, ¿por qué estás temblando? Siempre has gozado de excelente salud, destacándote en la empresa. Nunca había escuchado que sufrieras estos… episodios.
Anaís esperaba que Bárbara perdiera el control, pero su hermanastra demostró ser una mejor actriz de lo que había anticipado.
Con una sonrisa radiante, Bárbara levantó el rostro.
-Te haré la transferencia en un momento, hermana. Me alegra tanto que hayas vuelto. Podemos ser la familia unida que éramos antes. Solo te pido que no discutas con mamá.
Victoria, que hasta entonces había permanecido como una silenciosa observadora, intervino al
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ver que Bárbara seguía de rodillas.
-Anaís, hoy celebramos el cumpleaños de tu padre. Evitemos los dramas. Lo que pasó, pasó. Yo me encargo del dinero de Barbi, te lo transferiré enseguida.
Una sonrisa sutil se dibujó en los labios de Anaís. No estaba mal: una visita a casa y casi un millón de pesos como compensación.
Apenas tomó asiento, Raúl se apresuró a ocupar el lugar junto a ella.
La cena transcurrió en medio de una tensión palpable. A pesar de sus palabras conciliadoras, Victoria no podía evitar que su frialdad hacia Anaís se manifestara en cada gesto.
Anaís brindó con Héctor sin mayor entusiasmo antes de que Raúl la arrastrara escaleras
arriba.
El segundo piso de la residencia Villagra albergaba las habitaciones de los tres hermanos, con la de Anaís al final del pasillo.
Se detuvo brevemente en el umbral de su cuarto. Aunque el espacio le resultaba familiar, desde su pérdida de memoria solo lo había visitado fugazmente.
-Anaís, aquí está tu bolso–susurró Raúl desde el pasillo.
Apenas había depositado el regalo en las manos de Anaís cuando Bárbara apareció, como una sombra materializada en el marco de la puerta.
Su rostro se contorsionó en una mueca que pretendía ser una sonrisa.
-¿Raúl le compró un bolso a Anaís? Si mal no recuerdo, ese modelo cuesta al menos dos millones, ¿no es así?
-Bárbara, yo… -titubeó Raúl.
Pero Anaís respondió con elegante serenidad:
-Así es, me compró un bolso. ¿Te molesta?
La furia destelló en los ojos de Bárbara, el odio irradiando desde sus pupilas como un veneno