Capítulo 177
La oscuridad de la noche envolvía a Anaís mientras su mente giraba en círculos interminables. La frustración se arrastraba por su pecho como una enredadera trepadora, asfixiándola lentamente ante la impotencia de no poder acceder a sus propios recuerdos. Cada intento por desentrañar el pasado la dejaba más vulnerable, como una pieza suelta en un tablero de ajedrez donde todos los demás conocían las reglas excepto ella.
Entre sus manos descansabà el pequeño cuaderno rescatado de la mansión Villagra. Sus páginas guardaban palabras grabadas con tanta insistencia que habían dejado surcos profundos en el papel, como cicatrices de emociones pasadas que se negaban a
desvanecerse.
“¿Por qué no confiar en Efraín?“, la pregunta resonaba en su mente con persistencia inquietante.
Desde que había despertado sin memoria, Efraín siempre le había inspirado una confianza natural, como si su presencia fuera un faro en medio de la niebla de su amnesia.
Sus dedos masajearon suavemente sus sienes mientras intentaba ordenar el rompecabezas de sus pensamientos. Al no encontrar respuestas entre las sombras de su mente, decidió postergar su búsqueda. Se prometió a sí misma que, con la primera luz del alba, comenzaría a investigar sobre Bruno.
La mañana siguiente trajo consigo un encuentro fortuito con Irene en el umbral de su casa. Conociendo la astucia de su amiga en el mundo empresarial y sus extensas conexiones, Anaís no dudó en consultarle sobre Bruno.
Irene, siempre eficiente, prometió activar su red de contactos de inmediato.
Media hora después, Anaís sostenía entre sus manos temblorosas un expediente que la dejó sin aliento: Bruno era el hijo de los padres adoptivos de Bárbara. Su mente dio un vuelco al recordar las menciones sobre aquel hijo que la familia consideraba “poco brillante“.
La información disponible era escasa, como si alguien hubiera borrado deliberadamente las huellas de su existencia. Solo quedaba el registro de su repentina caída en coma hacía seis años, un misterio más que se sumaba a la lista de enigmas sin resolver.
Las preguntas se multiplicaban en su mente como una colonia de hormigas furiosas. ¿En qué momento había conocido ella a Bruno? ¿Por qué destinaban una fortuna a mantenerlo con vida en el hospital?
Al profundizar en la investigación sobre los padres adoptivos, los secretos se volvieron más oscuros. Federico Galván, el padre, cumplía una condena de veinte años por violación y homicidio intencional, sentenciado hacía cinco años. Gisela Cedillo, la madre, había dedicado los años posteriores a una cruzada infructuosa por limpiar el nombre de su esposo, hasta que su cordura se desvaneció, desapareciendo sin dejar rastro.
Capítulo 177
Un padre adoptivo criminal, un hermano con padecimientos mentales y una madre adoptiva perdida en los laberintos de su propia mente… La historia de Bárbara parecía diseñada para despertar compasión. Sin embargo, las fechas no cuadraban: Federico había sido condenado el mismo año en que Bárbara encontró refugio en la familia Villagra, y Bruno había caído en coma apenas un año antes. Los detalles de ambos sucesos permanecían envueltos en una
bruma de misterio.
La cabeza de Anaís palpitaba como si un martillo golpeara sin cesar contra sus sienes. Se sentía atrapada en una red de preguntas sin respuesta, ahogándose en un mar de dudas.
“Si tan solo pudiera recordar algo“, murmuró para sí misma mientras sus pasos la llevaban hasta el edificio corporativo.
En el piso ejecutivo, se encontró con Lucas, quien le extendió un conjunto de documentos mientras pronunciaba: -Restaurante Aves del Paraíso.
-¿Disculpa?
-Tienes que llevarle estos documentos al presidente -respondió con un dejo de fastidio en su
VOZ.
-¿El presidente Lobos no está en la oficina a esta hora?
Lucas la miró con un destello de desprecio en sus ojos. -Se quedó trabajando hasta tarde anoche. Tiene una reunión con el presidente del Grupo Moreno. Están desayunando allá.
Anaís, consciente del desprecio que Lucas sentía por ella, decidió no prolongar la conversación. Tomó los documentos y emprendió su camino hacia el restaurante, famoso por sus exquisitos y saludables desayunos.
Al llegar, preguntó por el salón privado donde se encontraba Efraín. Cuando estaba a punto de entrar, la voz de un hombre atravesó la puerta.
-Este plan no va a funcionar–la voz de Iván resonaba con firmeza-. Lo propuso mi hermana cuando todavía estaba en la empresa. Solo ella conocía todos los detalles, y ya no está aquí. No sé quién puso este documento en la carpeta, pero definitivamente fue un error.
Anaís apenas había empujado la puerta cuando sintió una mano posarse sobre su hombro. Al girarse, sus ojos se encontraron con el rostro familiar de Irene.
-¿Irene? ¿Qué haces aquí desayunando?
El sonido de porcelana haciéndose añicos dentro del salón cortó el aire como un trueno repentino.
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