Capítulo 178
Las aspas del ventilador del techo giraban perezosamente, mezclando el aroma del café recién servido con las notas dulces de los pasteles matutinos. En el pasillo del exclusivo Restaurante Aves del Paraíso, Anais observó a una elegante pareja que se acercaba. Irene caminaba con esa gracia natural que la caracterizaba, del brazo de un hombre que desprendía un aire de distinción académica.
Irene, con su característico encanto social, realizó las presentaciones con naturalidad.
-Te presento a mi novio, el profesor universitario Gustavo Fajardo.
Anaís extendió su mano con una sonrisa cordial. -Mucho gusto, profesor Fajardo.
El hombre, que aparentaba estar en sus primeros treinta, emanaba esa peculiar mezcla de refinamiento intelectual y magnetismo personal que solo los años de cátedra pueden conferir. Sus ojos, enmarcados por discretas gafas de diseñador, brillaban con sagacidad.
-Encantado–respondió con voz modulada.
Mientras Anaís buscaba el momento oportuno para entregar sus documentos, una voz masculina resonó desde el interior del privado, cargada de una ironía apenas disimulada.
—Hermana, ¿así que tienes novio y no lo traes a casa para que lo conozcamos?
La sonrisa de Irene vaciló imperceptiblemente. Iván apareció en el umbral de la puerta, su mirada escrutadora fija en Gustavo. La tensión se acumuló en el aire como electricidad antes de una tormenta.
“Algo no está bien entre estos hermanos“, pensó Anaís, observando el sutil juego de miradas y gestos.
Iván apenas dedicó un vistazo superficial a Gustavo antes de soltar con acidez: -Veo que tu gusto para elegir hombres sigue siendo tan… peculiar como siempre.
Irene se acomodó un mechón de su cabello rizado detrás de la oreja, un gesto que delataba su incomodidad. -Iván, por favor, modera tus comentarios.
Con un movimiento fluido, Iván se apartó de la entrada. -Ya que estamos todos aquí, ¿por qué no desayunamos juntos?
Irene comenzó a declinar la invitación, pero Iván entrecerró los ojos con malicia. -Profesor Fajardo, ¿aún no ha tenido el placer de conocer a la familia Moreno?
Una sonrisa calculada se dibujó en el rostro de Irene. -Perfecto, desayunemos juntos. Disculpe la intrusión, presidente Lobos.
Estas últimas palabras fueron dirigidas a Efraín, quien respondió con un discreto asentimiento desde su silla de ruedas. Anaís, percibiendo la creciente tensión, se apresuró a tomar asiento junto a él.
La distribución alrededor de la mesa parecía una coreografía ensayada: Irene y Gustavo juntos,
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Iván solitario en un extremo, como un león al acecho.
Un mesero se materializó en la puerta. -¿Podemos servir los platos?
El silencio que siguió fue denso hasta que la voz de Efraín, suave pero autoritaria, lo cortó: -Adelante.
-¿Hay algo en particular que te apetezca? -preguntó Efraín a Anaís.
-Lo mismo que usted, presidente Lobos -respondió ella, consciente de las corrientes subterráneas de tensión que fluían por la habitación.
El desayuno transcurrió en un silencio interrumpido solo por el tintineo de la vajilla, hasta que Iván lo quebró con una pregunta directa: -Irene, ¿por qué no contestas mis llamadas?
“Aquí viene“, pensó Anaís, anticipando la inminente confrontación.
Irene mantuvo su compostura, su voz controlada y profesional. -Desde mi salida del Grupo Moreno, he construido mi camino de manera independiente. No quiero que se especule sobre si utilicé el nombre del grupo para mi beneficio, así que preferí mantener distancia.
Gustavo se inclinó para servirle un tamal de cangrejo a Irene, pero Iván lo detuvo con un movimiento brusco.
-Es alérgica al cangrejo.
La sorpresa se reflejó en el rostro de Gustavo. -Fuimos a cenar mariscos hace unos días. ¿Por qué no me lo mencionaste?
Irene tomó los cubiertos con determinación. -Ya no soy alérgica.
Antes de que pudiera alcanzar el platillo, Iván lo arrojó al bote de basura con un movimiento preciso. El ceño de Irene se contrajo momentáneamente mientras depositaba los cubiertos
sobre la mesa.
-Voy a fumar un cigarrillo.
Cinco minutos después de su salida, Iván se levantó y la siguió sin mediar palabra. Anaís, preocupada por su amiga, se inclinó hacia Efraín: -Presidente Lobos, iré a buscarla.
La mirada que le dirigió Efraín contenía un matiz indescifrable, pero no dijo nada. Anais se levantó y salió tras ellos.
Los pasillos del restaurante, con su decoración suntuosa, se extendían como un laberinto de lujo y discreción. La luz natural del día comenzaba a menguar, sustituida por el resplandor ambarino de las lámparas empotradas. Los salones privados, separados estratégicamente para garantizar la privacidad de los comensales de alto perfil, estaban distribuidos con elegante precisión.
Al doblar una esquina, Anaís se detuvo en seco. A través de una puerta entreabierta, vislumbró a Iván, quien tenía a Irene acorralada contra la pared. Un cigarrillo pendía de los labios de ella,
su mirada desafiante. Antes de que pudiera hablar, Iván le arrebató el cigarrillo.
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Capitulo 178
Con movimientos estudiados, sacudió la ceniza y se lo llevó a los labios con desprecio. -¿Todavía con estos cigarrillos de siempre?
Anaís estuvo a punto de intervenir, pero algo en la escena la detuvo. La tensión entre ellos no era de confrontación, sino de algo más profundo, más íntimo.
Irene intentó apartarlo con una mano, pero él la atrapó contra su pecho. -Irene, no has respondido mi pregunta. ¿Por qué evitas mis llamadas?
-¿Ya terminaste con tus tonterías? -El tono de Irene intentaba ser cortante, pero temblaba ligeramente.
-No, aún no.
Con un movimiento deliberado, llevó la mano de ella a sus labios y mordió suavemente la punta de su dedo.
-Sabes que armaría un escándalo, por eso me evitas. Esa noche estaba perfectamente sobrio, y fuiste tú quien dio el primer paso. Ya que te entregaste a mí, me perteneces. ¿Cómo pretendes que reaccione al verte con otro?
-¡lván!
El cigarrillo cayó al suelo. En un movimiento fluido, Iván la levantó y la besó con una pasión arrolladora que hablaba de deseos largamente contenidos.