Capítulo 18
La escena frente a Anaís parecía extraída de una obra de teatro absurda. El eco de las palabras de Roberto reverberaba en el vestíbulo mientras ella permanecía inmóvil, su mente procesando la ridiculez de la situación.
-¿Disculparme? -Las palabras brotaron de sus labios teñidas de incredulidad. -¿Por respirar el mismo aire que ella?
Roberto se quedó paralizado, sus labios entreabiertos sin poder articular respuesta. La seguridad que lo caracterizaba se desvaneció como niebla bajo el sol.
Bárbara, aferrada a la manga del saco de Roberto como una enredadera a su soporte, dirigió su mirada húmeda hacia Anaís. Su voz emergió temblorosa, estudiadamente vulnerable.
-Hermana, me merecía esa bofetada de ayer, ya no estés enojada. Mamá preguntó por ti durante la cena, quiere saber cuándo vas a volver. Raúl ya está de vacaciones… no puedes seguir peleada y hacer que todos sean infelices por tu culpa.
La mención pareció activar algo en la memoria de Roberto. Sus ojos se encendieron con renovada indignación.
-¡Cierto! Ayer le pegaste a Barbi. ¡Discúlpate inmediatamente!
Anaís contempló a la pareja frente a ella. Una sonrisa cargada de desprecio curvó sus labios mientras evaluaba el espectáculo.
-¿Acaso salieron del mismo manicomio? Sus síntomas son idénticos -cada palabra destilaba un veneno refinado-. Uno alucina que lo amo perdidamente, y la otra que quiero compartir sus baratijas de afecto. ¿Por qué no regresan a terapia? Pronto no habrá remedio.
Sus tacones resonaron contra el suelo mientras se alejaba con paso firme, dejando tras de sí el eco de su desprecio.
La furia transformó el rostro de Roberto. Jamás había escuchado a Anaís expresarse con tal mordacidad. Como movido por un resorte, soltó la cintura de Bárbara y corrió tras ella.
-Anaís, ¿qué disparates dices? ¿No decías que me querías? ¿Cómo puedes hablarme así?
Bárbara permaneció estática en el vestíbulo, observando sus siluetas alejarse. La máscara de vulnerabilidad se desmoronó, revelando un rostro contorsionado por el rencor. Con dedos temblorosos, extrajo su celular y marcó.
-¿Barbi, qué sucede?
-Leopoldo… yo… -su voz se quebró en sollozos calculados.
La preocupación vibró en la voz de Leopoldo mientras abandonaba el salón en busca de privacidad.
-¿Anais te molestó otra vez?
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Capitulo 18
-No, solo me dio una bofetada -susurró entre hipidos-. Leopoldo, me siento mal, necesito hablar contigo.
-¡Esa desgraciada! Espera, yo me encargo de que pague.
Una sonrisa de satisfacción iluminó los ojos de Bárbara. “Todos los hombres pueden estar a mi disposición, si así lo deseo“, pensó, saboreando su poder.
Anaís alcanzó la puerta de un taxi cuando Roberto, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzó su comentario mordaz:
-Antes no te subías a carros de menos de tres millones.
Ya dentro del vehículo, Anaís respondió con voz cristalina:
-Roberto, nos vemos mañana en la casa de los Villagra para hablar sobre la ruptura del compromiso.
La satisfacción en el rostro de Roberto se evaporó como rocío bajo el sol del mediodía.
-Anaís, esta vez cruzaste la línea.
Ella se reclinó en el asiento, su postura tan erguida como un lirio en plena floración.
-A las siete de la noche. Te espero en la casa de los Villagra.
Con un gesto al conductor, el vehículo se puso en marcha.
Roberto permaneció inmóvil, su mirada clavada en las luces traseras que se desvanecían en la noche. El abrazo de Bárbara alrededor de su cintura lo arrancó de sus pensamientos.
-Rober…
-Barbi, Anaís quiere romper el compromiso mañana a las siete en la casa de los Villagra.
La sorpresa danzó brevemente en el rostro de Bárbara antes de ser reemplazada por una expresión de fingida tristeza.
-Lo ha dicho muchas veces. Cuando llega el momento, siempre inventa excusas para no hacerlo, solo busca llamar tu atención. Aunque esta vez parece que lo logró sus ojos buscaron los de él-. Rober, ¿de verdad te importa?
Roberto tomó su rostro entre las manos y depositó un beso en sus labios, la duda asomando
en sus gestos.
-No, solo que su mirada ha cambiado. Es más desagradable que antes.
El rostro de Bárbara se endureció como arcilla al sol, sus labios formando una línea tensa.
-¿Viste a Efraín hoy en la empresa? Me dijeron que vino.
-Sí, lo vi. Es extraño, es la primera vez que aparece desde que regresó al país.
La expresión de Bárbara se oscureció como un cielo antes de la tormenta. Su mano,
suspendida a un costado, se cerró lentamente hasta que las uñas se clavaron en la palma.
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Capitulo 18
-¿En serio? ¿Será que vino por tu hermana?
La carcajada de Roberto resonó en el vestíbulo vacío.
-¿Todavía crees que mi primo está interesado en ella? Anaís es puro ornamento, más allá de esa cara bonita, ¿qué más tiene? A él no le interesan las mujeres.
Bárbara limpió discretamente la sangre de su palma mientras elevaba la mirada, su rostro recuperando aquella dulzura artificial.
-Solo lo comentaba.
“De cualquier forma“, pensó, “esa maldita de Anaís no tardará en morir.”